Blog

Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: poema

Me queda

He dejado de ver amor en el cielo,
más allá del mar
y en el desierto.

Me han abandonado
los sabores de la tierra
y el pasto seco.

Ya no siento el miedo
ni encuentro el regreso
al lugar seguro del infierno.

He dejado de ser
poco a poco
quien solía ser.

Ahora vivo de recuerdo,
mas que del aire,
y después
me acompaña el silencio.

El calor quedó al otro lado de la carretera,
y la vista se me nubla
cada noche
antes de venir
y escribir un poco,
y un poco
me queda.

Desierto

Las paredes gotean vacío
y muy a mi pesar
no ocurrre nada alrededor,
y el mundo no se rinde ante la sinceridad.

Las cosas no ocurren
ni de una forma
u otra,
y los años se acumulan
pesados y nublados.

Cargo sobre la espalda
los dias no logrados,
los abandonos,
los sueños podridos,
las palabras encadenadas.

El miedo despierta conmigo,
el sueño a veces regresa,
los muertos dejan de hablar
y las montañas de mi sangre
se desmoronan donde no deben caer.

Entre más seguro estoy
del lugar al que debo seguir
más perdido me encuentro.

ahora soy
todos los dias que no me levanté,
y gasto mis palabras
en sobrevivir;
alejado de la inmortalidad
y los oidos de Dios.

En realidad somos
lo que no planeamos,
y estamos
donde nunca quisimos estar.

Quizá más adelante
haya sentido
a la desesperación
y a todas las preguntas.

O quizá
sólo se acaben los días
como un río
que finalmente se encuentra con el desierto.

Lejos

En la noche me pongo a cazar recuerdos,
y me encuentro solo
en la inmensidad de los muertos.

Estoy condenado
a la desaparición de mi tranquilidad,
y el descanzo
es algo que comienzo a olvidar.

Estoy buscando el silencio,
y nada me acerca a él;
estoy ahogando
la madrugada en mi bebida.

Es imposible dormir
cuando el tiempo se acaba,
y se hace tarde por vivir.

En ocasiones
la soledad se siente en el pecho
y la desesperación llega en forma de calma,
y te ata a su suerte.

El mundo hermoso

Mi resistencia al desamor
se ha ido desangrado,
y la calma del aire
me susurra por primera vez la muerte.

A mi que he traído
a sus caudales
a los que han perdido todo
y nada quieren recuperar.

La vida
cada vez
es más difícil,
y nadie me escucha
como tanto quiero ser escuchado.

Hay fuga de deseos,
y nada se cumple,
nada se espera
y nada se va.

Somos testigos
de la terrible carrera
de aquellos que no quieren ser engañados
pero no lo pueden impedir.

Nos acorralamos con la muerte
y apenas podemos dar pelea,
levantar los brazos,
rendirnos con dignidad.

Hemos perdido la belleza del asombro
y no podemos hacer nada al respecto;
la conmiseración ya no es la misma
ni funciona de la misma manera.

Nos encajonamos con los recuerdos
y ninguno vale la pena;
todos están agotados;
todos los días
son un día perdido.

Ya no tenemos
madrugadas calurosas
con algo por delante
que nos aliente a continuar.

El mundo hermoso
se ha acabado poco a poco;
al mundo hermoso
le ha llegado la noche.

Te voy a llevar en la orilla de mi olvido

Te voy a llevar en la orilla de mi olvido
para no abandonarte por completo
como hiciste conmigo
en tu mejor desprecio.

Voy a mantenerte casi ahogada
en el río de la contención,
respirando por las noches,
donde no me puedas hacer daño
como lo hiciste la última vez.

Voy a recordarte en tu mejor manera:
sonriendo,
yendo y viniendo;
y al final también recordaré
la forma en que te fuiste;
para no dejarte avanzar
mas allá de la nostalgia.

Voy a escoger tus mejores momentos
y los voy a mantener frescos
para que no salgas de la tumba
donde a veces voy a escarbar
para sentirte cerca.

Y quizá
mas allá de la noche
alcance a escuchar tu risa;
y cuando vaya hacía ella
el amanecer me alcance
y me haga despertar.

Bucle

Es como estar encadenado
a un eterno bucle de ansiedad;
despertar cada madrugada cansado
pero sin poder dormir,
obligado a levantarme
a escuchar los sonidos de la noche
lentamente
hasta el amanecer.

Es tener el destino de ganar y perder,
y recordar hasta el hartazgo
el mismo camino sin curvas
que fue construido sin final.

Condenado a levantarse con los ojos cerrados
escuchando el lamento de la sirena;
y refugiarse para sobrevivir
eternamente
una noche a la vez.

