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Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: relaciones

Bocanadas extras

Habíamos estado saliendo
con algún tipo de acuerdo,
como ordenando el tiempo,
y todo parecía funcionar,
porque el mundo nos daba ciertas opciones
que parecían no haber sido caminadas,
y todo era grande
o así lo parecía.

Salíamos,
con este acuerdo
de mantenernos curiosos de todo lo que pasaba entre nosotros,
que era hermoso
y causaba cierto temor;
pero estaba bien.

Era sólo que
lo que teníamos
sin uno
y sin el otro
también era bueno
y posible.

Pero el estar juntos
era una pequeña bocanada extra de vida
y era una pequeña bocanada extra de muerte
y eso asustaba.

Una noche fue la última noche
en el edificio más alto de la ciudad;
decidimos ya no hacer nada juntos
mientras miles de personas
conducían sus automóviles
de regreso casa
para ser recibidos por sus gatos,
prender el televisor
y esperar una vida tranquila
antes de morir.

Así que pagué la cuenta,
y nos fuimos.
Ella estaba tranquila,
y sus hombros descansaron
al acordar no seguir más
con aquel extraño acuerdo
entre nosotros.

Mientras caminábamos por última vez
vi una pareja besándose;
ella tenía los ojos cerrados
y él también
y los dos parecían desear permanecer en ese beso
por el resto del tiempo
que dura la incredulidad.
No era un beso particularmente bueno
pero era sincero
y ellos merecían esos cortos segundos
que son un poco de vida
y un poco de muerte.

Caminamos hasta llegar al automóvil,
cerramos las puertas
con un sonido que dejó todo afuera,
conduje por una calle oscura,
y comenzó a llover.

Ya no había nada que hacer;
sólo seguir con nuestra decisión,
sin un poco más de vida
y sin un poco más de muerte.

El cuerpo de las mujeres también era nuevo

Aquellos eran otros tiempos, con colores más penetrantes y carentes de aromas; era cuando el amor era nuevo, o no existía, y se imaginaba diferente a como es ahora.

Pero parecían buenos, los tiempos, lo que prometían, las piezas que nos entregaban adelantadas y la independencia, todo aquello que se mostraba maravilloso, y los senos de las mueres que aún no eran, pero comenzaban y todo, todo, quería ser vivido.

Era divertido. Queríamos ser como otras personas, ser más populares, las fiestas y las chicas y la cerveza en vasos de plástico. Era cuando el Tú y yo tenía un buen sentido, aunque no existía el Tú, sólo el yo, pero estaba bien, porque las posibilidades eran grandes y la música, la música valía la pena; las palabras no las usábamos como ahora, pero no importaba, vivir estaba bien.

No había soledad, o no demasiada, o quizá no la concebíamos así, sólo escuchábamos a los Smashing Pumpkins, y eran buenos, en verdad eran buenos, sorprendentes como varias cosas en esos días.

Luego todo habría de cambiar, desmoronárse;
pero de eso ya he escrito, demasiado incluso;
por eso ahora me refiero a cuando las cosas eran nuevas alrededor, y la gente se disparaba con una escopeta en la boca, como antes lo había hecho Hemingway y eso, incluso, también tuvo sentido, porque de alguna manera las cosas tienen que empezar a morir para recordarlas como los tiempos en que las construcciones cayeron y las guitarras seguían y seguirán; los libros iban ganando terreno poco a poco y podías comenzar a cometer tus propios errores; tan tuyos, tan míos, tan dolidos esos amores que te arrancaban el pecho de un tirón sin consideración alguna, y estaba bien, porque el cuerpo de las mujeres también era nuevo y lo recorrías como conduciendo ese automóvil sin saber hacer bien los cambios y los gemidos eran tan claros que rompían el aire, y eso, bueno, eso tuvo sentido.

Las amistades y los sabores, los primeros cigarros tenían sentido y desde entonces yo quería levantar al país en armas, o bien encontrar un lugar entre ruptura y ruptura y, fue tanto, que me quedé en medio de cada relación sin poder lograr algo; hasta ahora, que vivo en el espacio que da una noche antes de ser día.

Pelear estaba bien
conocer estaba bien
asombrarse era lo correcto
y cambiar cada par de minutos,
todo ello,
caminar por las calles
caminar con fuerza
desperdiciar oportunidades,
qué maravilla desperdiciarlas,
y qué lástima fue sobrevivir a todos esos tiempos,
ahora que no somos ni revolucionarios, y
terminamos
siendo camioneros,
jefes de la policia,
o dentistas;
y no nos estrellamos lo suficiente,
y seguimos vivos
y
dentro de poco
comenzaremos a morir todos
de manera natural,
sin mucho asombro,
todos,
hasta que quede sólo uno de nosotros y,
a ese alguien,
nadie lo entierre;
pero antes, claro, hubo buenos tiempos, cuando Dios nos habló
y nos dijo –Shhh, no hay nada que decir,
y nosotros, sólo estuvimos allí,
haciendo un buen ridículo de vida,
que ahora extrañamos tanto.

