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Los escritos de Fernando Benavides

Lo eterno

Las noches frías,
las horas desesperadas,
los momentos inciertos,
las sorpresas gratas,
y las no gratas,
la muerte del día,
con suerte la muerte del año,
el último bao de tu mejor amiga,
la última mirada
y el arrepentimiento de que esa haya sido la última mirada,
todo lo que no escribiste,
lo que no leíste,
lo que escuchaste pero no debiste,
y la ocasión en que gritaste
y huiste,
cuando dejaste de creer en Dios,
cuando caminaste por la noche en una calle solitaria,
cuando dejaste que te golpearan
y al día siguiente regresaste,
cuando viste a un grillo muerto
cuando viste a un pájaro muerto,
cuando dejaste de hablarle 11 años a tu padre
que no era tu padre,
y cuando te abandonó el tuyo,
cuando viste que el mundo era una mierda,
y la vez que no luchaste lo suficiente.
Las 3 de la mañana en que decidiste que era mejor quedarse
y dormiste tranquilo cuando debiste salir,
cuando nadaste lejos del barco que se hundía
y debías morir,
el sábado que no reíste lo suficiente
y los años que te arrepentirás por observar a tu madre caminar
sin aprender de ella.
Cuando se vaya la luz
y encierres en tu puño el último latir de tu perro,
el úlltmo,
y todas las veces que no tengas amigos,
que te percates que todos han avanzado menos tú,
el momento en que te des cuenta que ya no tienes la llama,
ni te quema el espíritu por dentro;
la noche que ya no tengas las palabras,
y la madrugada.
Las ocasiones que olvidaste recordar a los muertos
y cuando los muertos se cansaron de esperar,
cuando en tu escritorio no haya alcohol
ni una mujer se acuerde ti,
y te des cuenta que no has besado
ni te han besado mas,
cuando creas que es el último trago con tu destino,
pero en realidad no lo es;
todos esos momentos constantemente te acompañarán,
una y otra vez estarán en tu vida,
y no podrás escapar
ni decidir;
así que hay que vivir con ellos,
y aceptar,
que son eternos.

Por el camino

Estábamos en el automóvil, era un automóvil viejo, lleno de polvo;
íbamos sobre un camino terroso,
nos deteníamos de vez en cuando para cargar gasolina y beber una cerveza,
era entonces cuando las corcholatas estaban en el piso;
recuerdo las corcholatas.

Sin muchas palabras,
no hablar era parte de la conversación,
Jessica estaba a mi lado.
Yo era un monstruo y Jessica tenía esos enormes ojos de tristeza,
luego su sonrisa asomaba al mismo tiempo,
era toda ella una contradicción,
por eso estábamos juntos
y por eso no me dejaba.

El sol daba,
daba en el camino,
el sudor en ese momento era necesario y la sombra era apenas,
revisábamos la gasolina cada tanto, creíamos poder llegar a cualquier lado,
sabíamos que nada estaba escrito.

Más adelante el camino era franco desierto.
Me detuve en medio de la carretera: no había nada.
Le pedí a Jessica que tocara el violín, siempre cargaba con su Cremona,
copia de un Stradivarius 1872;
se sentó en el capo y comenzó a tocar,
yo también me senté recargándome en la llanta y comencé a escribir.

Recordar

Pocas veces me recuerdo recordar,
porque siempre estoy recordando,
cuando aún no pasan las cosas;
parece que las estoy recordando,
como alguien que espera
sin saber qué esperar.
Como alguien que goza
de la mujer que no ha encontrado.
Puedo ver sus pechos de mujer,
blancos y firmes,
puros y limpios,
y morir de ellos,
y en ellos cavo mi tumba;
pero aún no llega,
y el camino es largo,
más largo que la linea de su vientre
llevada a su garganta.

Pocas veces me veo vivir,
pero de pronto lo hago,
luego comienzo a recordar
y vuelvo a vivir de ello.

Así que nos quedamos cortos
esperando a que suceda:
ver un relámpago fulminando un árbol,
o el lamento del monte retumbar,
nos quedamos esperando corto
a que sucedan las cosas,
que no muramos en el acto,
que lleguemos a casa
y encontremos whisky,
hojas para escribir tres líneas,
cinta con algo de tinta,
y que la luz de la calle nos permita continuar.

Pocas veces me recuerdo recordar,
esos pechos,
y esas palabras,
recordar la espera,
y el final del día.