A la orilla del volcán

Después de la tercer tormenta supusimos que vendría otra, por eso nos encerramos en la casa y buscamos el sótano, y por eso nos habíamos acostumbrado a la oscuridad cuando se fue la luz.

Sólo estábamos Rina y yo, que hacía tiempo no nos veíamos, pero el inicio de la lluvia nos sorprendió más cerca de la casa de mis tíos que de su apartamento, el cual, de cualquier manera, estaba frente al volcán y no tenía mayor protección que los ventanales. Le propuse ir a la casa de los tíos por la cercanía y porque estaba mejor apeada: tenía una despensa y lo necesario para sobrevivir, excepto luz, pero de eso nos dimos cuenta cuando las ventanas y puertas empezaban a azotar. Buscamos la esquina del sótano y nos sentamos ahí cuando el viento comenzó a silbar. A mi Rina no me gustaba y había estado evitándola todo el año, sólo que ahora era cuestión de sobrevivencia y estábamos ahí, cuidando uno del otro; por eso en esos tres días ella fue al principio mi amiga y supongo que yo el de ella aunque después, quizá un mes después, ya no volvimos a buscarnos; por la vergüenza.

Cuando ocurre una tormenta como aquella todo se oscurece, perdimos la noción de la hora y pensamos que de un momento a otro todo iba a acabar, al principio teníamos el control pero la luz tumbó nuestros planes; nos arrastrábamos hasta la alacena, debajo de la escalera, para sacar comida y abrir el agua a tientas. Todo el tiempo hablamos en susurros, aunque no era necesario. Dormimos mucho y cuando menos lo esperábamos estábamos abrazados.

Yo creo que fue cuando escuchamos caer los cables de luz y tronar el transformador, nos asustamos y nos juntamos como si uno fuera la puerta de salida del otro. Los teléfonos dejaron de funcionar y nos preocupamos por Samantha, que estaba sola en su casa, pero no podíamos salir. En algunos momentos escuchaba a Rina rezar, supongo que por todas las personas, no sólo por Sam, pero no le pregunté, porque también la escuché llorar y no quise interrumpirla. A mi no me dieron ganas de llorar, incluso sentí mucha pena cuando comencé a pensar en Rina para desnudarla, hacerle el amor por si era la última vez que lo podíamos hacer, en el último día. Antes que llegaran las brigadas a la casa ella me dijo que había pensado lo mismo, por eso cuando le toqué el pecho ella se alzó rápido la sudadera y comenzamos a besarnos mientras ella me quitaba el cinturón. Quizá lo hicimos cuatro veces en los tres días.

Lo que me hizo sentir vergüenza (y supongo que a ella también) fue que todo lo que dijimos parece falso; en ese momento no, lo sentíamos de verdad, pero parece falso: yo no la amaba como se lo dije, y yo no le gustaba tanto como ella me dijo, sus piernas no eran las más hermosas al tacto ni su saliva preciosa, su voz era promedio y pude vivir sin su calor; tampoco quería que se embarazara como en ese momento lo dije con la esperanza de tener alguna descendencia desesperada.

Desde la primera vez, después que hicimos el amor, yo me arrastraba ansioso por la madera para conseguir las cobijas y que Rina no pasara frío, igual hacía con la comida, como si fuera aquello una proeza, como si hubiera tenido que salir a cazar o pescar a mitad del fin del mundo. Nos mantuvimos sobrios y haciendo planes para el momento de salir, como la construcción de un mejor sótano en otra casa y la venta del departamento de Rina para tener un lugar seguro. A mi ya no me importaba ni Diana ni nadie, lo único que me importaba era salir con vida al lado de Rina. Iría a la ciudad para avisarle a mis padres que dejaría el trabajo en la imprenta y tomaría uno de los talleres para obtener un ingreso fijo, ser un hombre con algo asegurado, ofrecerle algo a Rina; a ella le pareció una buena idea y el plan de vivir en San Sebastian fue de los dos.

No me dio pena haberla besado, ni dormir tomados de la mano esos tres días, no me dio pena haber sudado con ella ni habernos hecho el amor tan desesperadamente como lo hicimos. Lo que me da pena fue que cuando los bomberos tumbaron la puerta y entró luz se fueron nuestros planes, y yo dejé de amar a Rina en ese momento y ella me dejó de amar, incluso la dejé de querer y ella a mi, por eso al día siguiente no nos hablamos y cuando nos encontrábamos en el centro comercial sólo nos hacíamos algunas preguntas y buscábamos la menor oportunidad para despedirnos rápido.

Me da pena que aquellas intenciones eran realmente sinceras, los dos lo creímos y planeamos; durante tres días no había nadie para mi más que ella y la amaba con desesperación, hasta que la tormenta acabó. Entonces empecé a sentir vergüenza de las palabras, porque duraron muy poco, porque nos faltó tormenta; o me dio pena porque a veces amamos honestamente pero no el tiempo suficiente, entonces se pone en duda aquel amor, por no durar, por no soportar tanto; pero en verdad nos amamos, y en verdad nos separamos sin remordimientos.

Qué pena, de verdad, que la gente no crea en amores cortos, de dos o tres noches, o que uno no se dé cuenta que sólo se ama al borde de la muerte.