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Los escritos de Fernando Benavides

Al norte de la desesperanza

Tomo el vaso que ya casi vacío,
y lo veo,
y el aire lleva sonidos distantes.

Pienso en lo que puede pasar;
pero ahora son escombros,
y lo que puede ser está lejos
y no me sabe,
ni me piensa,
porque es perfecta,
y en sus preguntas,
no puede estar un hombre
que bebe por la noche
mientras ella
extraña un lugar al norte de la desesperanza.

Tomo el vaso
y pienso
que quizá suceda,
o no,
o nos gusta estar solos
o no tenemos otro remedio.

Una mujer rubia

Viajé con una mujer rubia y hermosa;
completamente hermosa.
Recorrimos la mitad del país, deteniéndonos en un lado y siguiendo por otro,
metiéndonos en la oscuridad;
a veces la gasolina parecía acabarse,
pero llegábamos a algún lugar
y reabastecíamos y comprábamos goma de mascar para los oídos tapados
del camino,
y bebíamos cerveza entre una caseta y otra.

Su cabello era dorado, oro brotando de la mina de sus pensamientos,
y era blanca
y hermosa.

Viajamos durante varios días
pero
nunca nos acostamos
ni nos besamos;
sólo nos conocimos
que es más de lo que he hecho con la mayoría de las mujeres
con las que he estado.

Después el viaje terminó,
y la fui a dejar al aeropuerto;
no nos queríamos
ni estábamos enamorados,
pero teníamos bosques,
caminos,
y playas en común.

Luego ella dejó de escribir.
Aún no lo hace.

Pero un día
me dijo
que me había hecho mucho daño,
supongo que creyó que estaba enamorado de ella
por todo lo que escribo
y cómo la recuerdo,
pero yo
solamente
recuerdo esos bosques,
esos caminos,
y esa playa en común.

Desastre

Mi departamento es un desastre,
con un par de buenos intentos,
y los recuerdos emborrachándose conmigo cada noche,
confundiéndose unos con otros;
sin recordar quién me dejó,
y a quién dejé.

Mi vida
tambien
es un desastre.

pero las noches ayudan a sobrevivir;
en algunas hay mujeres,
y cuando duermen
observo
para no olvidar aquella espalda,
aquella respiración,
aquella necesidad de olvidar
conmigo,
lo que sea que tengan que olvidar.

Por lo regular extraño
las cosas insignificantes,
como una palabra
o una frase sincera,
ciertamente sincera,
que me dieron sin saberlo.

Extraño más las miradas
que el sexo
o las ganas de amar.

También extraño cuando el mundo se tropieza
y espero no ser aplastado
cuando todo acaba.

Veo parejas
en la calle
y en las fotos
y parecen felices,
y dudo de su felicidad,
pero les deseo
que sigan juntos,
acabándose el amor
trago a trago.

Me gusta beber una botella de vino cada noche,
pero también está bien beberla con alguien,
aunque deseemos que se vaya,
y deseemos que se quede.

Todo lo que intentamos es un desastre,
sólo así sabemos que estamos haciendo algo,
asustados,
en Normandía,
como la primera vez que nos rompieron,
el maldito corazón,
sangrante entonces.

Sirvo un vaso de vino
tras otro;
somos el desastre encarnado,
esperando que nunca acabe,
esperando nunca olvidar aquella chica
que aún no aparece,
o nos ha ignorado.

Aquí todo es un desastre.