El brazo de Elena

Elena había llegado de Alemania en un vuelo retrasado 3 horas; traía el corazón pisoteado en una de sus 4 partes. La recogí en el aeropuerto; esa noche fuimos por whisky y cerveza.

Al día siguiente subimos a mi automóvil y comenzamos a descender por el país; terminaríamos caminando por una vereda de arena blanca hacía el mar con la peor resaca de nuestras vidas, pero eso ocurriría varios días después.

Teníamos preparada una carga de música que escucharíamos durante aquel viaje que duró más de un mes. El primer lugar donde nos detuvimos tenía una gran plaza central, había conducido unas 5 horas y teníamos que comer algo. Hacía frío. Era un lugar tranquilo, pedimos un desayuno sencillo y yo comenzaba a extraviarme en aquellos ojos verdes en los que no habría forma de entrar, claro, eso también lo sabría al final, después de dormir con ella y escribir sobre su espalda palabras calladas, poner arena sobre sus hombros y encontrar locura en su resistencia; pero en aquél momento todo tenía sentido y esperanza, su rostro de asombro europeo y las ganas de olvidar el amor eran una combinación animal escondida tras su cabello rubio.

Comimos y fuimos a ver algunos alrededores. Yo recuerdo el viento entre mis brazos y la garganta seca de alcohol, recuerdo a Elena tomarme del brazo mientras caminábamos. Al regresar al automóvil se lo había llevado la grúa; el viaje había empezado bien, porque todo lo que se sale de control, lo que no esperas, es lo que vale la pena.

Así que estaba ante un viaje, con una hermosa mujer y ríos de alcohol y aventuras. Juntos terminamos en el culo del país y metimos el automóvil hasta la sala de mi casa destrozando las ventanas. Todo ello era tan bueno que asustaba, tanto, que ella terminó por irse pronto de aquí y jamás regresó. Supongo que se olvidó de su corazón roto y se fue con el pulso acelerado. Yo era un tipo sin miedo al abismo, y ella… ella sólo quería retar al sol.

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