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Los escritos de Fernando Benavides

Brutales errores

Está la señora del edificio de enfrente,
y la chica que saca a pasear a su perro
viejo pastor ingles al parque,
todas las parejas recién casadas
en un hotel a la orilla de la playa,
y también
los que se sientan en una banca
por la noche
y se toman de las manos
y se besan en la oscuridad
del faro fundido.

En algún momento
somos deseos
ocultos
de alguien,
perversiones consumadas,
gustosos.
muy gustosos,
de perder el reino
de los cielos.

Están los que creen amar
que son la mayoría;
y los que aman,
que ya están muertos;
están los que besan a alguien de nuevo
y las que son besadas por primera vez,
y están los cuerpos desnudos
que van a ser marcados
por la tentación
y el cosquilleo
que jamás
abandonará su piel.

No somos muy distintos
unos de otros
todos vinimos aquí
a cometer esos
brutales,
hermosos errores,
que tanto nos caracterizan.

Cruzar la autopista

Debí haber comprado más vino esa noche;
había ron,
el ron no ayuda,
prefiero el whisky,
pero se había acabado.

La lluvia no había llegado
se había quedado en amenaza,
el calor era insoportable pasada la autopista.
Había mujeres desnudas en otros lados y yo estaba
escribiendo
con la noche frente a mi.

Dada la media noche Luisa estaba lejos,
toda aquella piel blanca,
sus manos perdidas,
sus dedos largos.
Ella.

No soy más que un tipo necio
que se siente cómodo en la perdición;
no me interesa encontrar otra redención
que no sea la culpa completa, sucia y compartida;
el placer encontrado en lo perdido.

Jamás ha existido para mi una frontera entre la locura y la absoluta perdición,
claro, no estoy loco,
sólo me acuesto con la locura;
y lo hago solo
la mayor parte del tiempo.

Podría resbalarme en la piel
de una mujer lejana,
o esperar a que comience a llover;
las amenazas se cumplan,
los relámpagos volteen la mirada
por el atrevimiento
mío
y de quien quiera
beber un whisky,
un ron,
un vino,
o bebernos juntos.

Quizá sólo sea necesario
cruzar la autopista
y después de esa,
otra más.