Ángeles y demonios

Conocí a Yessi antes de saber que mi vida se iba a formar de recuerdos,
de intentos,
y de mañanas en la carretera
yendo a ninguna parte.

Ella trabajaba en un restaurante
y era, sin duda,
la chica más hermosa
en mi mundo de 21 años;
ella era
la madre tierra y virgen de todas las sonrisas.

Así que un día hablamos y salimos;
así lo hicimos por dos años,
cada que podíamos,
y nunca nos besamos;
quizá por eso nos quisimos como pocas personas se quieren,
sin ansiedad de nada,
sólo viendo cómo la realidad se derrumbaba a nuestro alrededor
sin que pudiéramos hacer algo por ello.

Ella me complacía con toda clase de silencios,
la única mujer que lo hizo de esa manera,
mientras yo hablaba y hablaba,
y escuchaba todas las invitaciones que le hacía,
y siempre estaba ahí,
con ese pequeño cuerpo de ángel perdido…
triste y perdido.

Un día, simplemente
dejamos de vernos
sin ninguna razón
durante 15 años.

Con el tiempo ella se convirtió en una mujer aun más hermosa
y yo en un escritor melancólico
recurrente al whisky.

Nunca fuimos mas que amigos,
aunque en realidad,
ella era un ángel desesperado
y yo un demonio desterrado
que un buen día
decidieron acompañarse,
camino al olvido.

Exilio

Hace tiempo
hubo una chica
que daba todo por mi porque,
–bueno–
como suele suceder,
uno da todo por la persona equivocada,
cree en la persona equivocada
y muere por la persona equivocada.

Era una mujer reciente,
con el cuerpo recién cincelado
y tenía una amable sonrisa,
eso era bueno,
su sonrisa.

Sus ojos se hacían pequeños al verme
y volvía a sonreír,
como guardando cada postal que hacíamos
sin querer hacerlo.

Contaba buena historias,
historias de barrio,
y cosas que le asombraban,
que era todo
y ella lo sabía.

Después la abandoné para irme a otro lugar,
lejos
y solo;
ella lo aceptó y dijo:
Quiero vivirte hasta el final;
así que eso pasó,
vivimos hasta el final,
y en el final,
nos despedimos de un abrazo
y un beso que ya olvidé.

Después de un tiempo
esta chica me alcanzó hasta donde estaba,
que era lejos,
y estuvo conmigo algunos días,
y sólo hasta el último día pudimos ver el amanecer.
Pocas personas fueron a verme en el exilio,
ella fue una de ellas;
no la amaba,
la quería,
aunque ahora
la recuerdo con bastante amor.

Extrañaré

Algún día extrañaré estas noches,
así como extraño
los largos viajes de un día,
buscando las madrugadas
mientras la lluvia se colaba por las ventanas del autobús,
y esperaba a que llegara la mañana,
y el sol,
y poder dormir un poco.

Algún día extrañaré
este lugar,
como extraño
aquella diminuta habitación
donde escribí una novela
en una semana de encierro
alimentado de cerveza
y conservas de lata.

El calor,
el debil ventilador,
el viento forcejeando entre las ramas,
los insectos,
y la mujer que me enamoró
y no me gustó.

Extrañaré
el coral que aventaron las olas,
y aquella ruptura a la orilla del mar.

Extrañaré
mi culo montado en un avión
esperando que todo sucediera
cuando nunca sucedió.

Extrañaré
como extraño a la chica inocente que nunca me besó,
o las despedidas en la estación de autobús;
la vez que caminé
delante de un enorme y brutal barco hundido,
y el primer cuarto de hotel de mala muerte
donde me quedé
y era un palacete
para guardarme de la huida.

Extrañaré a la mujer que confió en mi
y a las demás que luego lo hicieron.

Sobretodo
extrañaré amar
cuando lo hacía de verdad
y no era todo un juego
que me gustaba perder.

Brutales errores

Está la señora del edificio de enfrente,
y la chica que saca a pasear a su perro
viejo pastor ingles al parque,
todas las parejas recién casadas
en un hotel a la orilla de la playa,
y también
los que se sientan en una banca
por la noche
y se toman de las manos
y se besan en la oscuridad
del faro fundido.

En algún momento
somos deseos
ocultos
de alguien,
perversiones consumadas,
gustosos.
muy gustosos,
de perder el reino
de los cielos.

Están los que creen amar
que son la mayoría;
y los que aman,
que ya están muertos;
están los que besan a alguien de nuevo
y las que son besadas por primera vez,
y están los cuerpos desnudos
que van a ser marcados
por la tentación
y el cosquilleo
que jamás
abandonará su piel.

