Póker

Los fines de semana eran particularmente difíciles,
trataba de dejar el alcohol,
pero sabía que eso era lo difícil;
mi vida está ligada a la bebida como a las mujeres imposibles,
las que arrancan a pedazos la piel
y te hacen trizas las cenizas que quedan de la sangre vulgar y ardiente.

A mi me da por beber sobretodo en las mañanas,
cuando me doy cuenta que el sol sigue estando allí,
y por la casa caminan los recuerdos,
descalzos,
uno a uno;
el recuerdo de cada una de ellas,
y se desnudan y me abrazan,
y me dicen que lo han pasado bien,
y en medio de una buena charla se marchan,
todas,
y me dejan con los hielos a medio entender en el mar del whisky.

Tardamos en reponernos de los desamores
porque confiamos y nos falla el instinto,
no somos nadie para quien nos es todo,
y uno queda con bastantes pérdidas en la vida cuando todo termina.

Ya no hay tanta música,
no hay acetatos,
no hay carreteras acompañado,
y no hay más mitad del camino…
hemos llegado al final.

Es una lástima que uno pierda en el póker donde se juega todo;
es una lástima, realmente, no aprender nunca y,
al contrario,
jugar de nuevo sabiendo que tienes malas cartas.

Así que no queda más que aceptar la realidad,
olvidarse de la piel aquella,
llena de curvas al borde de la noche,
y las risas,
pero sobretodo
la mirada sobresaliente de un hombre
que supo que iba a morir.

El miedo es mi bebida
y la acepto mejor con un whisky y mineral.