Después de dos años

Hoy, después de dos años, le di su libertad y me dio la mía, no es que haya querido mi libertad; en parte sí, en parte extrañaba muchas cosas, pero también, antes, cuando era libre, quería tener un hogar y unos brazos, con ella los tuve y los amé, como nunca y de la manera que no sabía era posible. Los días llegaron, uno a uno, hasta formar dos años completos, entre esos dos años pasaron tantas cosas que no podría decirlas y otras no debería, por mutuo respeto y tratos de caballerosidad medieval, cosas hermosas. Al final nos comprendimos, llegamos a los acuerdos necesarios.

Veo el momento, esta libertad, como estar de nuevo a la deriva, como ver los antebrazos del viento tocar el desierto, invitándome a que suba por ellos hasta el cuello del cielo y desde ahí, ver qué hay más allá de las casas erosionadas y los oasis imaginados.

Tengo tanta nostalgia como esperanza, conocí a la persona más profunda de mi mundo y se quedará eternamente conmigo, escribiré en el futuro sobre ella y nadie la podrá tocar, ¡aléjense! ella es sagrada. Encontraré caminos en nuestro pasado, me regocijaré en los recuerdos de su sonrisa, no habrá límite para las palabras que le dedicaré ni para las lágrimas que necesiten desbordar de aquellos ríos nuestros que constantemente recorreremos, y podré decir para siempre que tuve un para siempre.

Todos vamos hasta donde nos permitimos, y a veces, estar el resto de la vida con alguien, significa no estar juntos.

Supongo que eso debe ser amar, estar con una persona para que te enseñe y enseñar, subsanar errores, crecer, ser más y, llegado el momento, soltar; encontrar orgullo en ello, saber que se hizo todo y ello es correcto, tener la confianza en que uno ha sembrado algo bueno, así como ella sembró tanto en mi, que eso se queda, se mantiene, que será por todos mis años.

Pasaron dos años, todo cambió en ese momento, las amistades, los lugares, los libros, mis sentimientos y mis letras, nacieron mil palabras nuevas, se sembraron campos de días, se resistieron todas las tormentas y llegamos al final a salvo, para que, al salir el sol, pudiéramos acompañarnos en nuestro primer paso, caminar uno y el otro, por el propio píe, a nuestros caminos, paralelos, y compartidos.

Gracias Ari.

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