No somos muy distintos
unos de otros
todos vinimos aquí
a cometer esos
brutales,
hermosos errores,
que tanto nos caracterizan.

Cruzar la autopista

Debí haber comprado más vino esa noche;
había ron,
el ron no ayuda,
prefiero el whisky,
pero se había acabado.

La lluvia no había llegado
se había quedado en amenaza,
el calor era insoportable pasada la autopista.
Había mujeres desnudas en otros lados y yo estaba
escribiendo
con la noche frente a mi.

Dada la media noche Luisa estaba lejos,
toda aquella piel blanca,
sus manos perdidas,
sus dedos largos.
Ella.

No soy más que un tipo necio
que se siente cómodo en la perdición;
no me interesa encontrar otra redención
que no sea la culpa completa, sucia y compartida;
el placer encontrado en lo perdido.

Jamás ha existido para mi una frontera entre la locura y la absoluta perdición,
claro, no estoy loco,
sólo me acuesto con la locura;
y lo hago solo
la mayor parte del tiempo.

Podría resbalarme en la piel
de una mujer lejana,
o esperar a que comience a llover;
las amenazas se cumplan,
los relámpagos volteen la mirada
por el atrevimiento
mío
y de quien quiera
beber un whisky,
un ron,
un vino,
o bebernos juntos.

Quizá sólo sea necesario
cruzar la autopista
y después de esa,
otra más.

Al norte de la desesperanza

Tomo el vaso que ya casi vacío,
y lo veo,
y el aire lleva sonidos distantes.

Pienso en lo que puede pasar;
pero ahora son escombros,
y lo que puede ser está lejos
y no me sabe,
ni me piensa,
porque es perfecta,
y en sus preguntas,
no puede estar un hombre
que bebe por la noche
mientras ella
extraña un lugar al norte de la desesperanza.

Tomo el vaso
y pienso
que quizá suceda,
o no,
o nos gusta estar solos
o no tenemos otro remedio.

Una mujer rubia

Viajé con una mujer rubia y hermosa;
completamente hermosa.
Recorrimos la mitad del país, deteniéndonos en un lado y siguiendo por otro,
metiéndonos en la oscuridad;
a veces la gasolina parecía acabarse,
pero llegábamos a algún lugar
y reabastecíamos y comprábamos goma de mascar para los oídos tapados
del camino,
y bebíamos cerveza entre una caseta y otra.

Su cabello era dorado, oro brotando de la mina de sus pensamientos,
y era blanca
y hermosa.

Viajamos durante varios días
pero
nunca nos acostamos
ni nos besamos;
sólo nos conocimos
que es más de lo que he hecho con la mayoría de las mujeres
con las que he estado.

Después el viaje terminó,
y la fui a dejar al aeropuerto;
no nos queríamos
ni estábamos enamorados,
pero teníamos bosques,
caminos,
y playas en común.

Luego ella dejó de escribir.
Aún no lo hace.

Pero un día
me dijo
que me había hecho mucho daño,
supongo que creyó que estaba enamorado de ella
por todo lo que escribo
y cómo la recuerdo,
pero yo
solamente
recuerdo esos bosques,
esos caminos,
y esa playa en común.

Desastre

Mi departamento es un desastre,
con un par de buenos intentos,
y los recuerdos emborrachándose conmigo cada noche,
confundiéndose unos con otros;
sin recordar quién me dejó,
y a quién dejé.

Mi vida
tambien
es un desastre.

pero las noches ayudan a sobrevivir;
en algunas hay mujeres,
y cuando duermen
observo
para no olvidar aquella espalda,
aquella respiración,
aquella necesidad de olvidar
conmigo,
lo que sea que tengan que olvidar.

Por lo regular extraño
las cosas insignificantes,
como una palabra
o una frase sincera,
ciertamente sincera,
que me dieron sin saberlo.

Extraño más las miradas
que el sexo
o las ganas de amar.

También extraño cuando el mundo se tropieza
y espero no ser aplastado
cuando todo acaba.

Veo parejas
en la calle
y en las fotos
y parecen felices,
y dudo de su felicidad,
pero les deseo
que sigan juntos,
acabándose el amor
trago a trago.

Me gusta beber una botella de vino cada noche,
pero también está bien beberla con alguien,
aunque deseemos que se vaya,
y deseemos que se quede.

Todo lo que intentamos es un desastre,
sólo así sabemos que estamos haciendo algo,
asustados,
en Normandía,
como la primera vez que nos rompieron,
el maldito corazón,
sangrante entonces.

Sirvo un vaso de vino
tras otro;
somos el desastre encarnado,
esperando que nunca acabe,
esperando nunca olvidar aquella chica
que aún no aparece,
o nos ha ignorado.

Aquí todo es un desastre.