Destruye

Arde, sus pasos arden,
es otra persona,
sus pasos arden,
al caminar deja su huella, bajo la pisada el pasto se quema, agrada de hacerlo.

El escritor destruye, sin respeto, sin conciencia, sin memoria.
Consume lo que tengo, deja dolor en mi pecho para sanar el suyo.

El escritor estaba alejado y llega,
se sienta, se hace daño, deja exhausto;
se va.
Luego vuelve, sin preguntar, sin tiempo, sin constancia, impaciente.

Llega y llena todo de humo, acaba con mi hígado,
yo, que tanto había cuidado todo,
él tan lleno de mierda sagrada.

No sabe quién es quién, por eso destruye, se complace, como si tuviera prisa de hacerlo y no habla, sobretodo no habla, no sé su voz. No sé cómo actúa, ni sé cómo se siente, cuando regreso todo está destruido, él ya no está.

Hay que alejarlo.
Hay que llamarle.

Cuando llega, (si llega), y llega a hablar con alguien, todo lo deshace; de todo se aprovecha, todo calcina.

Él ha acabado con todo, pero a la gente parece gustarle, parece gustarle ver su cierto dolor, cómo se retuerce, es agonía todo el tiempo, no descansa de morir y cuando parece que al fin se enterrará, se va.

Es una quema de pastos, siempre, para que nazca algo. Sigue quemando.

No sé qué es él, estaba aguardando.

El escritor destruye para construir, destruye para atestiguar la destrucción, como si no fuera la suya;  no lo es, es la mía.

El escritor me da nauseas.

Yo no soy el escritor
Yo soy el escritor.