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Los escritos de Fernando Benavides

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Una mañana de lluvia discreta

Llovía.
Afuera la gente escapaba de apenas unas gotas y, los que estábamos adentro, queríamos sentirlas.

Hacía tiempo no andaba por el aire el sentimiento de grandeza,
todo había sido un camino que parecía llevar a ninguna parte,
y eso había encontrado una pausa,
al menos por ahora.

Yo estaba demasiado acostumbrado a la soledad,
lo cual era bueno,
pero me permitía ciertos momentos de duda,
de cierta reivindicación con la vida
y las madrugadas.
Éste era uno de ellos.

Me parecía que el cabello de todas las mujeres del mundo estaba mojado,
y el agua escurría a su punta,
dejando caer una gota hasta sus senos
para luego dejarlos en paz.

Todo tenía el tamaño perfecto,
los volcanes estaban en erupción en algún lado
y los cráteres invitaban a un suicidio amoroso,
salvaje y real.

En ese momento estaba en mi lugar
esperando a que algo pasara,
o nada,
y estaba bien;
por algunos momentos la calma llega
y te engulle,
y no sabes qué hacer con ella
así que te mantienes quieto,
aguardando el día en que a la mitad del camino
llegue una buena mujer para desnudarla,
y todo vuelva al caos de nuevo,
como si la vida no fuera perfecta,
por una mañana de lluvia discreta.

Momentos

Era invierno,
y el año acababa de comenzar;
habían sido días difíciles
o días de cambio,
que suele ser lo mismo.

Yo vivía en un pequeño departamento,
pero era suficiente
para poder estar
y escribir.
Un hombre necesita ambas cosas.

Había conocido otras personas
cuando salía,
con las manos en los bolsillos
al parque,
y todos sacábamos a los perros
y estábamos algunos minutos allí,
mientras los animales corrían
con la poca sangre salvaje que les quedaba.

Un día pensamos
que sería buena idea ir a otro lugar,
más grande,
y llevar algo de comida,
vino y cerveza.

Y fuimos y estuvimos,
y todos parecían sentirse bien;
nos sentamos en el pasto,
y platicamos
mientras veíamos cómo
los animales corrían de nuevo;
alejándose de la desesperación.

Todos reíamos
y platicábamos
de escritores,
de músicos,
pero todo
al nivel del mar
cuando no ambiciona comerse la tierra
ni seca la sal.

Y estuvimos allí,
bebiendo vino
y cerveza;
el sol fue recorriendo cada parte del lugar,
como si tocara cada pasto
y lo llenara
de un cálido oro.

Cuando nos dimos cuenta
habían pasado muchas horas
y nadie se quería ir,
porque todo estaba bien.

Habíamos encontrado un lugar
y un tiempo
lejos de todo,
que recordaríamos
como el momento en que nada importaba,
y nos permitimos pensar
en la posibilidad
de correr desbocados
como aquellos perros,
y tranquilos
si es que eso queríamos;
y nos quedamos callados
contemplando todo aquello
mientras nuestras manos
tocaban el pasto.

No me dejes por favor

Estaba saliendo de casa
buscando algún lugar para comer,
parecía que el cielo
se iba a romper
y llovería de nuevo.

Entonces vi a esa pareja.
Él estaba tirado, a los pies
de ella
y le decía una y otra vez
No me dejes por favor,
sólo decía eso;
ella,
por su parte,
parecía no angustiarse,
y tampoco parecía ceder,
en lo que él,
en el suelo,
repetía:
No me dejes por favor,
pospuesto, lloraba.

Cuando pasé a su lado ella dijo:
Ya me has lastimado suficiente,
o mucho,
no recuerdo la palabra exacta,
y lo decía sin sentimiento alguno,
incluso
sin rencor;
parecía repetir una línea inamovible
de un guión bien estudiado.

Intenté recordar,
si alguna vez,
había caído a los pies de alguien así,
no encontré algo parecido;
pero no sé,
todos tenemos dramas suspendidos.

Dí vuelta en la esquina
y seguí escuchando
al tipo decir
No me dejes por favor.
Cuando le dices a alguien
que no te deje,
ya no hay nada qué hacer.

Continué caminando;
tenía antojo de pizza
y en cualquier momento,
comenzaría a llover.

El maratón

Cierran la ciudad,
para que 20 mil personas puedan correr,
y se sientan bien;
mientras 15 millones,
no pueden cruzar las calles,
y se sienten peor.

No necesitaban eso,
retrasar la poca felicidad,
en sus vidas tristes,
difíciles y miserables.

El gobierno dice que está bien,
y corren 20 mil personas,
quizá 4 mil abandonen la carrera.

Va un tipo con una bandera,
dice correr por la paz,
pero no se disparará una bala menos
por su causa;
eso es seguro.

Detienen la ciudad,
15 millones no podrán llegar
a donde querían,
preferirán quedarse en sus casas.

La autoridad cree que está bien,
joder a 15 millones,
por 20 mil personas sanas,
pervertidas,
muchas no han pagado la pensión de sus hijos,
o golpearon a su esposa la semana anterior.

Correr el maratón,
es la forma más hipócrita,
de la dictadura.

Lunes

Lunes,
maldito lunes,
el hijo bastardo del domingo,
maldito domingo.

