Acuerdos del recuerdo

Fue una mañana donde los recuerdos no me alcanzaron para vivir,
Fue en el momento último de mi necesidad por ella.
Fue en la sed seca que me antojaba el vino vertido sobre su cuerpo.
Fue  cuando el tiempo llegó sin ella.
Fue cuando empecé a morir de a poco por su piel, la falta de ella y el valor que tuvo para dejarme cuando la necesitaba.

Fue en los recuerdos, los últimos, cuando sentía temblando su piel mientras la luz se escondía, su blusa deslizándose entre mis dedos hasta caer al suelo sin que nadie se preocupara por ello, mientras la intimidad se iba lejos, más allá, fuera de sus temores, fueron sus ojos expresivos que me veían con asombro y su boca hambrienta de palabras queditas.

Eran sus valles, sus sombras, sus brazos y su tiento tan hermoso que prometí no olvidarlo.
Eran sus senos, su forma y lo que sentí cuando se entregaron a mi capricho.

Era ella, tan mía, tan perfecta, tan desnuda a mi vista, tan grande mi deseo de morir recostado en su pecho, era lo que me hacía seguir tocándola y de vez en tanto decirle que la deseaba, no quería decirle cuánto la necesitaba para no perder el momento, para seguir en ese segundo detenido que ahora conservo .

Ella tan hermosa que siguió en mí aún cuando se vistió, y siguió en mis sueños, en mis realidades y en mis pesadillas sin ella.
Ella tan hermosa que cuando dejé de recordarla me odié por hacerlo, era tan bella su vergüenza que aun pienso decirle que cierre los ojos y confíe en mí.
 
Por eso el día que la empecé a olvidar decidí que el mundo se iba a terminar, el mío, el que es sin ella, en el que descubrí mis manos recorriendo su cuerpo, ahora que no está, ahora lejos su ropa del suelo, ahora que es muda su voz, ahora que la extraño, ahora que se desprecia el tiempo y la distancia y lo que ocurre en el trayecto, por todo eso que pasa y eso que no ocurre, por todo lo que no vivimos, por todo lo que ella es y no fue, por mi y por ella vestida y desnuda, entonces, después de eso… solo me resta escribir.