A veces extraño ver llover.

No podía dejar de verla, de extrañarla, de sentirla tan mía cuando no está, de verla caer y caer de nuevo y a veces darle una sonrisa, esbozada, melancólica, sincera, a veces una mirada totalmente perdida, en ella, ella perdida en todas partes, encontrada en las miradas.

La extraño siempre porque nos llevamos bien, por eso ahora cuando viene, cuando llueve lo disfruto más, porque ya casi no llueve aquí, pero la extraño, a la lluvia, a ella que siempre me ha dicho que todo esta bien cuando suspiro y recuerdo personas que ya no están, que se fueron hace mucho aunque sigan aquí, que ya no lo son, que ya son las desconocidas que recuerdo por rostro.

Por eso me gusta cuando la lluvia toca la puerta pidiendo el permiso para entrar que sabe que negare. Por eso el Londres de los cuentos resultó ser verdad, por eso no dejo de recordarlo y por eso no dejo de pensarlo, por eso tengo lluvia adentro de mi, para verla un poco cuando el sol no deja de golpear.

Si por mi fuera nunca dejaría de llover, nunca dejaría de sonar una lluvia y mil gotas cada segundo en la ventana de mi patio.

Ya no recuerdo bien cuando empece a extrañarla, a veces solo me avisa que viene de visita y no llega y yo me quedo esperando con un café imaginado en la mano, con la ventana lista, con tantas cosas que contarle si la veo… pero no llega. No puedo contarle lo que me ha pasado, ni lo que pienso, y se me olvida, siempre se me olvida decirle cuanto la extraño a ella, cuanto dejo de extrañar a otras personas que me han dejado de extrañar también. Pero a ella, a ella que se cae para sacarme una sonrisa sí que la añoro, sí que la pienso, sí que la necesito.

Ella siempre tan bella, enojada o sumisa siempre tan bella, siempre tan melancólica, el único amor que ha ido y regresado y me sigue moviendo el corazón.

Cómo la extraño, la extraño en las paredes de ladrillos asustados con su presencia, con la humedad de su visita. Sí que extraño que llueva en mi, de nuevo y para siempre. Porque hay personas que nacimos con la lluvia en las manos, en los ojos, en los sonidos.

Extraño algo que no es mío, extraño que siempre traía buenas noticias porque me hacia recordar lo que sentía, la mensajera que me hacia dejar de pensar y solo ver, observar, oír la marcha de sus mojadas botas invadiendo la privacidad de las calles publicas.

A veces la dejo de extrañar y la empiezo a necesitar. A veces no le doy el crédito de mis palabras, a veces me olvido que ella me las trae, a veces por eso pienso que dejo de escribir, porque me hace falta su visita que me da letras por gotas y el frío me hace quedar en casa sin nada que hacer, más que escribir de todas ellas, las cosas, de todas ellas, la personas, de todas ellas, las mujeres que les escribo y que no vuelven, no como ella, como la lluvia que se aparece de vez en cuando y me dice que la recuerde en su ausencia.

A veces extraño ver llover.