Tendría que ir a trabajar,
había que pagar la renta y comprar un par de botellas de vino,
además, había terminado de leer un libro del que esperaba más,
estaba deprimido,
últimamente espero más de los libros de lo que entregan,
como las mujeres de mi,
que esperan
y no encuentran.

Afuera sonaban las sirenas,
a esa hora la gente ya se estaba matando;
teníamos un gobierno deficiente,
como todos los demás,
y la gente como yo se contentaba con una botella de vino que no estuviera avinagrado,
o casi.

Aún tenía una botella abierta en la cabecera,
el vino era malo,
pero era el único que había,
y un poco de cerveza.

Así que ahí estaba,
en la cama,
la noche invadiendo cada esquina.
La noche es un ejercito invasor,
despiadado,
preciso.

Mi perra Gretel estaba a mi lado
despertaba y volvía a dormir,
sin importarle la renta,
ni los intentos.

Era lunes,
y estaba terminando;
a las 11:30 había música clásica sonando,
y no estaba mal.

Los primeros ruidos del día

Me dan miedo los primeros ruidos que emergen de la nada anunciando el día,
cuando en la noche todo se está quieto y los sonidos son distintos,
las corrientes de aire se hacen heladas, trabajosas no doblan en las esquinas,
luego hay pocas personas despiertas y muchas perdidas.

Cuando en la noche no se escucha mas que nada,
y las bisagras son reinas, y el silencio rey.
El tiempo no atosiga, no muerde,
pasa todo a ritmo pausado, sin tanta gente.

Pero de pronto empiezan a salir ruidos, avanzada la noche,
cuando han pasado horas y horas de tranquilidad,
es cuando empiezan los primeros ruidos del día,
toda la paz se colapsa, se truena en instantes claros,
con ruidos cotidianos,
malditos y cotidianos.

Lo primero es el primer motor de un camión que ha comenzado su día en la madrugada,
rompen los escapes y acelera su marcha, se escucha a la distancia; tras de él lo siguen de cerca uno y luego cien automóviles más.
La noche se ha roto ya.

Entonces algunos otros sonidos se despiertan después de ese, comienzan a jalar de las cobijas a las nubes, y al otro lado de las montañas el sol ya viene, catastrófico, retumbante de calor.

Uno aún tiene la piel abierta por la ausencia de calidez,
y sigue tranquilo hasta escuchar esos ruidos.
Se empiezan a quebrar los cielos, atruena un avión,
la motocicleta pasa frente a tu casa, el pobre desdichado que la conduce va al matadero,
y el pájaro del Apocalipsis anunciando que el día empieza a morir desde el amanecer.

Entonces todos se dejan caer, los ruidos,
como si hubieran estado tras la colina y alguno de ellos fuera el clarín que anuncia la guerra,
se abalanzan uno sobre otro hasta escuchar a la señora caminar con el hijo rumbo a la escuela, lo regaña y lo apura, y el niño responde con sus cortos pasos, acaso apresurándolos un poco más; tras de ella otros y otros más, no dejan de sonar, uno tras otro, carro tras auto, desgracia por desgracia, hasta que el señor grita «Basura», toca las puertas y el día, -desgracia- empezó ya.

Ahora habrá que salir con todos, con los que más tarde se despiertan y se amontonan uno, y otro tras otro.

Platican, ríen, gritan, se mueven y hieren, van a hacer toda clase de ruidos con sus cuerpos, pesados y torpes. No son delicados como las sábanas, ni la piel está en armonía como la de los amantes al hacerse el amor.

Todo el barullo,
la bolsa llena de pequeños caos,
la guerra en Siria, la pobreza en Oaxaca,
todo lo que hay de malo en el mundo viene acompañado de sus primeros ruidos,
y los primeros ruidos, los más horripilantes, comienzan con el día.

6: 45

La tierra está fría, pero no mojada,
el aire viene con las voces,
ininteligibles,
todo parece tener vergüenza.

Las cortinas respiran, y se mueven,
fuera los neumáticos cantan,
no hay hombres convencidos de vivir,
se entregan.

Esperan nos los pasos,
hará frío,
sin conocernos estaremos,
al otro lado de la pared.

Personas

Las personas conocen personas, o se ayudan a hacerlo, cumpliendo así el requisito básico de la sociedad.

Se conocen, se hablan y se tratan, se tratan de comprender, aunque pocas veces lo logran, quizá nunca lo hagan.

Se pelean, se arrojan bombas, se destruyen y se aman, todo en el interior de una casa.

Las personas conocen personas y mueren, si no acompañados, sí juntos; y vuelven a conocerse otras personas, en el entierro o en el hospital, en la sala de parto o en la defunción.

-Lo siento a muerto.
-No lo vas a creer, lo conocí en el velorio.

Y se mantienen juntos, los muertos con los muertos, los vivos con los vivos, los vivos con los muertos. Escapando y rehuyendo a estar solos, porque solos no nos recordamos; una pena.

Aunque, de pronto, hemos quienes observamos, y vemos personas conocerse y tener hijos, juntarlos con otros hijos y hacer fiestas de tres años, otros más se conocen en la escuela. Pero la mayoría no conocerá al resto, se conformará con las personas que conoce y creerá que son suficientes, y todos así conoceremos y observaremos que, más que amar y odiar, venimos a este mundo a conocer.

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