La lluvia que habla

No recuerdo cuándo me enamoré de la lluvia. Tengo algunas memorias, como levantarme a las 5 de la mañana, caminar por una calle larga y abandonada, apenas iluminada, en donde la lluvia estaba desde antes que llegara, sin molestar, mientras escuchaba Black de Pearl Jam. O la tremenda lluvia que nos agarró en la selva a Elena y a mi cuando íbamos camino a descubrir que nunca volveríamos a vernos, ni que nos amaríamos, siquiera un poco.

Recuerdo una lluvia torrencial, profética, que duró 3 días seguidos cuando llegue a vivir a la Playa, los árboles se mecían y tuve que salir a quitar ramas para que la corriente tomara de nuevo su curso a ningún lado.

Recuerdo lluvias cómplices, cuando Lissette y yo salíamos a grabar los sonidos y nos quedábamos tumbados en el quicio de la puerta, aguardando a que el mundo explotara para no olvidarnos jamás.

Nunca he visto llover en un castillo, ni despidiendo a un ejercito, nunca me ha llevado la lluvia ni la he podido seguir eternamente como he soñado; pero algún día lo haré.

Sólo sé que cuando llueve escucho voces, distintas, susurros que me hacen callar, dejar a un lado lo que estaba haciendo, voces que dicen: No nos olvides. Por eso me da lo mismo el sol que el viento, el día que la noche, lo que busco es la lluvia y que me diga aquellas palabras que no terminan de contarme ese relato que parece no acabar, una y otra vez.

Cuando se escuchan de nuevo los automóviles, sus llantas, la civilización, o la gente decide salir es el momento en que me llega la melancolía, aquella que me hace aguardar en la ventana, buscando aquel lugar que se mantiene lloviendo.