Blog

Los escritos de Fernando Benavides

Mi lluvia es sagrada

Mi lluvia es sagrada,
su sonido es sagrado,
su voz es sagrada,
su frío en mi cuerpo,
los recuerdos que da forma,
el clamar de su relámpago es sagrado,
su fuerza cambiante, su súplica,
mi incapacidad para comprender sus lamentos,
sus brazos, sus esfuerzos son sagrados,
mi mano alcanzándola,
mi tiempo con ella son sagrados,
los secretos que guarda,
los nuevos que le confieso,
el susurro de su aprobación,
la sed que calma,
mi atención a su llegada,
la oración que se mantiene,
la melancolía que trae del norte,
la fatiga de su paso,
su benevolencia y su idioma sagrado.

Mi lluvia es sagrada.

Captura de pantalla 2013-08-12 a la(s) 16.52.15

Muerte visita

Aquí estoy, andando entre el humo; nadie me ve y estoy tranquilo.
Algún día extrañaré esto, como se extraña a la lluvia,
como se extraña la charla con la muerte,
que viene y se refleja conmigo,
y no ve nada que valga la pena llevar,
y brindo por eso;
puedo estar un poco más tiempo aquí,
viendo las excusas pasar, al final de un lunes escondido en mi bolsillo.

Bicicleta

Un día le regalé una bicicleta; estoy seguro que nadie le dará un mejor regalo, ni yo daré, jamás, un regalo mejor.

La compré en navidad y la escondí en la casa donde vivíamos, entonces, por la noche, como si fuera Santa Claus, se la di, y ella, a sus 28 años, de pronto tuvo 8. Sus enormes ojos, su voz y su felicidad se desparramaban a sus pasos, tras sus píes, en cada palabra y en su respiración de niña feliz.

Es una bicicleta hermosa, blanca con flores rojas, acaso algunas rosas y, estoy seguro, es la más veloz de todas.

Ahora no la usa, hay otras cosas y el tiempo se cuenta escaso en la ciudad; en realidad la usó poco, pero recuerdo haberla visto, como nunca vi a nadie, tan feliz en su bicicleta, que su imagen estará siempre en mi mente, en mi memoria y en mis palabras, cuando pase por aquí, donde ella y su bici, anduvieron una vez.

Captura de pantalla 2013-08-11 a la(s) 21.54.28

Mano

A veces quiero, que alguien me tome de la mano,
que no me deje ir, que le sea natural, casi familiar;
a veces quiero, luego prefiero caminar,
desaparecer,
pero con el tiempo,
pasados algunos días,
vuelvo a estar en la estación del tren,
y caminando vuelvo a querer que alguien me tome de la mano,
sin que lo sepa,
que no me deje caer a la vía,
ni me permita escapar, si no es con una mano, puesta sobre mi mano,
y no verla (necesariamente) a los ojos,
pero sentir su mano,
escuchar sus pasos apresurados a los míos desbocados,
y llegar al pico de la montaña,
sentarse al crater del volcan,
o ver la luna vieja y trabajosa,
manchada de paño,
subir por las nubes hasta anochecer.

A veces quiero ir caminando,
pensando en pensar,
y que alguien me tome de la mano.

Captura de pantalla 2013-08-11 a la(s) 21.52.04

Bosques diminutos

Me gusta cuando llueve,
porque crecen los pastos y las plantas,
y los tallos se engrosan,
y se levantan copas de diminutos árboles,
el rocío las baña,
las coloca frescas en la mañana del asombro.

Me gusta cuando llueve,
porque aparecen bosques en los pastos
y uno puede buscar un claro y acostarse,
volverse pequeño,
más pequeño aún,
y andar por ese bosque,
correr usando dos dedos,
esconderse tras una hoja,
mojar las yemas,
saltar de una planta y caer en otra.

Me encantan los bosques encantados
que crecen cuando llueve,
antes de que el hombre llegué
y los acabe con grandes máquinas,
pesadas construcciones,
tijeras monumentales.

Me gusta cuando llueve,
porque vuelvo a ser pequeño,
a la orilla de la prisión donde crecí,
al vasto bosque de los prados que se asoman,
cuando bajas la mirada.

Captura de pantalla 2013-08-11 a la(s) 21.23.48