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Los escritos de Fernando Benavides

La tierra de la intranquilidad

Violé la tierra de la tranquilidad,
forcé la mirada para dejar la paciencia y caminar,
toda la noche, toda la vida;
entonces la tierra mi paso secó,
y se abrieron grietas
marcando rutas indescifrables, todas ellas.

Nunca mencioné el dolor con tanto de él,
pocas veces sentí los sonidos, todos, como lamentos,
ni recuerdo haber sido para mi tal incomodo,
sin poder salvar ni salvarme.

Ahora todo lo que me rodea rasga el aire,
todas las cosas, los muebles, las personas,
todo me dice quedo y fuerte
que estoy en un lugar lejos del mío.

Pero de qué lugar soy, si el que creía, ya no lo es,
qué estación me dará calma,
qué cobijo me consolará
que hombro no se alejará, para mantenerlo siempre

Ya no tengo apetito, ya no tengo frío ni calor
ya no tengo oídos ni ojos,
incluso ya no tengo sensación,
se ha apagado, quedó perdida, en el camino de salida.

Yo he violado la tierra, la piso para andar,
cargo con los recuerdos,
los tiro y los recojo,
los vivo caminando con ellos.

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La oscuridad llega

En quién me convierto, yo, en la oscuridad de los actos,
los pies no me bastan para arrastrarme, ni el corazón aguanta extrañar,
los ojos atentos a nada se vuelven, las manos no tienen lugar para guardarse,
atraigo los finales, como si los principios me rehuyeran,
como si dominara la muerte y me alejara de las parteras.

Mi cuerpo ya se acostumbró a escalofríos, a dulces abandonos,
pero a mi sangre constantemente llega el arrepentimiento,
como si fuera imposible vivir sin él,
como si mi vida entera fuera un error que pagar al minuto siguiente.

Para ser observador cometo grandes errores, en cantidad.

De pronto me doy cuenta que soy los pasos del silencio,
y a mi lado no hay nadie, todos los intentos se alejan,
mi presencia no vale en pepitas de oro ni de bronce,
y con prestos me regresan el tiempo para no tenerme, para ya olvidarme.

No encuentro casa; el hogar está olvidado,
las calles me arrastran en imagen similar,
y vuelvo a respirar la incertidumbre,
los brazos del deseo huyen, de mi lepra y de mi ser.

El tiempo me da dos cabezas, tres,
la voz se endurece, los pies reniegan,
ya he perdido todo, nada me queda,
ya han ganado los otros,
ya la oscuridad llega.

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Carta 2: 14 de Febrero, El jardín

Nos decidimos por terminar.

La visión del futuro se alejó, sin regreso. Los sonidos fueron silencio.

Después de ver todo aquello que había quedado después del pelito decidimos separarnos. Yo hubiera podido ser tú y ella alguien más, todos cometemos las mismas equivocaciones, creyendo que son únicas, pero no los son, todos cometemos los mismos errores, hilvanados a mano, con la llegada del invierno.

Me da tristeza, claro, saberme muerto ahora, porque no quise vivir. Ella también murió, aunque digan que está por ahí, que incluso parece estar viva.

Luego pasaron los años, no nos volvimos a ver, el jamás se cumplió, nos llegó la hora de no tener fuerza, de caer en el olvido. No nos volvimos a encontrar y evitamos pensar en nosotros, como si hubiéramos sido lo peor que le pasó uno al otro, o quizá me lamento más por ser sólo un recuerdo, no haber viajado a Irlanda ni ver los campos verdes, los acantilados que son bañados con la  constante lluvia, ni haber envejecido junto a ella; quizá ahora, separados, uno se lamenta por no haber construido ni andado el sendero, o quizá esté orgulloso al haber escapado de su lado, evitar que la arena del desierto llegara a nuestra puerta, quizá no fue tan malo haber huido sin haberlo intentado.

Sé que ella después se doctoró, viajó sola y luego acompañada, qué nos olvidamos con un éxito mediocre y guardamos canciones, cartas y los poemas de Tranströmer, sé que todo terminó y en donde estaba la relación ahora hay un jardín bardado de piedras blancas, en el que está prohibido pasar.

Sé que ella también abandonó Berlin.

Carta 1: 14 de Febrero, Berlín

Éramos Berlin, después de la segunda guerra mundial, o después de cualquier confrontación civil, cualquiera que haya tenido, que la haya destruido y acabado, como tantas veces le ha pasado.

Eramos todos los esfuerzos, todos juntos, los de evitar las peleas, la fuerza toda, la destrucción y la compasión; éramos los intentos de salvación que se quedaron en el camino, varados en el muelle, acribillados en las zanjas, éramos los sobrevivientes y los muertos. Eso éramos nosotros dos, nuestra relación; así se veía después de aquella noche en la que se vino abajo, en la que nos matamos.

Yo me habría de mantener de pié, pero sin fuerza alguna, andando a paso lento entre los escombros de los que nos hicimos, entre bloques de concreto y cortina caídas, caminando en la ciudad de ruinas que terminó siendo lo que habíamos levantado, a lo largo de los años, día a día.

En qué habíamos convertido todo aquello construido: en una población desértica, en lamentos y asombro, en ojos vacíos… éramos Berlin.

Tres días antes, cuando discutimos, en la noche, se había anunciado el frío constante al otro lado de la ventana; entraría horas después.

Entonces nos asesinamos en una discusión tranquila pero violentísima, la calma que mata con palabras una a una hasta formar el hecatombe aquel del que, por desgracia, ninguno de los dos sobrevivió, porque ninguno de los dos nos perdonamos, ni nos tuvimos compasión.

En los siguientes días no llegué a casa, me mantuve caminando en aquellos lugares que me daban techo para guardarme de las heridas, pero no salí. Afuera helaba, decían.

Después regresé, hablamos ella y yo por primera vez en todo ese tiempo, usando frases cuidadas, porque estábamos asustados de todo el daño que hicimos, horrorizados de no habernos tenido incluso lástima, poca siquiera.

Descansé en una habitación separada, dormí y desperté; ella también despertó. Juntos, en la mañana, con un abrazo de tregua, vimos por primera vez las consecuencias de lo que habíamos hecho, sentimos los escombros de nosotros, la paz que reina cuando la guerra termina y los miserables capitulan, cuando todo está derrumbado. Aún se escuchan algunas piedras caer retrasadas, no hay edificio en pié, ni muros sostenidos, no hay vida, sólo una poca guardada en ese abrazo; pequeña, frágil, casi acabada.

Había silencio, no sabíamos qué hacer entonces, si decidir por un jardín memorial que recuerde lo que habíamos destruido, o reconstruir de nuevo casas y puentes, esperar de nuevo el grito del tren. No sabíamos qué hacer ante nuestros propios actos. Éramos Berlin.

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