Demasiado tarde

Estaba en aquella mesa larga,
donde cabía la máquina de escribir,
las hojas,
la caja con el tabaco,
la música y las penas.
También estaba una araña por ahí;
todo el mundo que necesitaba.

Había una botella de vino y cerveza,
no había nadie en mi cama.
A veces es mejor así.

Tenía ganas de perderme en el amor y estar solo al mismo tiempo,
necesidad de ver la espalda de una mujer en mi cama, sólo la espalda, larga, con una línea recta de la sábana al cuello, ese abismo en el que se pierde la mirada,
y todo es bello en la piel adulta.

Recordé las veces en las que había estado con una mujer
y la dejaba para escribir a media noche,
y luego la dejaba para siempre,
con aquel calor que no espantaba el ventilador del techo,
y era mejor esperar la mañana con el whisky caliente,
pero vivo.

Los amores que se recuerdan suelen ser mejores que los que se viven,
quizá sea el lugar,
o el camino mientras huyes de un lugar a otro… ese camino.

Casi siempre escribo al alcohol,
las mujeres también son alcohol;
igual te matan, igual te hacen ver lo que no puedes estando solo, y sano.
Las mujeres; esa enfermedad que necesitamos,
con su fiebre entre las piernas y el galopar desesperado en el corazón,
a las que apostamos todo;
el caballo ganador que no sale del arrancadero,
que sabes que no va a salir y aún así apuestas,
y dejas toda la esperanza perdida en una tarde.

Llevar mujeres a la cama, sólo por hacerlo, no vale tanto la pena,
pero lo aprendes demasiado tarde;
sólo vale la pena si mueres en la cama cada noche,
en la espera o en el acto,
en la vista,
con los ojos cerrados,
con el sonido de la respiración.

Enamorarse a medias no vale la pena;
enamorarse de todo,
perder todo,
no perder poco;
las mujeres son todo,
sólo que uno no se da cuenta,
y lo aprendes demasiado tarde;
casi todo,
lo aprendes demasiado tarde.