Cada vez que intento estar en paz
la calma se aleja,
y me avienta a este eterno bucle de desesperación,
como si oyera una cinta de grabación
regresar y volver a regresar
y condenarme a su principio y a su final.

Es como si estuviera obligado
a conocer a tientas la oscuridad
y enseñar a salir a los demás
sin poder tomar en mis manos esa libertad.

Es como estar cayendo
en un eterno bucle
y no poder despertar.

El mundo se ha alejado

La noche me llega al estómago
y la soledad al corazón;
los temores me aprietan
entre las sabanas y
la desesperación.

Cuando pienso
haber logrado algo,
el momento
se deshace
dejándome con nada.

Camino a tientas en la oscuridad,
–densa–
y han muerto
los amigos
que me podían guiar.

Soy un desertor de la alegría,
y cada vez temo más
a la madrugada
y a la realidad.

Las voces que escucho,
el tintineo de las copas,
la risas vulgares del alcohol;
cada vez rehuso más
vivir entre la humanidad.

Hay muy pocas personas
en quien pueda confiar,
y lo único constante
es la aprensión.

Este mundo
se ha vuelto
un lugar
inhabitable.

Recuerdo pocos aromas

No recuerdo cuántos aromas he perdido.

Se me ha ido entre los años la esencia de los recuerdos;
la mayoría;
así que no recuerdo el aroma en el cabello de las mujeres,
salvo el de alguna maestra cuando cursaba los primeros años,
y nada más.

Se fueron los perfumes;
de modo que si quedo ciego
no podré regresar sobre mis pasos
a las memorias
de la bestialidad del primer amor
y del primer fracaso.

Recuerdo algunos pocos aromas;
como el olor de la fruta caliente y podrida
en la carretera de la riviera,
y recuerdo
el aroma del primer trozo de carne
con el primer vino.

Recuerdo el olor de la ebriedad,
el olor de la cerveza que ha rodeado con sus ríos la garganta
y el olor de la tierra seca
cuando caí en ella.

Pero
he olvidado
todo lo demás;
cuando lo intento
soy el viento que se lleva todo
y nada deja.

Tengo
el olor del mal gusto por el tinto
y poco a poco
he ido perdiendo,
también,
el recuerdo de las voces
que alguna vez
significaron algo para mi.

No fuimos rebeldes virtuosos

Ha pasado el tiempo,
ya no tenemos esa energia,
por más que la busquemos,
de hacer todo de la nada.

Ya no tenemos el fuego indomable
que mantenía iluminanda la noche
y nos daba calor
en el abandono.

Tenemos mas edad de la que planeabamos llegar,
y nos hemos fallado;
hemos hecho algunas cosas bien,
algunas pocas.

Hemos recorrido caminos,
y nos hemos perdido,
y nos hemos enamorado,
y hecho pedazos
muchas veces.

No logramos lo que queríamos
en el tiempo en que queríamos;
las cosas cambiaron
y hay otros tras la espalda
intentando nuestros deseos.

No tenemos corta edad,
hay más miedos que emociones;
estamos entrando a la vida tarde;
hasta el alcohol no es lo mismo.

Ya no quebramos el mundo,
lo intentamos
sin lograrlo
y seguimos vivos.

No somos aquellos jóvenes
que tanto queríamos vivir;
no fuimos rebeldes virtuosos;
y ahora
sólo nos queda
ser sabios.

Lo había tenido todo

Había pasado buena parte de mi vida
siendo deglutido en el estomago de una serpiente enferma
y vivaz.

Había estado en demasiados lugares;
pero pocas personas lo sabían
o quizá ninguna,
porque vi las cosas en silencio
mientras el sol caía sobre mis manos.

Había sido ambicioso,
y egoista
y había sido engañado
y traicionado,
y yo había hecho lo propio.

Hacía poco
tenía una hermosa mujer
y dinero,
sonrisas sinceras,
música
y momentos que se arrastran hasta la tumba.

Lo había tenido todo
rumbo a todas partes;
escribía
y la gente parecía complacida
con mis poemas.

Pero de pronto acabó eso;
se acabaron los caminos,
y la noche se hizo constante.

Se fueron el dinero,
los viajes,
y la felicidad desesperada en los bares,
los besos en el pasto
y el sexo en el bosque.

Se secaron las plantas.

Me levantaba por las noches
sin mucha oportunidad,
sin mucho propósito.

Y vi a esta mujer,
que se había quedado
y descansaba a mi lado;
me decía que todo estaría bien
cuando no tenía nada.

Y me di cuenta,
entonces,
que lo tenía todo.