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Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: relaciones

Regresar

Uno regresa a esos amores que lastimaron,
que tanto daño hicieron,
que acabaron contigo
sin consideración
y sin piedad.

Uno regresa a esos amores
que nos destrozaron;
uno regresa
por los pequeños momentos
que nos dieron felicidad.

No sé por qué lo hacemos,
pero lo hacemos;
como si no tuviéramos oportunidad
de sufrir de nuevo
y quisiéramos hacerlo una vez más.

Uno regresa a esos amores
que tanto daño hicieron
y de los que tanto aprendimos,
que nos lastimaron
y en el fondo
disfrutamos.

Esa muerte
que no nos mató.

Recuerdas lo que te hacía reír
y olvidas lo que te hizo llorar;
olvidas por qué te fuiste
o prefieres no recordar.

Abrazas esa tierra
de nuevo
y le pides perdón por dos cosas,
una por haberte ido,
y otra
por no poderte quedar.

 

Recuerdo pocos aromas

No recuerdo cuántos aromas he perdido.

Se me ha ido entre los años la esencia de los recuerdos;
la mayoría;
así que no recuerdo el aroma en el cabello de las mujeres,
salvo el de alguna maestra cuando cursaba los primeros años,
y nada más.

Se fueron los perfumes;
de modo que si quedo ciego
no podré regresar sobre mis pasos
a las memorias
de la bestialidad del primer amor
y del primer fracaso.

Recuerdo algunos pocos aromas;
como el olor de la fruta caliente y podrida
en la carretera de la riviera,
y recuerdo
el aroma del primer trozo de carne
con el primer vino.

Recuerdo el olor de la ebriedad,
el olor de la cerveza que ha rodeado con sus ríos la garganta
y el olor de la tierra seca
cuando caí en ella.

Pero
he olvidado
todo lo demás;
cuando lo intento
soy el viento que se lleva todo
y nada deja.

Tengo
el olor del mal gusto por el tinto
y poco a poco
he ido perdiendo,
también,
el recuerdo de las voces
que alguna vez
significaron algo para mi.

Lo había tenido todo

Había pasado buena parte de mi vida
siendo deglutido en el estomago de una serpiente enferma
y vivaz.

Había estado en demasiados lugares;
pero pocas personas lo sabían
o quizá ninguna,
porque vi las cosas en silencio
mientras el sol caía sobre mis manos.

Había sido ambicioso,
y egoista
y había sido engañado
y traicionado,
y yo había hecho lo propio.

Hacía poco
tenía una hermosa mujer
y dinero,
sonrisas sinceras,
música
y momentos que se arrastran hasta la tumba.

Lo había tenido todo
rumbo a todas partes;
escribía
y la gente parecía complacida
con mis poemas.

Pero de pronto acabó eso;
se acabaron los caminos,
y la noche se hizo constante.

Se fueron el dinero,
los viajes,
y la felicidad desesperada en los bares,
los besos en el pasto
y el sexo en el bosque.

Se secaron las plantas.

Me levantaba por las noches
sin mucha oportunidad,
sin mucho propósito.

Y vi a esta mujer,
que se había quedado
y descansaba a mi lado;
me decía que todo estaría bien
cuando no tenía nada.

Y me di cuenta,
entonces,
que lo tenía todo.

Deslaves

Recuerdo todos los lugares,
y todas las veces que las cosas eran nuevas para mi,
y la sorpresa,
los besos y la tierra,
los cuerpos y los derrumbes.

Y todas las veces que he tomado el camino para conocer a una mujer lejos,
y llego
y es demasiado tarde,
o la mujer es demasiado hermosa
y yo demasiado derrotado.

A veces ocurre que alguien puede ver algo en ti,
y sucede algo de magia,
y los dos son virtuosos en las caricias,
y los dos encuentran lluvia en el amor;
y eso es todo lo que tengo que decir,
sobre los lugares que hay que atravesar para encontrar un cuerpo,
que llueva por ti.

Un tranquilo río merecido

Ella era un pequeño río,
delicado,
que se deshacía cada noche,
en cada baile lento,
con cada canción correcta.

Era liviana y sencilla,
con la mirada tranquila,
y era todo para mi
en el momento que yo era todo para ella
mientras caían relámpagos lejos,
y los truenos eran otra melodía
diferente a la que sonaba en la sala
junto a la máquina de escribir,
el whisky,
y la luz amarilla
–tan pequeña–
que apenas alcanzaba a iluminar
esos momentos
tan grandes
y tan íntimos.

Después ella se alejaba y yo volvía a escribir,
y la música seguía siendo la correcta;
todo en ese momento era perfecto,
entre tanto desastre que había sido la vida de todos.

Yo era para ella
y ella era para mis recuerdos;
sabíamos que teníamos en las manos
un pedazo de su tranquilo río,
su elegante sonido;
ella tenía mis letras,
que son pocas,
pero es lo único que tengo,
y es lo más sincero que puede dar un hombre
que ha sido escupido
en todas sus buenas intenciones.

A veces
dos personas
simplemente se encuentran,
y simplemente lo merecen.

La soledad del sexo

Estás en cama
y estás solo
con algunos buenos recuerdos,
o estás acompañado
y estás solo
creando algunos buenos recuerdos.

Cada noche cuenta,
cada abrazo,
cada duda,
cada abandono
y cada olvido.

Cuentan las horas en las que tarda la mañana
y las noches completas en medio del silencio
y las diez o doce cascadas de placer
del primer encuentro.

A veces,
cuando estás roto por dentro,
no puedes construir
decentemente
un día más.

A veces
uno no puede controlar
cuando funcionan bien ciertos cuerpos juntos,
y a veces
te das cuenta
que el sexo está lleno de soledad.

Ellas pueden golpear duro

Muchas veces,
no recuerdo cuántas,
salía de un bar
y no podía ver con los dos ojos
algo fijo;
tenía que cerrar uno u otro
para tomar el mundo
como una realidad.

A veces tenía que caminar así,
a veces tenía que manejar así,
y a veces
había un camino con mi ropa
de la puerta a la cama
que no recordaba haber dejado;
pero la mayor parte de las veces
me encontraba
pensando
que el amor
estaba insistentemente lejos;
y las mujeres me llevaban
al medio de la noche
para dejar claro
que no iban a quedarse,
que no les interesaba,
y golpeaban,
golpeaban duro
una y otra vez,
casi siempre en el costado
y alguna que otra en el corazón.