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Los escritos de Fernando Benavides

Dios bajo sus senos

Me siento frente a la máquina,
escucho música y vienen las ganas de escribir,
como las ganas de vomitar
después de una noche en la que tomaste dos o tres botellas de vino.

Una vez tomé 6 botellas de vino con una mujer,
ella tenía la nariz perfecta,
usaba lentes,
y tenía un pecho que salía de su brassiere
como si fuera un preso que pedía a gritos su libertad,
y por fin se la fueran a dar,
apenas,
después de la lenta espera,
a una condena injusta.

Llegó y me ofreció vino,
y me habló de música que no conocía,
yo la escuchaba como si fuera un acólito
y creyera en la existencia de un dios,
escondido bajo sus senos.

Un día fuimos a comprar discos,
cada uno dos o cuatro;
llegamos y los escuchamos en mi casa,
y sonaban bien,
con el vino.
Cuando nos dimos cuenta,
habíamos bebido 6 botellas,
y entonces ella no sólo era dios,
sino que era más hermosa,
como ningún dios lo había sido,
ni lo será.

La llevé a la cama,
la luz llegaba entre las persianas verdes,
y había un cuadro con un barco que iba a ninguna parte.
La tomé y la besé,
y ella dijo No, soy una mala persona,
también dijo Te voy a hacer daño;
y lo hizo, no mucho tiempo después;
pero quella noche,
en la que conocí a dios,
y al día siguiente, cuando desperté y seguía ahí,
y algunas veces más,
en la bañera
o en la carretera,
creí que las cosas podían ocurrir,
de vez en cuando,
aunque no fuera así.

Lunes

Lunes,
maldito lunes,
el hijo bastardo del domingo,
maldito domingo.

Tendría que ir a trabajar,
había que pagar la renta y comprar un par de botellas de vino,
además, había terminado de leer un libro del que esperaba más,
estaba deprimido,
últimamente espero más de los libros de lo que entregan,
como las mujeres de mi,
que esperan
y no encuentran.

Afuera sonaban las sirenas,
a esa hora la gente ya se estaba matando;
teníamos un gobierno deficiente,
como todos los demás,
y la gente como yo se contentaba con una botella de vino que no estuviera avinagrado,
o casi.

Aún tenía una botella abierta en la cabecera,
el vino era malo,
pero era el único que había,
y un poco de cerveza.

Así que ahí estaba,
en la cama,
la noche invadiendo cada esquina.
La noche es un ejercito invasor,
despiadado,
preciso.

Mi perra Gretel estaba a mi lado
despertaba y volvía a dormir,
sin importarle la renta,
ni los intentos.

Era lunes,
y estaba terminando;
a las 11:30 había música clásica sonando,
y no estaba mal.