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Los escritos de Fernando Benavides

La ciudad perdida

Estoy en una ciudad perdida, donde todo está en mi contra, donde nada tiene sentido, donde no hay horario ni comida, donde no están sus brazos, ni su voz hermosa, tampoco su complicidad ni las ganas de viajar, tampoco es lo mismo escuchar a Radiohead.

No tengo un futuro con ella, tan mía antes, tan lejos ahora, tan alejado el tiempo, los recuerdos, los sentires todos a su lado.

Estoy lejos, lejos de su incertidumbre, de sus quejas que encajaban con las mías, de su cocina cada vez más certera y las palabras que nos guardamos y con las miradas con las que tan bien nos entendíamos, en silencio.

Ahora todo está lejano y todo es confuso, todo se presta a una interpretación que nos aleja cada vez más y nos deja a uno en la luna y al otro en el olvido. Cada vez estamos más distantes de los vinilos, el vino, el whisky y el café, de las noches estrelladas y los abrazos cálidos como cielos. Ya no tengo oídos que escuchen lo que escribo en mi voz, ni esos ojos negros como abismos en los que me perdí cada mañana, ya no agradecemos a dios por las mañanas ni dios nos escuchó, no tengo sus ganas eternas de acompañarme ni a su entrañable familia, estoy desarmado, silencioso caminando a dónde no me vea. La pena me embarga.

Ya no habrá más sueños en el automóvil, no hay más planes desesperados por salvar la embarcación que al final se hundió, ya no hay melancolía, sólo hay muerte en todos lados, muertos a mi alrededor.

Ya no tengo esa confianza, no hay aguas claras ni reproches, no hay caminos en el bosque, ni caprichos cumplidos, ya no andaremos en dos ruedas ni buscaremos un hogar dónde vivir cuando llegue el fin de año, ya estamos orillados al destino.

Estoy en una ciudad perdida, lejana a donde vivía y donde nadie más vivirá, esas construcciones que entre las noches planeamos y nunca habitamos, en esa ciudad perdida donde hay recuerdos buenos y tormentas garrafales. Ya no hay saltos juntos ni vuelos en la noche, uno sobre el otro, recibiendo la brisa imaginada de la ciudad perdida.

Yo lo siento de verdad, porque todo parece indicar cosas que no son, y sólo ella y yo tenemos la historia secreta que empezamos a olvidar.

A veces me escapo, entro a los limites de nuestra ciudad, creo que siempre haré eso, entrar de vez en cuando ahí, escurrirme a los montes desde donde se ve lo que construimos, a la distancia; aquí vendré y estaré sentado, pensando, viendo y asombrándome lo cerca que estuvimos de terminar de construir, de evitar que fuera una ciudad perdida, una civilización abandonada.

En la tarde se ve mejor nuestra ciudad, porque los rayos del sol rojos se cuelan entre las paredes, y se ve grande, como lo que queríamos, como lo que hicimos, sólo que ahora es una ciudad perdida y yo estoy a la distancia, cuidando que las ruinas no se derrumben, ni se olviden los intentos desgarrados de nuestra hermosa vida.

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Ríos de arena

Confío en no ser el único que se ha perdido, el que busca el camino o la respuesta, el que ha extraviado descuidado los senderos, testigo del telón destornillado antes de tiempo.

No encuentro sentimientos, los dejo en los pies para ver si se diluyen en la senda, a ver si con eso me encuentra ella que de debe estar perdida, en una selva lejana, cerca de mi alma.

No tengo cara, no tengo manos, no tengo todo lo que me diste, estoy solo, buscando el hogar, sin saber a dónde dirigirme. Solo, sin hogar, ni saber dónde morir.

Vi el camino desierto a la distancia, sin saber ni esperar que aquí terminaría, pensando que al fin del día no habría noche, ni historias tristes, mucho menos estar a la batalla de una, al frente del sol seco que calcina el cuello y los brazos, tan endebles, tan descuidados, tan lejos de ti.

Aquí hay ríos secos, llenos de arena.

Camino para ver si encuentro cadáveres, a ver si hay un camafeo o alguna bota que a mi píe cobije, que los deseos se hayan mantenido a salvo entre el recuerdo del paisaje; pero no hay más que un río seco, sin nada para mi, ni descanso a su orilla.

Este río, cuando más está vivo, es cuando las sombras corren por su cause, mientras la noche llega y la luna observa.

Voy a detener el paso en la umbría, para ver si entiendo un poco, para ver si hay algún rastro y encontrar tiempo suficiente entre los escombros de la arena.

 

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Naufragio

Mi afecto está dañado, no lo había visto, estaba nadando en desesperación para huir del naufragio, en donde el mar se volcó en si mismo, las nubes acosaron y las promesas se escondieron en el fondo oscuro del mar dormido, en una caja con doblones que algún día regresaré a buscar, esperando quitar con cuidado el agua sobre el agua, abrazando el cofre aquel tan querido de mi amor.

Me quedo en la boca de la arena para recuperar el asombro, en la respiración profunda, en la isla desierta de la soledad. Soy el olvido.

Dejé de poder cuando el cielo se vino encima, caí de la proa y la popa me arrojó a una bestial ola que me abandonó con desdén aquí. Tengo todo lo perdido contado, nada se me escapa, nada puedo tener, mis manos se estiran, los dedos se esfuerzan y todo se aleja, se hunde, se queda sin mi.

Ni ropas, ni sombras, no hay nada aquí, tengo que construir usando la arena que se come grano a grano y me deja con las ganas, tendré que aprender a construir donde no hay para estar solo y ser yo mismo, sin que la sombra me diga la hora ni la lluvia se digne.

Soy todo lo que recuerdo y lo que olvidé, la paciencia perdida, todo el cuerpo abandonado, lo que no se ve, lo que regresará hasta que aprenda quién es. Soy lo moribundo, soy las plagas y los arboles de mi turbia imaginación, los pinos y las cartas.

Ahora estoy aquí, pequeño, esperando un día entender; a la guarda de una nueva ola que me regrese a buscar el preciado cofre al fondo del mar.

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