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Los escritos de Fernando Benavides

El plan del centeno

El plan era recoger todas las miradas; las de las madres, de las hijas, de los padres y de los muertos; ver la caída en una vista o la ceguera en otra, las cejas nebulosas al horizonte de Tristán.

Una a una entender las caras, sombra de una ola tentando la nariz tras el convenio de la respiración, la vista alegre, la distante, el juego animal, la casi muerte, el asombro poco, el asombro todo, lo vivido y lo vívido; tras los tíos y las putas, tras los desechos y las burlas, los desamores, los pesares, malestares y reconfortaciones, la luz del nacer y la luz del fallecer, el placer de penetrar y ser penetrados, en constante batalla por no entregarnos a los sueños no cumplidos, los aforismos y las bestias ocultas, conocer los amores agazapados, las reliquias del solsticio, las vacaciones del descanso.

El plan era estar frente a las miradas cómo si de un campo de centeno se tratara;
aventar aventura, tierra a los píes, brindar con paciencia al vértigo y comenzar a recolectarlas,
como espigas en campo cobrizo de octubre a buen nacer.

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A mi escritura

Pobre, te tengo tan abandonada, tú que me lo ofreces todo y yo que ignorada te mantengo,
aguardando a que la vida se escurra por mis piernas y muera, por fin, sin verme en la retina de tu encanto.

Escuché tu voz una vez y por ello te mantengo en recuerdo y esperanza, al fondo, cuello de mi oscuridad.

En sollozos gritas, te mantienes en píe, seductora en libros, respirando entre las hojas, ciudad de catacumbas eternas, y yo, en la vida vacía, te ignoro y me alejo.

Por las noches y por los días me visitas, me dices: Anda por mi, pisa mis piernas, muerde mis várices, bebe de mi pecho, vive en mis entrañas, y yo, asustado, me mantengo en casa, como al ahuyento acude el hombre cansado al tornado.

Pobre, tú eres mi vida y yo no te doy la mía, eres mi escritura y te dejo, desierta en mis intenciones, evitando tu llamada.