Blog

Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: mujeres

Aquellas que me abandonaron

Me encontré de nuevo con la madrugada;
era fría y el viento parecía moverse lento.

Había dejado atrás las noches en los bosques,
cuando los amigos que tuve se perdieron entre los árboles,
y los gritos habían sido olvidados,
–Algunos de alegría, otros de placer y otros más de desesperación.

Las confesiones llegaban poco a poco,
mis arrepentimientos se iban quedado atrás
y llegaban mujeres ya muertas
y pocas cosas más;
hacía algunas horas no estaba roto de amor por dentro,
en realidad,
estaba lastimado de manera permanente
y así habría de aprender a vivir.

Las estaciones del año estaban desfasadas,
los árboles estaban crudos,
secos,
con largas ramas que quitaban delicadeza al recuerdo
o lo dejaban desnudo,
demostrando que aquello
no había sido tan bello
y los tiempos que venían
serían diferentes,
o al menos así lo quería ver.

Yo era una persona solitaria,
que comenzaba a olvidar
a todas las mujeres que no me amaron,
por las que di todo
y todo el futuro me negaron.

Ahora estaba frente a ese frío,
lento y constante,
que de nuevo era mío,
y llegaba
para rescatarme
de aquellas que me abandonaron
para perderse en el tiempo.

Un tranquilo río merecido

Ella era un pequeño río,
delicado,
que se deshacía cada noche,
en cada baile lento,
con cada canción correcta.

Era liviana y sencilla,
con la mirada tranquila,
y era todo para mi
en el momento que yo era todo para ella
mientras caían relámpagos lejos,
y los truenos eran otra melodía
diferente a la que sonaba en la sala
junto a la máquina de escribir,
el whisky,
y la luz amarilla
–tan pequeña–
que apenas alcanzaba a iluminar
esos momentos
tan grandes
y tan íntimos.

Después ella se alejaba y yo volvía a escribir,
y la música seguía siendo la correcta;
todo en ese momento era perfecto,
entre tanto desastre que había sido la vida de todos.

Yo era para ella
y ella era para mis recuerdos;
sabíamos que teníamos en las manos
un pedazo de su tranquilo río,
su elegante sonido;
ella tenía mis letras,
que son pocas,
pero es lo único que tengo,
y es lo más sincero que puede dar un hombre
que ha sido escupido
en todas sus buenas intenciones.

A veces
dos personas
simplemente se encuentran,
y simplemente lo merecen.

Resistiendo

Afuera los árboles se mecen
y es de noche,
y todos están esperando a que algo ocurra:
el día
y el fin de la madrugada,
o la cama con una mujer desnuda,
que se aleje el recuerdo
y los muertos se vayan
lejos
para ser recordados como se debe.

Las piernas y las caderas que no habrán de ser tocadas de nuevo,
los años lejanos,
y las risas que se escaparon.

Nos hemos olvidado,
todos,
unos a otros
de manera brusca,
ciertamente grosera,
ciertamente injusta.

La tranquilidad llega
con el whisky de las 3 de la mañana
y el frío es tenúe;
ya no estamos caminando en un poblado alejado
esperando algo de sol
para no desesperar
mientras la gente sale
y se abren los caminos
que llevan
al agua cristalina
que siempre habrá de estar para ti.

El dolor
y los años
se habrán de llevar a muchos,
mientras,
algunos otros
estaremos aquí,
resistiendo.

No hay mujer decente

No hay mujer bonita decente,
no la hay;
ni tampoco
mujer desaliñada decente,
no la hay;
sencillamente
no hay mujer decente,
es cuestión de enfocar bien,
encontrar el ángulo
y ahí estará
su crueldad,
la naturaleza salvaje
y cierta maldad.

Y no hay
caballero alguno
dentro del hombre,
sólo hay
hipocresía
y conveniencia.

Supongo que nos merecemos
unos a otros.

La soledad del sexo

Estás en cama
y estás solo
con algunos buenos recuerdos,
o estás acompañado
y estás solo
creando algunos buenos recuerdos.

Cada noche cuenta,
cada abrazo,
cada duda,
cada abandono
y cada olvido.

Cuentan las horas en las que tarda la mañana
y las noches completas en medio del silencio
y las diez o doce cascadas de placer
del primer encuentro.

A veces,
cuando estás roto por dentro,
no puedes construir
decentemente
un día más.

A veces
uno no puede controlar
cuando funcionan bien ciertos cuerpos juntos,
y a veces
te das cuenta
que el sexo está lleno de soledad.

Circo

Algún día existió el circo,
y la gente iba
a creer todo lo que pasaba ahí,
que era falso
pero era hermoso;
yo estaba ahí
creyendo también.

