Blog

Los escritos de Fernando Benavides

Categoría: viajes

A tiempo

Estuvimos a tiempo en el paraíso,
después,
el mar se lo fue comiendo poco a poco.

Vivimos el tiempo a tiempo,
después,
la edad llegó.

Nos dejamos de hablar a tiempo,
después,
nos recordamos como lo que pudo pasar
y no pasó.

Porque ahora veo hacia atrás
y los caminos se revuelven
para regresar a casa,
a aquella ciudad,
a aquellas ilusiones,
y pienso en que una vez
decidimos acabar a tiempo
para poder recordar después.

El brazo de Elena

Elena había llegado de Alemania en un vuelo retrasado 3 horas; traía el corazón pisoteado en una de sus 4 partes. La recogí en el aeropuerto; esa noche fuimos por whisky y cerveza.

Al día siguiente subimos a mi automóvil y comenzamos a descender por el país; terminaríamos caminando por una vereda de arena blanca hacía el mar con la peor resaca de nuestras vidas, pero eso ocurriría varios días después.

Teníamos preparada una carga de música que escucharíamos durante aquel viaje que duró más de un mes. El primer lugar donde nos detuvimos tenía una gran plaza central, había conducido unas 5 horas y teníamos que comer algo. Hacía frío. Era un lugar tranquilo, pedimos un desayuno sencillo y yo comenzaba a extraviarme en aquellos ojos verdes en los que no habría forma de entrar, claro, eso también lo sabría al final, después de dormir con ella y escribir sobre su espalda palabras calladas, poner arena sobre sus hombros y encontrar locura en su resistencia; pero en aquél momento todo tenía sentido y esperanza, su rostro de asombro europeo y las ganas de olvidar el amor eran una combinación animal escondida tras su cabello rubio.

Comimos y fuimos a ver algunos alrededores. Yo recuerdo el viento entre mis brazos y la garganta seca de alcohol, recuerdo a Elena tomarme del brazo mientras caminábamos. Al regresar al automóvil se lo había llevado la grúa; el viaje había empezado bien, porque todo lo que se sale de control, lo que no esperas, es lo que vale la pena.

Así que estaba ante un viaje, con una hermosa mujer y ríos de alcohol y aventuras. Juntos terminamos en el culo del país y metimos el automóvil hasta la sala de mi casa destrozando las ventanas. Todo ello era tan bueno que asustaba, tanto, que ella terminó por irse pronto de aquí y jamás regresó. Supongo que se olvidó de su corazón roto y se fue con el pulso acelerado. Yo era un tipo sin miedo al abismo, y ella… ella sólo quería retar al sol.

Screen Shot 2015-12-12 at 12.37.37 PM

El ruido del carrito en el avión

En el avión habían voceado el nombre de Susana,
por supuesto ella no estaba,
y no llegaría;
no habría escena memorable
o un intento de su parte.
Nunca tuve oportunidad,
pero lo intenté.

A veces lo extraordinario no es suficiente
cuando no encuentran la poca magia
que un borracho es capaz de hacer
con lo que resta de su alma
cansada
acabada
y enferma.

Estaba en las alturas,
podía hablar con dios
y dios
podía escuchar mis susurros
y el ruido del carrito
que llevaba las bebidas de la aeromoza
cansada de volar.

Decenas de ventanas pequeñas en
el pasillo del avión
eran un guiño repetido al mar.

Cargaba una libreta
y una pluma
o dos
y todos los fracasos de 36 años.

Yo sólo era un hombre
que acababa de descubrir su realidad,
sin otro remedio
mas que continuar.

A 10 mil pies de altura

Viajaba a algún lado,
solo,
el asiento a mi lado estaba vacío;
en algún momento
rumbo al aeropuerto
pensé que la iba a encontrar en la sala de espera.
No sucedió.

Se supone que los viajes deben ser algo feliz,
pero yo tenía el culo a 10 mil pies de altura
sin alguien que disfrutara la cerveza que ofrecía la azafata
y terminé bebiendo sin compañía.

Aquello era un viaje a la incertidumbre
ni siquiera sabía a qué hotel llegaría;
sólo quería beber un poco
y encontrar sentido a la vida
si es que lo tiene
o si es que se puede encontrar.

Así que ahí estaba;
había perdido
como nunca antes,
pero quizá era justo
después de tanta indiferencia.

A 10 mil pies de altura
la cerveza sabe diferente,
y yo sólo esperaba palpar
aún fresca
la sangre de Hemingway en
su escritorio
y beber su jugo de naranja.

