Una mujer rubia

Viajé con una mujer rubia y hermosa;
completamente hermosa.
Recorrimos la mitad del país, deteniéndonos en un lado y siguiendo por otro,
metiéndonos en la oscuridad;
a veces la gasolina parecía acabarse,
pero llegábamos a algún lugar
y reabastecíamos y comprábamos goma de mascar para los oídos tapados
del camino,
y bebíamos cerveza entre una caseta y otra.

Su cabello era dorado, oro brotando de la mina de sus pensamientos,
y era blanca
y hermosa.

Viajamos durante varios días
pero
nunca nos acostamos
ni nos besamos;
sólo nos conocimos
que es más de lo que he hecho con la mayoría de las mujeres
con las que he estado.

Después el viaje terminó,
y la fui a dejar al aeropuerto;
no nos queríamos
ni estábamos enamorados,
pero teníamos bosques,
caminos,
y playas en común.

Luego ella dejó de escribir.
Aún no lo hace.

Pero un día
me dijo
que me había hecho mucho daño,
supongo que creyó que estaba enamorado de ella
por todo lo que escribo
y cómo la recuerdo,
pero yo
solamente
recuerdo esos bosques,
esos caminos,
y esa playa en común.