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Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: letras propias

Bestias

Los tiempos de las bestias salvajes han pasado,
se han escondido en las sombras,
al amparo de hojas grandes
tras los pasos del dolor.

Esos tiempos
donde morir era lo que se buscaba
y vivir era un regalo,
se han pedido.

Ahora
la noche
es todo.

Pero de pronto,
en algunos momentos
ocurre que las bestias salen
de su letargo,
y vuelven a andar al canto de la cigarra,
sobre los troncos
que unen un río y otro,
y hacen cacería;

algunos mueren
algunos viven.

En ocasiones,
las bestias caminan
como si fueran de nuevo amos
–ya no lo son–
pero reclaman el lugar
y todo vuelve a ser normal.

En algunos momentos
los dioses
entienden
y nos regresan de la muerte
para ser uno con ellos,
y con ellos morimos,
esperando recordar
un paso
a la mañana siguiente.

Las bestias son
hasta el último momento,
y después
lo siguen siendo.

Oscuridad

He perdido media vida en la búsqueda;
he dejado atrás amigos,
escuela,
y los amores de la sangre
que ahora se coagula.

Escuché la voz del poeta
y la seguí
hasta perderme en la oscuridad;
no sabía que
me perdería,
y perdí todo.

Mi aventura fue la soledad,
y la huida constante que me llevó
a mi desesperación
a mi mediocridad
a mis manos llenas de nada.

Seguí caminando hasta mojar mis zapatos,
y sofoqué la luz,
la calma
y llegué a la ansiedad
que desde entonces me abraza.

Perdí
todo
sin saberlo.

Ahora llego al claro de la montaña
y veo los bosques debajo
y la noche del cielo
cobijada con la penumbra de las ramas.

No sé si la voz del poeta
me trajo hasta aquí
o también la he perdido.

Pero por primera vez
me alimento de la oscuridad
y la oscuridad
se ha saciado de mi.

Mañanas nubladas

Todo está construido de pequeños momentos;
los más raros,
los más hermosos,
suceden poco
y los recordamos tanto.

Por eso
si llueve en la mañana,
–una lluvia gentil–
no escuches otra cosa,
ni hables;
no veas el televisor,
ni leas este poema;
escucha la lluvia
y el canto suicida
de sus gotas llegar.

Observa el pasto
y las hojas tamborileantes,
y si tienes suerte,
el estruendoso aletear
del pequeño colibrí.

Las mañanas nubladas
son un regalo de los Dioses
que nos orillan a pensar
y construir treguas diminutas
de hombres ansiosos.

Por eso
si te levantas con el sonido de la lluvia…

detente a escuchar,
y no hagas otra cosa;
no pongas música,
ni veas el televisor,
no leas este poema,
no leas este poema por favor.

Aires fríos de nuevo año

El 2020 tiene apenas unas horas de iniciado;
y yo un par de días con 41 años.

La luz, el sonido y la sensación de un lugar lejos de casa
llega como presente de año nuevo.

Lo primero que escribí
(digamos como obra original)
fue a mis 6 años:
una plegaria a Dios para que el mundo se mantuviera en su lugar
y no colapsasen las paredes.
Es decir que al primero que le escribí fue a Dios y lo que siguió fue al Diablo.

Desde entonces me mantuve con esa actividad,
(aunque de manera insistente desde los 13 años)
quedándose esos trabajos en hojas de resguardo;
después dejé de hacerlo de esa forma poseída con la que los adolescentes hacen todo lo que está en sus manos.
Tuve la intención de escribir un libro de fantasía que se quedó en las primeras páginas
y relajé la disciplina sin abandonarla.

Comencé a escribir algunos guiones, no muchos,
y alguna que otra necesidad de poesía, supongo que mala.

Y así es como llegué a la época en la que di a conocer lo que escribía,
más por necesidad que por placer (una escritora no entregó su trabajo y entré al quite)
y desde entonces mis secretos han sido públicos;
de eso hace 10 años justamente,
lo cual significa que este 2020 cumplo 10 años de escribir públicamente y 35 de hacerlo en privado.

Ahora me siento y lo hago de nuevo;
últimamente se ha alejado de mi esa hermosa ola de inspiración de escribir sobre desgracias, mujeres y alcohol que tanto disfruté,
ese camino que tanta satisfacción me dio se ha vuelto en alguna forma resplandeciente,
y no encuentro recovecos de oscuridad para escribir sobre los abismos
(o al menos de manera constante),
y aunque extraño los rompimientos del alma, también tengo necesidad de encontrar cierto aire nunca respirado,
un aire frío que corte la cara
y congele los pulmones al respirar;
es como si necesitara un color blanco que queme
tanto como aquella oscuridad que me calentaba.

