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Los escritos de Fernando Benavides

La suerte

Es posible que ahora la suerte te favorezca,
ahora;
que hayan pasado las tormentas,
que ahora estés cerca de lo que creas es tu casa,
o pienses que lo estés,
pero siempre regresarán las lluvias,
y tarde o temprano
volverás a sentir aprietos corriendo por tus tripas,
porque así es esta suerte:
a veces favorece
e indudablemente se revierte;
puede que suceda el año que viene
o al acabar los 80 años;
puede que despiertes infeliz a las 4 de la mañana,
o
te des cuenta en el altar
la farsa que vas a vivir;
toma cada acción como si fuera un clavo
por el que más tarde podrías pasar.

Es probable que ahora te esté yendo bien,
que lo merezcas,
qué bueno.
No seas arrogante,
no mezcles la amabilidad de otros con tu vanidad
no creas que te buscan con interés;
hay gente que cruza en tu paso,
sólo para avisar que más adelante,
hay un auto estrellado con tu matricula.

No seas arrogante y
no confundas las buenas intenciones
con la independencia de tus actos,
ni desmerites los consejos.
No te cegues
ni te deslumbres,
no creas que has logrado todo,
o que vas a la mitad de la vida;
en realidad,
siempre estamos empezando un nuevo camino,
y la suerte,
–continuamente–
se enamora de alguien más.

Solos a las 3 de la mañana

Probablemente todos estemos enfermos de desesperación a las 3 de la mañana,
y todos recurramos,
al día siguiente,
a olvidar.

Probablemente nos damos cuenta,
a esa hora
que siempre vamos a estar así,
y lo demás,
es sólo un engaño.
Quien cree fervientemente lo contrario,
es quien se engaña mejor
y
casi puede convencer…
casi.

A las 3 de la mañana,
todo se escapa de nuestras manos:
las suplicas
y las mujeres que están lejos;
las que están cerca
y no comprendemos.

El hombre quiere morir a las 3 de la mañana,
o prender un último fuego,
que lo haga llegar
cuerdo a la madrugada.

Todos estamos abandonados,
juntos,
abandonados,
a las 3 de la mañana.

Tememos despertar
a esa hora
y darnos cuenta
que la persona dormida a nuestro lado,
está sola,
porque tú,
en realidad,
no perteneces allí.

Todos estamos
convencidos
que –mañana–
lo mejor es olvidar
nuestra naturaleza de tierra seca,
abierta,
sin agua que cruce nuestra sed.