Sangre sin asombro

Aún no sé por qué tuve tanta prisa por dejar de aprender. No sé por qué dejé de ir a fiestas, por qué salí pronto de la escuela y por qué me encerré, aun cuando estaba afuera.

No sé por qué dejé a mis amigos en medio de la remembranza, no tenía razón alguna, pero los dejé, a todos, al aire rojo de su buena suerte.

Dejé las andanzas como si fuera el dueño de un barco que nunca tuve.

Las cosas iban bien, pero me da por dejar todo cuando apenas se asoman los buenos tiempos, por eso nunca tuve una buena novia, ni salí sin control después de aventar tomates al odio. Me emborraché solo, tiempo después. No descubrí de qué trataba el alcohol, sino cuando era grande, y no compartí esa sensación con nadie, la guardé para mi. Tampoco fumé, sino años después, y dejé que las mujeres crecieran hasta que me encontré fuera de su alcance, hasta que sus caderas se ensancharon y tuvieron hijos, y algunos compañeros fueron padres, casi todos, y no me agarré a golpes sino hasta más tarde, cuando nadie me pudo ver. Fui de golpes solo y el corazón se me botó solo.

No tengo recuerdos de tonos quemados, ni hay amantes antiguas, no hay pandillas en mi vida ni anécdotas, más que las borrosas y pequeñas que se me aferran a los nervios. Tengo contados recuerdos de noches con amaneceres, incluso no recuerdo la belleza de la juventud, ni los senos firmes, ni las piernas desvergonzadas, ni el ritmo de una emoción recién destapada. No tengo remordimientos, ni logros, no tengo sueños truncados, no tengo emociones abortadas, no hay complicidades, ni cómplices; tengo en mi sólo la constante necesidad de salir y salir y correr y correr, de andar por los montes solo, de irme y ver todas las cosas que mis pequeños ojos puedan retener, y al regresar el mundo ha cambiado, y así se ha vuelto un mundo extraño. No tengo a quién recurrir, porque no tengo nada que haya durado lo suficiente, más que la huida, que no me ha dejado más que soledad.

No tengo una banda de amigos, ni inicié un grupo de rock, no monté en cuero por las noches, no tuve miedo, ni me interesaba romper las reglas, tampoco me interesaba seguirlas.

Nunca estuve listo para empezar lo que no platiqué, ni me fugué de los lugares comunes, nunca me lastimé hasta siendo grande, cuando era demasiado tarde para entender el amor.

Nunca brinqué.
Nunca desfallecí.
Nunca me comprometí.
Nunca fui de nadie.

Me parecía bien estar bien, y olvidé todos los problemas que nunca debí haber olvidado. Lloré muy poco, y no me importó que mi padre nunca llegara. Mi nariz sangraba sólo cuando estaba al norte de mi vida, y mis preguntas llegaron demasiado tarde, justo cuando las de los demás estaban comenzando a responderse.

Huí de casa sabiendo que lo hacía y no amé como debí haber amado. Mis ideas llegaron rezagadas, como si no entendieran cuál era su propósito.

Nunca me asombré mucho de nada, porque llegué siendo testigo; no protagonista.

Escuché palabras de horrores, y no me asombré.
Vi gente morir, y no me asombré.
Levanté muertos con mis manos, y no me asombré.
Escuché las paredes reventarse para que los presos salieran y me mantuve sin temor,
y el agua llegó a mi cintura mientras estaba en poblados lejanos, con la gente que había perdido todo, y no me asombró.
Estuve en los momentos en que las ratas se comían los pies de los ancianos recién muertos, y no me asombré; lo quería, quería asombrarme, pero no ocurrió.

Todo eso hacía mientras mis amigos crecían, y se besaban con las chicas lindas y los hombres buscaban la manera de descifrar el nudo gregoriano del sujetador, mientras ellas exploraban con la mano ciega la protuberancia que hay en la masculinidad, y juntos reían como yo no lo hice, por huir pronto de ahí.

No sé cuándo dejó de estar todo brillante, ni cuándo me gustó la lluvia. No sé cuándo preferí seguir andando, ni tampoco tuve asombro en dejar las cosas para verlas sin vivirlas.

No me he asombrado, ni el mundo ha sido grande, sin embargo me hubiera gustado tener esos recuerdos, que no tengo.