Paredes y escritorios

Las paredes se derrumbaban en aquel cuarto pequeño,
mi vida se había reducido,
apenas cabía entre la puerta y el escritorio y,
después,
sólo en el escritorio;
para volvernos locos.

Estábamos como perros encerrados y nos sacaban sólo una vez,
cuando la noche alumbraba el árbol que murió;
no sé por qué.

La vida sucede con su respectiva muerte.

Al tiempo tendría un lugar casi sagrado,
y volvería a desear el cuerpo en silencio,
la cintura,
los gemidos,
la desesperación,
la ciudad cayendo a pedazos
y la única carretera que nos hacía escapar para volver a destruir;
hasta que nada tuvo sentido.
Adictos a herir.

En realidad estábamos casi muertos,
faltaban algunas lágrimas
(de luto)
y enterrarnos en cien,
quizá doscientos recuerdos,
dejar todo atrás,
lejos,
consumirnos como el tabaco olvidado,
y renunciar a la necedad que nos mantuvo unidos;
a mis engaños,
a lo que pensaba,
lo que creía,
y lo que resultó.

De eso ya ha pasado tiempo,
ha amanecido cuando podría no haber sucedido,
y perdimos la guerra,
las batallas y los planes de escape;
todo fue una catástrofe;
no nos suicidamos porque quizá eso también
hubiera salido mal.

Ahora con el frío ha llegado el silencio,
y después nuevos sonidos,
he encontrado marcas en la mano de una mujer
que intuyen suicido,
o sólo un juego.

Todos intentamos acabar antes de tiempo.

Tenemos suficientes cicatrices en las rodillas,
en la espalda,
en lo que esperábamos,
en lo que empeñamos y no recuperamos,
en lo que tuvimos.

Pero hubo una época,
en la que las paredes se derrumbaron,
y todo parecía estar bien,
incluso morir era una idea cuerda;
morir de a poco,
vivir de letras,
en escritos que no llegaron a ningún lado,
ni me hicieron mejor hombre,
sólo me ayudaron a llegar
hasta aquí,
y esperar otro día.