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Los escritos de Fernando Benavides

El ruido del carrito en el avión

En el avión habían voceado el nombre de Susana,
por supuesto ella no estaba,
y no llegaría;
no habría escena memorable
o un intento de su parte.
Nunca tuve oportunidad,
pero lo intenté.

A veces lo extraordinario no es suficiente
cuando no encuentran la poca magia
que un borracho es capaz de hacer
con lo que resta de su alma
cansada
acabada
y enferma.

Estaba en las alturas,
podía hablar con dios
y dios
podía escuchar mis susurros
y el ruido del carrito
que llevaba las bebidas de la aeromoza
cansada de volar.

Decenas de ventanas pequeñas en
el pasillo del avión
eran un guiño repetido al mar.

Cargaba una libreta
y una pluma
o dos
y todos los fracasos de 36 años.

Yo sólo era un hombre
que acababa de descubrir su realidad,
sin otro remedio
mas que continuar.

A 10 mil pies de altura

Viajaba a algún lado,
solo,
el asiento a mi lado estaba vacío;
en algún momento
rumbo al aeropuerto
pensé que la iba a encontrar en la sala de espera.
No sucedió.

Se supone que los viajes deben ser algo feliz,
pero yo tenía el culo a 10 mil pies de altura
sin alguien que disfrutara la cerveza que ofrecía la azafata
y terminé bebiendo sin compañía.

Aquello era un viaje a la incertidumbre
ni siquiera sabía a qué hotel llegaría;
sólo quería beber un poco
y encontrar sentido a la vida
si es que lo tiene
o si es que se puede encontrar.

Así que ahí estaba;
había perdido
como nunca antes,
pero quizá era justo
después de tanta indiferencia.

A 10 mil pies de altura
la cerveza sabe diferente,
y yo sólo esperaba palpar
aún fresca
la sangre de Hemingway en
su escritorio
y beber su jugo de naranja.