La campana y el cascabel

Eran campanas; campanillas, de las pequeñas que se usan para marcar la frontera del listón, campanillas para adornar disfraces que madres grises confeccionan para sus hijos en viejas maquinas de coser, con un pedal que va de un océano al otro y de regreso al mar; o cascabeles desportillados, no recuerdo cuáles eran, si cascabeles o campanillas.

Alguno de esos objetos sonoros habríamos de poner como alerta a los días, para que avisen cuando llegan y cuando se alejan. Pero más aún a los días que sorprenden y no terminan de pasar, a los días en los que te encuentras con una realidad y por todas sus horas caminas al aire, sin sentir la dureza del azulejo o la vulgaridad del cemento en tu dañada piel.

Hay días que no terminan de pasar, y aunque perezcan, se quedan y se mantienen, uno los recuerda, y entonces, vuelven a existir. Para esos días necesitamos la campana y el cascabel, necesitamos saber el sonido de su llegada para huir, andar rápido y sin sentido, escapar de su agudo eco, que no se acerque trastabillando por las paredes, avisando de los días que llegan para no irse jamás.

Un cascabel para el día en que la bella dama del fondo perdió su virginidad con un imbécil que se llevó el sonido del gemido primero en la inesperada ruptura del tiempo que llevaba entre sus piernas.

Una campana para el hombre del fondo que tiene en su mano el vaso último de un whisky que habrá de probar antes que su hígado lo haga abstemio de momentos a media luz.

Un cascabel para la niña que vio a su madre morir antes de tiempo, sin que alguien la empujara a lograr su temprano llorar.

Una campana para los días que siendo lluviosos, habrían de ser alegres y terminan siendo tristes.

Un cascabel por los malos momentos que ciertamente he ofrecido.

Una campana para los dolientes que se mantienen limosneando memorias.

Un cascabel para los que han perdido el precioso momento de su saber poder revivir.

Una campana para los que no escuchan blues, ni jazz o los gritos de la banda reventar.

Un cascabel para los que murieron y despertaron viendo el rayo de la misma alba nublar.

Una campana y un cascabel para saber que los días se deben enterrar, y al canto permanecer en cripta o la cornisa de panteón, con un cascabel en la ropa maltrecha y la campana en la solapa, sin que se muevan más que, quizá, por la caricia del viento necio de julio.