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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: ciudad perdida

Mis chicas

Díganle a mis chicas que nos iremos pronto

que tomaremos nuestras cosas y nos largaremos de este mundo pisando cada pilar que resta

díganle a mis chicas que estén listas

que Nala use el chaleco rojo y Gretel vista la pequeña playera blanca

Díganle a Lissette que pasaremos por ella y nos largaremos a Hamburgo

que nos llevaremos a Jannis y dejaremos la tierra seca de aquí,

digan a los que nos recuerdan que nos olviden,

digan a todos que no somos nadie
y es suficiente.

que guarden unos boletos de tren y una pistola .44
porque no vamos a voler
y vamos a volar en el camino.

Díganle a los que se quedan que deben irse

Díganle a mis chicas que pasaré por ellas al atardecer,
no hay más que hacer
mas que tomar el largo camino del resto de nuestras vidas.

Tendremos una tumba decente
de personas bien vividas,
y 3 metros bajo tierra,
seguiremos andando el camino.

Bares de categoría

Cuando voy a un bar,
un bar de cierta categoría,
de esos en los que la música no dice nada
y las bebidas son malas
y caras,
no me fijo en los asistentes
(a los que quizá envidie)
sino en la gente
que no pertenece
e intentan sacar algo de ahí;
como el señor que vende figuras de peluche,
o rosas,
el que ofrece discos,
y sin tomar una copa
está más perdido que los bebidos,
y quiere salir de ahí.

Las mujeres por lo general son hermosas,
muy hermosas,
y visten buena ropa,
el cabello llega hasta sus hombros
como si hubieran nacido así de bellas;
se acercan el vaso a los labios,
y mojan la orilla
mientras sus acompañantes
aparentan platicar
cosas interesantes.

Lo mismo me pasa con las construcciones
de los negocios que no funcionan,
y llegan otros a tirar las paredes
con mazos y picos
para poner otras paredes;
me llega un pesar
al ver que lo que estaba
no funcionó,
no me gusta ver
cómo las ideas aquellas
se caen,
destruidas por los mazos;
siento nostalgia por el derrumbe
de esos vidrios
y paredes
cuando los veo cambiar.

Luego sigo caminando
sabiendo que no tendré
a las mujeres
de los bares de categoría,
con sus lindos lentes
y pantalones ajustados,
usando dulce perfume
y ropa interior costosa.

Sigo caminando,
esperando ver
alguna construcción
que no haya caído
y me devuelva la poca fe
en las personas,
y que el mundo no se vuelva un bar de categoría
al que no pueda entrar.

La ciudad perdida

Estoy en una ciudad perdida, donde todo está en mi contra, donde nada tiene sentido, donde no hay horario ni comida, donde no están sus brazos, ni su voz hermosa, tampoco su complicidad ni las ganas de viajar, tampoco es lo mismo escuchar a Radiohead.

No tengo un futuro con ella, tan mía antes, tan lejos ahora, tan alejado el tiempo, los recuerdos, los sentires todos a su lado.

Estoy lejos, lejos de su incertidumbre, de sus quejas que encajaban con las mías, de su cocina cada vez más certera y las palabras que nos guardamos y con las miradas con las que tan bien nos entendíamos, en silencio.

Ahora todo está lejano y todo es confuso, todo se presta a una interpretación que nos aleja cada vez más y nos deja a uno en la luna y al otro en el olvido. Cada vez estamos más distantes de los vinilos, el vino, el whisky y el café, de las noches estrelladas y los abrazos cálidos como cielos. Ya no tengo oídos que escuchen lo que escribo en mi voz, ni esos ojos negros como abismos en los que me perdí cada mañana, ya no agradecemos a dios por las mañanas ni dios nos escuchó, no tengo sus ganas eternas de acompañarme ni a su entrañable familia, estoy desarmado, silencioso caminando a dónde no me vea. La pena me embarga.

Ya no habrá más sueños en el automóvil, no hay más planes desesperados por salvar la embarcación que al final se hundió, ya no hay melancolía, sólo hay muerte en todos lados, muertos a mi alrededor.

Ya no tengo esa confianza, no hay aguas claras ni reproches, no hay caminos en el bosque, ni caprichos cumplidos, ya no andaremos en dos ruedas ni buscaremos un hogar dónde vivir cuando llegue el fin de año, ya estamos orillados al destino.

Estoy en una ciudad perdida, lejana a donde vivía y donde nadie más vivirá, esas construcciones que entre las noches planeamos y nunca habitamos, en esa ciudad perdida donde hay recuerdos buenos y tormentas garrafales. Ya no hay saltos juntos ni vuelos en la noche, uno sobre el otro, recibiendo la brisa imaginada de la ciudad perdida.

Yo lo siento de verdad, porque todo parece indicar cosas que no son, y sólo ella y yo tenemos la historia secreta que empezamos a olvidar.

A veces me escapo, entro a los limites de nuestra ciudad, creo que siempre haré eso, entrar de vez en cuando ahí, escurrirme a los montes desde donde se ve lo que construimos, a la distancia; aquí vendré y estaré sentado, pensando, viendo y asombrándome lo cerca que estuvimos de terminar de construir, de evitar que fuera una ciudad perdida, una civilización abandonada.

En la tarde se ve mejor nuestra ciudad, porque los rayos del sol rojos se cuelan entre las paredes, y se ve grande, como lo que queríamos, como lo que hicimos, sólo que ahora es una ciudad perdida y yo estoy a la distancia, cuidando que las ruinas no se derrumben, ni se olviden los intentos desgarrados de nuestra hermosa vida.

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