Extrañaré

Algún día extrañaré estas noches,
así como extraño
los largos viajes de un día,
buscando las madrugadas
mientras la lluvia se colaba por las ventanas del autobús,
y esperaba a que llegara la mañana,
y el sol,
y poder dormir un poco.

Algún día extrañaré
este lugar,
como extraño
aquella diminuta habitación
donde escribí una novela
en una semana de encierro
alimentado de cerveza
y conservas de lata.

El calor,
el debil ventilador,
el viento forcejeando entre las ramas,
los insectos,
y la mujer que me enamoró
y no me gustó.

Extrañaré
el coral que aventaron las olas,
y aquella ruptura a la orilla del mar.

Extrañaré
mi culo montado en un avión
esperando que todo sucediera
cuando nunca sucedió.

Extrañaré
como extraño a la chica inocente que nunca me besó,
o las despedidas en la estación de autobús;
la vez que caminé
delante de un enorme y brutal barco hundido,
y el primer cuarto de hotel de mala muerte
donde me quedé
y era un palacete
para guardarme de la huida.

Extrañaré a la mujer que confió en mi
y a las demás que luego lo hicieron.

Sobretodo
extrañaré amar
cuando lo hacía de verdad
y no era todo un juego
que me gustaba perder.

Mis chicas

Díganle a mis chicas que nos iremos pronto

que tomaremos nuestras cosas y nos largaremos de este mundo pisando cada pilar que resta

díganle a mis chicas que estén listas

que Nala use el chaleco rojo y Gretel vista la pequeña playera blanca

Díganle a Lissette que pasaremos por ella y nos largaremos a Hamburgo

que nos llevaremos a Jannis y dejaremos la tierra seca de aquí,

digan a los que nos recuerdan que nos olviden,

digan a todos que no somos nadie
y es suficiente.

que guarden unos boletos de tren y una pistola .44
porque no vamos a voler
y vamos a volar en el camino.

Díganle a los que se quedan que deben irse

Díganle a mis chicas que pasaré por ellas al atardecer,
no hay más que hacer
mas que tomar el largo camino del resto de nuestras vidas.

Tendremos una tumba decente
de personas bien vividas,
y 3 metros bajo tierra,
seguiremos andando el camino.

Por el camino

Estábamos en el automóvil, era un automóvil viejo, lleno de polvo;
íbamos sobre un camino terroso,
nos deteníamos de vez en cuando para cargar gasolina y beber una cerveza,
era entonces cuando las corcholatas estaban en el piso;
recuerdo las corcholatas.

Sin muchas palabras,
no hablar era parte de la conversación,
Jessica estaba a mi lado.
Yo era un monstruo y Jessica tenía esos enormes ojos de tristeza,
luego su sonrisa asomaba al mismo tiempo,
era toda ella una contradicción,
por eso estábamos juntos
y por eso no me dejaba.

El sol daba,
daba en el camino,
el sudor en ese momento era necesario y la sombra era apenas,
revisábamos la gasolina cada tanto, creíamos poder llegar a cualquier lado,
sabíamos que nada estaba escrito.

Más adelante el camino era franco desierto.
Me detuve en medio de la carretera: no había nada.
Le pedí a Jessica que tocara el violín, siempre cargaba con su Cremona,
copia de un Stradivarius 1872;
se sentó en el capo y comenzó a tocar,
yo también me senté recargándome en la llanta y comencé a escribir.

Jacinta.

Jacinta es una señora que el tiempo, de tanto pasar por ella, la  ha hecho chiquita.
El trabajo le pisa la sombra apurando su necesidad, se nota reacia a sucumbir.

Jacinta se levanta por las mañanas y viste en verde delantal a cuadros y blancos motivos que pelean con el moreno de sus manos.
Todos los días cruza largo trayecto de su casa a la plaza, camina trabajosa, ladeada por el peso de una bolsa llena de dulces que con algo de suerte encontraran alquimia de su peso por monedas y billetes.

Jacinta recorre los puntos de una plaza que tiene por ombligo una fuente agotada.
Jacinta va, camina respira,
no se queja pues ignora la palabra riqueza,
en algún punto del día, cuando el cansancio la obliga a la pausa, se sienta en la banca y observa.

Observa a los niños correr por el pasto y ríe siguiendo a lo lejos su trayecto, es la hora en la que se alimenta Jacinta.
Después esfuerza de nuevo su columna para levantar y ofrecer pistaches para el antojo.

Cuando veo a Jacinta el dinero se me hace poco para su mercancía,
la miro despacio y me rió cuando ríe,
la observo cuando observa,
la espalda me duele cuando se levanta.

Jacinta no sabe que la observo y la vivo,
ella sigue y sonríe todos los días y yo me doy cuenta que el gobierno,
por más que empeñe el esfuerzo,
no puede robar toda la riqueza de su pueblo.