Por eso escribo esto,
alejado del estilo que usé por años;
un campo de letras formadas amorfas
que en algún momento encontrará su desfile.

No hay metáforas universales aquí (lo siento por ustedes, mi compañía),
no hay recuerdos de carreteras
o de sentimientos de whisky acompañados de soledad,
pero era necesario escribir así;
como confesión de una mañana
tan primera del año
como fría de enero,
y saber que lo siguiente será escribir algo que busca desde ahora su titulo de propiedad en forma,
alejado del consuelo del estilo que tanto seguí.

No sé a dónde lleva el camino,
sólo sé que no puedo seguir con la forma anterior;
y eso da tremendo pavor;
pero tampoco uno puede mantenerse por siempre
a la orilla de la muerte
sin morir del todo
y aspirar a respirar de nuevo.

Insectos

Hubo un momento en mi juventud
en el que decidí irme de todo lo que conocía
y alejarme de la gente que me amaba.

Me fui camino arriba,
y camino abajo
de la vida que empezaba.

Tomé rumbo al fin del país
y conocí el Atlántico,
el Golfo,
y por primera vez sentí temor por no saber dónde dormiría,
y los insectos se arrastraban por las calles,
algunos se escapaban, corriendo por los resquicios
cuando prendías la luz.

Me fui de un lugar a otro
con mi nuevo miedo,
el miedo de no tener qué comer,
ni dónde dormir.

Me llevé ese nuevo sentimiento,
y no le hablaba demasiado,
lo dejaba morir de hambre
mientras yo pasaba hambre,
pero ni él
ni yo
morimos.

Un día decidí regresar a lo que había dejado atrás,
a los amigos que me extrañaron
y me habían olvidado;
antes de irme miré por la ventana del cuarto donde me quedaba
y nevaba;
había pequeños dragones negros en los faroles de la calle,
con sus hombros cubiertos de nieve.

Yo solamente sentía frío,
y los grillos morían de frío también;
ya no cantaban tonadas de desesperación;
solo yacían
porque no lo habían logrado
y yo tampoco.

Entonces caminé,
abandoné mis cosas en aquel cuarto
cómo había abandonado antes todo
y tomé un tren frío
que me llevó de nuevo a casa,
pero en realidad me estaba alejando
y me sigue llevando lejos;
pero ya no sé a dónde me dirijo;
sólo sigo con aquel miedo
que me hace levantar en la noche;
y los grillos
siguen sin cantar;
ellos y yo morimos todos los días
en el frío
a los pies de aquel tren,
que al arrancar hace el suficiente ruido
para cubrir el susurro del miedo
pero no el suficiente…
nunca el suficiente.

Regresar

Uno regresa a esos amores que lastimaron,
que tanto daño hicieron,
que acabaron contigo
sin consideración
y sin piedad.

Uno regresa a esos amores
que nos destrozaron;
uno regresa
por los pequeños momentos
que nos dieron felicidad.

No sé por qué lo hacemos,
pero lo hacemos;
como si no tuviéramos oportunidad
de sufrir de nuevo
y quisiéramos hacerlo una vez más.

Uno regresa a esos amores
que tanto daño hicieron
y de los que tanto aprendimos,
que nos lastimaron
y en el fondo
disfrutamos.

Esa muerte
que no nos mató.

Recuerdas lo que te hacía reír
y olvidas lo que te hizo llorar;
olvidas por qué te fuiste
o prefieres no recordar.

Abrazas esa tierra
de nuevo
y le pides perdón por dos cosas,
una por haberte ido,
y otra
por no poderte quedar.

 

Un marinero viejo

Hace poco me instalé en el camarote de los 40,
soy un marinero viejo encerrado en su cuarto,
sin querer estar en la popa,
sin energía para la proa,
con el secreto de las aguas en la memoria,
y la piel curtida de sal.

Decidí dejar la borda al momento en que tuve golpes al costado
y sangré sin parar y sin sanar;
ahora me tienen aquí
porque sé escuchar la mar,
y nada más.

No soy apetecible a los peces,
y el fondo es demasiado oscuro para sobrevivir;
pero yo he regresado de ahí
en los días de la tormenta de las 23 noches
y las 23 despedidas.

Ahora incluso he perdido el gusto por el ron,
como por los bosques,
y la caricia de la muerte morena.

He visto todo,
he sobrevivido a las peleas de los marinos,
un barco contra otro,
completa tripulación embrutecida de sangre y coraje,
prostitutas viendo a lo lejos
con los labios pintados de rojo
sonriendo al ganador y consolando al perdedor.

