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Los escritos de Fernando Benavides

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Madrugadas desperdiciadas

He perdido el rumbo
de la inmortalidad
entre mis manos;
renegando lo simple
y desperdiciando
madrugadas.

He dejado de lado
los susurros del río,
y abandonado
con libertad
mi desesperación.

Soy una cobardía
cada vez más madura;
la sombra
que huye del fuego
en medio de la noche.

Ya no me protejo de la muerte,
pero tampoco duermo con ella
ni le doy de beber;

hace tiempo
sufro de vida.

hace tiempo
no tomo en serio
la locura,
ni respeto
la humillación
que llegó
con tanta delicadeza.

Soy un hombre en medio de la nada,
sin tiempo,
sin jardines,
que aún no se pierde del todo
ni se quiere encontrar.

Abandono

Quiero cosas reales
y hojas de otoño que no se rompan;
quiero encontrar tranquilidad
y un camino que no se acabe
ni me canse andar.

Quiero dejar la ansiedad
de los 38 años que cargo,
y un invierno
con brazos que no estén rotos.

Un pensamiento claro
y el sonido de la lluvia
que no se detenga más.

Quiero
ojos grandes y cafés,
sonrisas en casa
por siempre.

Quiero el tiempo detenido,
muerto a mis pies,
sin despertar a las 3 de la mañana
buscando el silencio.

Quiero andar
con mi mujer
hasta la orilla
del abandono
tranquilamente.

Golpes en mi cabeza

Escucho golpes en mi cabeza;
me despiertan,
me atemorizan,
me hacen dudar que afuera hay paz
o me recuerdan que no la hay.

Son fuertes estruendos que llegan y no se van;
cada noche;
con ello me levanto
y comienzo a buscar qué ocurrió
por la ventana
y en las calles,
en las peleas.

A veces no hay nada.

Escucho golpes en mi cabeza
y espantan el sueño,
el único,
que es estar en tranquilidad.

Nunca ocurre.

Los escucho al dormir,
cuando estoy lejos de todo
y no quiero regresar.

Escucho golpes en mi cabeza
y tengo temor
de que no se vayan
y suenen más fuerte la próxima vez.

A lo mejor siempre han sido puertas.

El barco suicida que era su cuerpo

Tuve que saltar del barco suicida que era su cuerpo,
porque la vida me iba en ello,
porque el frío era tan intenso como el calor,
porque era tan peligroso como adictivo
y era hermoso
y doloroso.

Todo en ella eran huracanes y
la espera de un nuevo desastre;
un temblor que termina con todo
y te deja un poco vivo
para continuar de nuevo.

Tuve que deshacerme de todo lo que era,
que era poco
pero era lo que tenía
y aun así
no hubo momento alguno
que tuviera piedad
o consideración.

Tuve que alejarme para poder escribir esto,
para poder escribir un poco
y poder continuar.

Por supuesto que todo eso es una lástima,
una muestra de crueldad,
de poca humanidad,
de cierto afán de destruir
sin voltear atrás.

Ahora que lo recuerdo
y recuerdo el fuego entre los dos,
íntimo,
el que no se puede controlar con el pensamiento,
ni con las ganas de libertad;
ahora que recuerdo cascadas espontáneas,
incontrolables y contínuas,
y las luces de los automóviles en el bosque,
y lagos callados en la oscuridad;
ahora que recuerdo todo eso
me doy cuenta
que la vida es un eterno
morir
y no arrepentirse,
y morir de nuevo.

Tuve que saltar del barco suicida que era su cuerpo.

100

Es increíble
cuánta soledad
te pueden dejar
unos meses
de pasarla bien.

Por cada desamor
me encuentro con 100 mujeres
hasta que vuelva a intentar
y vuelva a fallar;

tengo desamores suficientes
para 100 vidas mas.

Los buenos tiempos / Los grandes tiempos

Estoy seguro que estamos destinados a cosas grandes,
al menos algunos de nosotros,
dos de nosotros,
al menos
yo.

Esas cosas grandes que nos harán perder el día en que vivimos,
y hayamos bebido el whisky
sin que sepa a gran cosa,
siendo gran cosa.

Estaremos leyendo poemas,
o escribiendo inmortalidad
e inmortalidad de nuevo,
en algún lugar,
lejos
de este lugar,

Estaremos donde debemos estar:
en la cima de la montaña,
al pié del infierno,
solos
como sólo se puede llegar
al último segundo del sueño.

Pero en ese lugar,
de gran ventanal
recordaremos la cena
en la esquina del parque
comiendo pizza delgada
y bebiendo vino en jarra,
mientras hablábamos de aquel sitio
visto entre neblina,
al que nos aferraremos
hasta encontrarlo
entre tanto whisky,
entre tanta música,
entre tantas mujeres.

Así que recordaremos esta noche de lluvia
y aire caliente;
recordaremos el tren que nos lleva
a un lugar y de regreso,
y la ausencia de dolor reciente,
recordaremos estando en los grandes tiempos,
estos buenos tiempos;
ya verás que lo recordaremos,
sin saber que ahora los estamos viviendo,
pero sabremos que esos buenos tiempos habrán pasado,
cuando lleguen los grandes,
los buscados,
los tiempos para los que nacimos,
y habrá silencios en ambos tiempos,
unos desesperados por encontrar,
otros por recordar;
y es que estamos en la sala de espera,
de ese lugar perdido,
que tanto queremos encontrar.