Caminar

Caminó mucho, caminó por todos los estados y en todos los estados, camino mucho y en cada paso le dolía el alma, le dolía mucho, porque cada paso era una nueva herida que se abría para recordarle o mostrarle o mostrarle y luego recordarle lo frágiles que eran sus pasos y los que habían sido antes de los suyos.

Le dolía en el fondo del recoveco donde se alberga el alma, le dolía el aroma de su propio corazón, por eso a veces caminaba con los ojos cerrados hasta que tropezaba con la realidad, por eso a veces se quedaba sentando, cambiando el paisaje con los recuerdos, por eso el mar se volvió bosque y los arboles se tornaron edificios, porque sólo quería seguir caminando para terminar de hacerlo.

Lo llevaba como un castigo, una clase de penitencia que le pesaba en los ojos y le dolía en las manos, en los dedos, en los pies. De vez en cuando sonreía cuando descansaba las imágenes y escuchaba al viendo seducir a los arboles, conquistar sus hojas, tocar sus ramas, penetrar en sus raíces y hacerlo moverse de esa forma en la que sólo el viento puede mover a los arboles. Eso le gustaba, escuchar y sentir, imaginar como poco a poco el mundo se desnudaba para enamorarse con sus sombras, con sus movimientos, con sus contrarios tarareando las notas de un piano viejo y cansado. Entonces volvía a caminar, volvía a cruzar las fronteras del hombre, las fronteras de lo real y lo enterrado, volvía a recordar cuando no tenia ninguna carga, cuando no estaba huyendo, cuando corría con un esbozo de sonrisa plena que le hacia regresar siempre al mismo lugar y sentarse con la ritual postura de aquel que desea desear mas, de cuando el mundo aun no tenia suficientes palabras para describir su felicidad y que después fue muy tarde, cuando alguien podría describir lo que sentía ya no lo sentía.

Eso fue hace mucho tiempo, cuando aun era nadie, ahora ya no, ahora ya solo recuerda pero ya no siente, ya solo camina como hoy que lo hizo mucho, como ayer, como lo hará después, hoy caminó mucho, aun le duelen los huesos del alma, aun no sabe cuando dejaran de dolerle tanto sus pasos, aun no le llega alguna carta que le diga cuando va a morir y por fin dejar de caminar.

No se puede negar.

No lo voy a negar, extraño su presencia.
No voy a negar que diario pienso en ella,
ni voy a negar que cada noche me duermo con su recuerdo.

No voy a negar que ya no me levanto cómo en otro mundo cuando ella era la que estaba en ese otro mundo.
No voy a negar que no extraño despertarme pensando en lo que habíamos programado para ese día.

Seria absurdo decir que no me canso de verla en mi memoria, tan absurdo como decir que no extraño dormir a su lado, en cualquier lado, en cualquier momento, conscientes de dormir, tan solo dormir juntos o asaltar su sueño inesperado.

Extraño lo que ella es, su extraordinaria forma de darle la forma correcta a las cosas cada vez más absurdas.
Extraño su disciplina relajada solo para mi.

Y claro, como no voy a extrañar esos ojos verdes que me miraron por horas porque debían hacerlo, extraño esa sonrisa que ya he empezado a olvidar con el paso de los días sin ella.
Los días que están condenados a ser el resto de esta historia.

No voy a negar que la extraño.
No voy a negar que pienso en ella y las horas tan lejanas que separan un continente del otro.
No voy a olvidar como ella ve con nuevos ojos al viejo mundo y como yo veo con viejos sentimientos el nuevo territorio.

Extraño tanto su humor como sus regaños, sus manos que nunca hicieron más que ser perfectas.
Extraño verla dormir… como extraño en verdad verla dormir.
Extraño su eterna curiosidad y su asombrosa capacidad de conclusión,
su adelantada virtud oculta de asombrarme.

Extraño que podía discutir con ella y sólo ganaba la razón.
Extraño que me veía cómo si yo fuera el viajero.
Extraño el acento alemán en su castellano predilecto.
Extraño tanto su compañía que ahora tengo que escribir para que no se quede en el olvido.

Por eso aviento estas letras, porque no quiero que mis horas de felicidad las tenga ahora el olvido, porque él no las merece, ni ella se merece estar en ese lugar para el que no compró boleto.

Por eso escribo sobre Elena, para dejarla al menos aquí segura mientras vuelve, mientras se cansa de pensar, mientras espero en medio del rezo de una ciudad religiosa que todos escuchen que yo sinceramente, no niego que la extraño de verdad.