Las cicatrices de sus muñecas

Pocas veces pasa,
en las que llega una mujer,
se cruza en mi camino,
y la escojo para que destruya
lo que he construido
y desahucie
lo que había sanado.

Por supuesto que esa batalla
sólo está en mi cabeza,
y en mi pecho
y los insomnios rondan
a las patas de mi cama
con toda su desesperanza.

Pocas veces pasa
que escojo a una mujer
para pensar en ella en cada descuido
y descuido todo por pensar en ella;
pocas veces pasa,
pero pasa.

Y cuando esa mujer se cruza en mi vida,
una mujer
para mi
diferente a todas,
es cuando quiero con ella todo
o nada;
no me interesa algo que no sean
los delgados momentos eternos,
y hacer momentos cada instante;
no me interesa que me recuerde como amigo,
confidente,
pedazo de nada,
alguien para olvidar
facilmente.

Todas las veces,
–por supuesto–
me he quedado con nada;
porque las mujeres que escojo,
pocas,
verdaderamente pocas,
no quieren todo o nada conmigo,
y en realidad su nada
es diferente a la mía;
su nada es amable desinterés;
seguirán su camino sin mi,
sin dolor, sin recuerdos, sin noches de cielos en llamas,
sin oceanos que nos asombren en suicidio de amor;
y mi nada
es una batalla que libraré sin ella,
sin las cicatrices de sus muñecas,
sin todo lo que pudo ocurrir,
sin caminos desiertos,
sin sonidos de bestias en los bosques del oriente
o abrazos en el hielo del norte.

Pocas veces pasa
que hay una mujer en mi camino,
y quiera todo con ella,
todo lo que pueda pasar,
y le entrego
todo lo que me pueda destruir;
cuidarnos con un poco de amabilidad,
bajo la mirada de los dioses,
todas las mañanas, todas las tardes, todas las muertes.

Pocas veces pasa que una mujer cruza en mi camino
y decido dar todo por ella
y que ella dé todo por mi;
una causa perdida,
que no se elige
para dar todo
o nada.