Habrá mujeres de más,
bebida de más,
y reconocimiento,
y
entonces,
sabremos,
que hacía poco tiempo,
estábamos donde necesitábamos estar,
y de estas noches sacaremos letras eternas,
que nos recordarán
que tener nada
es vivirlo todo.

Ahora estamos en los buenos tiempos,
pero no lo sabemos,
hasta estar en los grandes,
llenos de soledad,
que es lo único constante,
ahora
y después.

Peligrosamente a la orilla

Aún no he caído del todo,
pero lo vengo haciendo constantemente desde hace tiempo,
acostumbrándome a hacerlo
sin mayor prisa que la misma caída.

Las personas se agigantan alrededor
y encuentran el día,
y es como si en verdad perteneciera aquí,
que es pertenecer a ningún lugar.

Algún día extrañaré esto,
y extrañaré la madrugada en la que no levanté,
y me arrepentiré de no escribir lo que tanto deseaba.

A mi lado están los rosarios de Rosario
y la vida cálida de la felicidad
que parece no hallarse en mi,
y se acomoda arrojándose
más allá de los bares y la luz neón.

Me empiezo a preguntar
por qué sueño con dejar todo,
mientras los demás
parecen encontrar.

No sé a dónde pertenezco
ni sé qué huracán me habrá de matar,
ya son pocos los caminos
y parezco seguro al caer,
lo hago de nuevo
sin mucho remordimiento.

Allá me esperan
y habré de planear mi fuga
una y otra vez,
como sí el amor quemara;
pero acaso no lo hace?
y si no,
no es más que la vaga idea de lo que debe ser.

Por eso habrá de ser amado
el que se va,
el que no encuentra final junto a alguien,
ni lo espera encontrar.

Estamos acabados,
y somos más de los que pensamos,
nos descara el rostro,
no hay suficiente belleza,
sólo queda la desesperación,
que comienza por acercarse
y duerme tranquila
junto a nosotros.

Caen

Los hombres caen
de los altos edificios donde trabajan,
las mujeres caen
el día después de su boda;
todos en la noche caemos,
nos estrellamos acabados,
con un vago recuerdo de lo que fue el día,
hace unas horas,
hace poco tiempo.

Vamos al cine,
y nos apiadamos de nosotros mismos,
creemos ser lo que vemos,
pero tenemos tan pocos momentos que nos pertenecen,
tan pocos,
tan contados,
tan sedientos.

Las horas caen,
una a cada lado de la cama;
caen los sonidos,
hasta dejar desamparado al camión,
al avión,
al perro desesperado,
a la pareja peleando,
a las ratas despertando,
al ruido de la pluma,
y las teclas andar.

Recuerdas a todos en la reunión de anoche,
las risas que eran hermosas,
las sonrisas que insinuaban,
mientras tocábamos la oscuridad,
como si la conociéramos,
como si pudiéramos decidir.

Y ahora aquí estamos,
mientras las muelas del tren
hacen ruidos espantosos,
mientras los hombres
y las mujeres,
caen alrededor nuestro.
Y nos orillamos
los enterramos,
dándoles un decente funeral.

4 años después

Volví a ver a Isabel 4 años después, seguía con ese rostro de muñeca inocente y el pelo caía más allá de su espalda. Había pasado bastante tiempo.

La vi y la abracé, sentí su cintura y recordé el aroma cercano a su cuello, era como si apenas hubieran pasado un par de semanas y nunca la hubiera abandonado. Quedamos en vernos para platicar; ella sonreía, aunque no tanto como antes. Hacía poco más de un año había fallecido su padre y su hermano murió poco después. Isabel, cómo dije, no sonreía tanto.

Platicamos y tomamos cerveza, el bar estaba vacío así que no tardaban mucho en traer la bebida, una y otra más; también reímos; me gustaba cuando Isabel reía, y yo la hacía reír. Yo aún seguía siendo una especie de monstruo, ahora incluso menos sensible, aunque también entendía mejor el dolor; quizá es lo que pasa con la edad.

A veces volteaba a ver el rostro de Isabel con el cristal del tarro de por medio y podía reconocer aquella simpleza de nuevo, aquellos ojos que gustaban de creer, hace muchos años.

Esa fue una buena salida, como escapando de nuestros pesares. Ella me hacía el favor de no recordar mucho lo hijo de puta que soy y yo me mantenía pensando en todo lo que había pasado desde entonces, todos los lugares en los que me había metido y las mujeres que me habían destrozado, porque ese pensamiento seguía intacto: el entregarse a las mujeres hasta que te destrocen, aunque no lo quieras, aunque sólo lo desees.

Me hubiera gustado vivir ese encuentro por más días, también me hubiera gustado no abandonar a Isabel tiempo atrás, pero qué se le va a hacer, si sólo se recuerda el abandonar y ser abandonado.

Cuando nos despedimos sentí que algo se había arreglado, aunque no había podido traer de regreso a los muertos y eso me pesaba; tampoco pude rescatar el tiempo perdido. Había pasado mucho tiempo.

Al terminar me dijo que le había dado gusto verme, que ahora sabía que ella no era la única que había sufrido pérdidas, que el mundo estaba siendo castigado de forma pareja; hasta entonces me di cuenta que ella estaba buscando su sonrisa, y que yo estaba acabado.