Salían todos aquellos personajes
cargando toda esa música;
y el payaso era triste,
estaba muerto,
y era alegre,
mientras yo tenía una cerveza en la mano
y esperaba que aquello
fuera verdad.

Era una noche lluviosa
y sonreía con una chica hermosa
y la pasábamos bien,
hasta que un día
me di cuenta
que no estaba en el circo;
yo era el circo,
y la función
con el buen payaso
y la música,
y la magia había terminado
una vez más.

Ellas pueden golpear duro

Muchas veces,
no recuerdo cuántas,
salía de un bar
y no podía ver con los dos ojos
algo fijo;
tenía que cerrar uno u otro
para tomar el mundo
como una realidad.

A veces tenía que caminar así,
a veces tenía que manejar así,
y a veces
había un camino con mi ropa
de la puerta a la cama
que no recordaba haber dejado;
pero la mayor parte de las veces
me encontraba
pensando
que el amor
estaba insistentemente lejos;
y las mujeres me llevaban
al medio de la noche
para dejar claro
que no iban a quedarse,
que no les interesaba,
y golpeaban,
golpeaban duro
una y otra vez,
casi siempre en el costado
y alguna que otra en el corazón.

Risa

Estaba con una chica
que era hermosa
pero
más que hermosa
era una buena persona.

Estábamos en la cama
y el calor reventó en lluvia
y comenzamos a jugar
a una y otra cosa
y por ello comenzamos a reír
y reír
cada vez más,
hasta que aquella risa
invadió las paredes
y las sábanas
y las bebidas
y la muerte,
y seguimos riendo
hasta que todo fue agradable
e inmortal.

No recuerdo cuándo dejamos de reír
y tampoco recuerdo hacía cuánto
no reía tanto;
había estado con la sangre quebrada
y me había olvidado de reír.

Ese momento hermoso
con esa chica hermosa
nos alejó
de cierta maldad,
de ciertas personas,
y de todos los errores;
y por primera vez estábamos
la chica,
la risa
y yo
y nada más.

Las mujeres siempre usan la navaja

He tenido fiestas que terminan en tragedia,
a veces
las tragedias aparecen como personales,
o tragedias para todos;
algunas veces casi ha muerto alguien
y otras lo ha hecho;
algunas veces casi ha muerto una parte de mi
y otras lo ha hecho.

He tenido fiestas,
la mayoría,
en las que me detengo al centro
y no sé qué estoy haciendo allí,
y encuentro que ese lugar
no es mi lugar.

He caminado en las madrugadas
y muchas veces las chicas me han dejado
para irse en ese momento
con algún hombre
o con alguna otra mujer,
y piensan que haciendo eso
reúnen fuerza
y los hace mejores.
No los hace mejores.

Esas son el tipo de cosas
que me oprimen en la noche
y me hacen servir un whisky
y lo saboreo
mientras saboreo la derrota.

Entonces dejo el amor propio,
el orgullo,
y los buenos momentos
que siempre son fugaces,
y escribo
y acepto que me han hecho trizas
las mujeres que mas he amado;
justo ellas,
las que he cuidado
y he mantenido
cerca del corazón
y les he dado la navaja
que terminan usando
tarde o temprano.

Después del abandono,
después de haberlas visto
besando a alguien,
recuerdo su espalda
mientras la oscuridad las abraza,
y el aliento se va,
y ellas ganan;
luego comienza a quemar algo dentro
y sé que todo terminó
y en casa me esperará la noche,
y el whisky,
y ese momento
tan derrotado
es solo mio
y siempre lo será.

Islas del mediterraneo

He regresado al whisky
mientras algunas tormentas de recuerdos
me visitan en la madrugada.

Tengo el número de un teléfono que no volveré a marcar

y hay una piel que no recorreré de nuevo, aunque, en realidad, nunca fui bien recibido.
Aquello, más que un acuerdo, fue una invasión y un sentimiento que sólo yo aporté, aprovechando la confusión de la música y el alcohol,
y los planes que nunca se realizaron.

Ahora el mundo se está rompiendo.

Ahora tengo pensamientos de catástrofe mientras visito el cementerio de las posibilidades.

Estoy en la orilla,
entre la perdición y el triunfo,
a cualquier lugar donde me empuje el viento encontraré pérdida,
porque las deseadas islas del Mediterráneo se hunden cuando Heidi no está y,
por el momento,
tengo que encerrarme en un hospital mental;
algunos dicen que estoy perdiendo la cordura,
yo creo que me encuentro en mi mejor momento.