Una mañana de lluvia discreta

Llovía.
Afuera la gente escapaba de apenas unas gotas y, los que estábamos adentro, queríamos sentirlas.

Hacía tiempo no andaba por el aire el sentimiento de grandeza,
todo había sido un camino que parecía llevar a ninguna parte,
y eso había encontrado una pausa,
al menos por ahora.

Yo estaba demasiado acostumbrado a la soledad,
lo cual era bueno,
pero me permitía ciertos momentos de duda,
de cierta reivindicación con la vida
y las madrugadas.
Éste era uno de ellos.

Me parecía que el cabello de todas las mujeres del mundo estaba mojado,
y el agua escurría a su punta,
dejando caer una gota hasta sus senos
para luego dejarlos en paz.

Todo tenía el tamaño perfecto,
los volcanes estaban en erupción en algún lado
y los cráteres invitaban a un suicidio amoroso,
salvaje y real.

En ese momento estaba en mi lugar
esperando a que algo pasara,
o nada,
y estaba bien;
por algunos momentos la calma llega
y te engulle,
y no sabes qué hacer con ella
así que te mantienes quieto,
aguardando el día en que a la mitad del camino
llegue una buena mujer para desnudarla,
y todo vuelva al caos de nuevo,
como si la vida no fuera perfecta,
por una mañana de lluvia discreta.