Las pesadillas de Gretel

A veces, por las noches, Gretel tiene malos sueños, disturbios y pesadillas. Veo cómo empieza a inquietarse dormida, agita los belfos y las orejas con movimientos rápidos, nerviosos. Sus músculos son un automóvil que empieza a perder control camino al desfiladero.

Si estoy a su lado le pongo la mano en el cuello y en la cabeza y acarició poco a lento su pelo para calmar su sueño sin despertarla. Ella se calma, deja de temblar, sus patas dejan de saltar y su respiración vuelve a la normalidad, se entrega al sueño de los perros que sólo ellos saben cómo es, y cuánta luz le queda.

Regresa al embate mi perra, comienza de nuevo su angustia, algunos sonidos escapan cortados por su garganta, desesperados, las pesadillas la atacan sin alguna tregua, me despierta su intranquilidad, su intento por mantener a los demonios en la frontera del otro mundo y que no lleguen hasta el mío, guardiana de mi paz. Allá, en la tierra de las pesadillas, gruñe para evitar que me ataquen las aguamalas de la depresión, por ello su desespero, combate al sin fin de mis ansiedades, aleja al cancerbero que se oculta en mi sombra, antes de saltarme por la espalda a la tierra de mi realidad.

Por eso al verla contraerse involuntariamente, con pequeños espasmos y terremotos en su cuerpo, le acaricio el cuello y las orejas y alejo sus pesadillas, como si fueran demonios o moscas; abro con mi mano el mar y la llevo cargando, la saco de ahí, la coloco en la mansa playa de Yucatan y se queda tranquila, entonces, yo, regreso al mar agitado y me vuelvo a ahogar.