Torrente de suicidios

Hoy me ha visitado un fantasma,
por el que rompí con martillo los primeros cuadros,
y quemé las ropas que desvestimos;
el fantasma de la más estúpida incertidumbre,
vestida de nuevo en blanca piel,
con la misma perdición.

Dejé de escuchar,
mientras me extraviaba,
perdido.

Hace días terminé al vacío,
en el final de la constante neblina,
pulcra en silencio.

El padre de mi carne está ausente,
alcanzo voces perdidas a las cuales liarme (apenas).
Ahora déjame estar perdido por tu cuerpo,
respirar entre la blusa y tu piél,
hacer un libro sucio de tu falda
y tocar tu falta de mirada,
torrente de suicidios,
horas contadas y pupílas cafés.

Ya no quiero ver senos,
ni moldear cuellos,
palpar cinturas.
No quiero terminar de hundir barcos sentenciados,
ni sumar tormentas.

Son palabras las que recordaré al final del día,
las intenciones y retos,
las tristes despedidas,
las ingenuidades,
las sorpresas,
las verdades,
los adioses de lo que no ha empezado.

Lástima que te tengas que ir.
Lástima que apenas hayas llegado y no te quedes por un vaso de whisky.
Lástima que no te duela que ayer haya muerto Lou Reed.

Me agrada romperme en amor con alguien,
por eso mato tan seguido como puedo,
termino levantándome,
con polvo en la espalda,
y ganas de continuar.
Aquí no hay historias bellas,
pero al menos hay historias que contar,
que es mejor a olvidar.

Qué hay que hacer para continuar,
si la libertad se obtiene estando solo,
y con ello claridad.

Te tienes que ir,
y tengo que seguir pensando en algunos errores
para cometerlos de nuevo,
y no dejarlo de hacer.

Torrente de suicidios,
hasta que se me acaben los días,
y te tengas de nuevo que marchar.