Con whisky y lluvia

A veces recuerdo cuando nos conocimos
en medio de una tremenda lluvia.
Había whisky
y la lluvia parecía no terminar,
y no terminó,
hasta que la oscuridad se apropió de todo poco a poco,
desde la luz del medio día
hasta arrastrar un viento frío;
luego nos hicimos a la tarea de acabar con todo ello:
con la lluvia,
con la noche,
y con el Jack Daniel’s.
Apenas nos conocíamos,
quizá no recordábamos a momentos nuestros nombres,
pero lo hacíamos bien;
lo hicimos bien,
como para no olvidarnos.

Ella sabía a París a las 3 de la mañana,
y sabía a sonrisas
y manos mojadas.
A mi me parecía tremendamente hermosa,
blanca y tranquila,
aunque era como un pequeño torbellino,
con una falda que se pegaba a sus piernas,
y su voz andaba por ahí,
entre los músicos que no tenían otra cosa que hacer
mas que beber.
Uno se la pasaba bien con ella.

Luego nos largamos de ese lugar,
nos adoptamos esa noche;
así que ella me cuidó
y yo la hacía reír,
hasta que terminamos besándonos,
con sus labios de Montparnasse
y mis manos pequeñas
replegadas en su cintura.

Nos besamos
y caían gotas en nuestra cara,
escapadas de las ramas;
y el árbol sobre nosotros
se mantuvo quieto
mientras me encantaba con su rostro.