Ahora aquí estoy,
sin amar ni extrañar,
sin poder besar
a causa de una herida de navaja en el labio
y un recuerdo enterrado.

Soy un marinero viejo que logró escapar
de las aguas de las mujeres,
y estoy en una mesa bailante de madera
escribiendo para pasar el tiempo;
esperando a que llegue el contramaestre
gritando que se hunde la embarcación,
y la nave está haciendo agua.

Me quedaré aquí
recordando cuando estuve en la isla de los placeres,
en las piernas de la tentación,
en la penumbra de los gemidos,
tras la cascada de la entrega
y la risa de las sirenas.

Escucho la madera crujir,
pero el barco se mantendrá una vida más,
y yo estaré en el mismo lugar,
listo cuando el relámpago llegue,
y lo tome en mis manos y lo bese
y pueda encontrar sentido al fin.

Inundaciones

Este cambio continuo me ha inundado de soledad.
Esta necedad de hacer me ha convertido en un aliento en la oscuridad
La curiosidad de saber qué hay me ha llevado a donde no hay interés por llegar.

Cada tanto veo atrás y me gustaría regresar,
como si hubiera abandonado lo mejor de mi vida
y me da miedo reconocer que es cierto.

Me he perdido el crecimiento de los árboles,
la constancia de la hiedra
y las tormentas que bañan la felicidad.

Soy un pigmeo a los pies de la eternidad
sin poderse levantar,
sin lograr entender lo que hay sobre su cabeza.

Los años terminan
y me voy antes del final,
pero el final nunca cumple su amenaza.

No encuentro la dicha constante
ni el amor
ni la amistad
ni el descanso;
y la vida me rodea
y me abraza cálida,
desesperadamente
para aceptarla,
pero no lo entiendo
y regreso a buscar
donde los caminos se desdibujan.

En ocasiones me doy cuenta que tenía todo
y todo ha quedado atrás;
los abrazos y los besos me añoran
pero no puedo hacer otra cosa
que ahogarme en soledad,
y en ocasiones salir un momento
para tomar un poco de aire
y meterme de nuevo en la ausencia;
allá donde nadie ha llegado
ni hay interés por llegar.

Dioses en mi jardín

Ahí están,
unos cuantos dioses fastidiados,
que de vez en cuando salen del lugar donde viven todos los dioses;
con su perfección
y su poder
y sus ganas de destruir y reír.

Ahí están,
un par de dioses fuera del palacio
buscando y cansándose de no hacer nada
cansados de no amar
y de no morir.

Caminan por un lado,
por otro,
y siempre se detienen
a la ventana de mi casa
y me miran en la madrugada;
gigantes sentados en el jardín,
preguntándose,
riéndose
y teniendo lástima de todo,
menos de mi jardín.

Yo estoy con la pequeña luz de la lámpara,
solo,
habitando el abandono,
y ellos dejan de reír
y se interesan,
pero no me dicen nada, no me empujan un poco más;
me dejan en el estrado
sin mi sentencia de muerte
como si fuera eterno;
sólo miran por mi ventana.

Así han sido todos los años,
desde hace muchos años

cuando voy de un lugar a otro
con mi pequeña luz,
y los dioses morbosos me encuentran cuando vuelven a buscar.
Y no pueden hacer nada al respecto.
No pueden hacer nada,
solo miran esperando el momento
en que salga con ellos
y me siente,
pero eso no ocurrirá
porque ellos son dioses
y yo pretendo ir más allá
en la soledad de mi pequeña lámpara,
y ellos sabrán entonces
que han estado viendo
al hombre correcto,
negligente en la inmensidad de un camino;
ellos son sólo dioses en mi jardín
y no pueden hacer nada al respecto.

Prohibiciones

Los recuerdos se suben a mis hombros
y no puedo hacer nada al respecto;
todo lo que hice y lo que no logré,
todo lo que no amé,
ahora llega
estrellándose en las rocas de mis noches.

En ocasiones me abandona la virtud
y me encuentro más solo que nunca;
yo que me acompaño de oscuridad
y vivo de lo muerto.

La desesperación ya no me grita fuerte
y los viajes se han terminado,
el mundo se acaba en mi puño
y la lluvia se destierra del desierto.

Ahora las noches no tienen sonido de mar
ni llegan los gritos de mujeres trepando por la pared.

Aunque
de pronto
los sonidos de los que he escapado
vuelven a aparecer en el abismo del silencio:
golpes de puertas que cierran
y susurros que no se alejan.

La tranquilidad es un estado que no se me permite
y quizá
el amar
tampoco.