Llegadas nocturnas.

En la madrugada, cuando los minutos corren y se esconden por las esquinas; en rincones callados donde habita el descanso, donde quedan los segundos tirados, mal puestos.

En el descuido, cuando la luz se reprime con temor a la oscuridad y los pabilos pueden descansar. Escogido, ahí decidieron llegar.

Ha entrado entonces la lluvia por la noche, antes del ruido propio pequeño, adelantada su caída, cumpliendo su promesa de volver, acortando la sequía de su espera, constante, cubriendo el silencio con el sordo pasar, ya casi olvidado.

Ha llegado entonces una mujer, entre un sueño y las ventanas de otro, moviendo mantas, escurriendo su cuerpo a mi diestra, solazando el rostro a los respiros, llegando mientras las gotas observan afuera poco inquietas, apiadándose de mi.

Llegó la lluvia al dormir, rumiando para dar los primeros párpados inquietos.

Llegó al tanto la mujer, poniendo mi tacto en su pecho, concediendo palabra a palabra un poco de vida, inquieta, vida al fin.

Las dos, tan esperadas, como rodeando el merodeo propio de la sorpresa, llegan al asombro, la lluvia trae su frío y la piel despierta que ya se extrañaba, la mujer trae el justo calor que necesitaba, tanto, tan deseado.

En este momento están ahí, las dos, mirándome cada una a su manera, yo empiezo a rogar desde ahora que no se vayan, no huyan, ni me dejen con las ganas necias de extrañarles.

A las dos que agonicé tanto, tan esperadas para mi bien morir.

Es probable que no me escuchen, que sólo me vean compadecidas y se queden un instante y nada más, se aburran y se vaya la temporada de lluvias, la de felicidad.

Es probable que así sea, que tenga que andar en mi muerte reincidente, que se sequen los caminos y el andar sea a los ecos de la desesperanza.

Es posible que sea así.

Y tanto espero que haya un lugar, acompañado, donde nunca deje de llover.