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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: esperanza

Qué saben del tabaco y los vagos recuerdos

La vida empieza a las 2 de la mañana,
con las raíces de lo que somos:
el tabaco quemando,
y tu whisky sudando el cristal;
uno tiene que aceptar qué es lo que te quema la lengua
y paladear el dolor.

El doctor lo ha dicho:
dejar el alcohol.
la carne,
el tabaco y la sal,
adecuarme a los tiempos sanos,
que son contrarios
a los hombres que no decimos la verdad
y escogemos vivir
180 años
trás el humo denso
de una bocanada
de recuerdos;
vagos recuerdos.

Siempre preferiré las enfermeras
a los doctores.
Los doctores son muerte anunciada,
las enfermeras son vida
y la necedad de seguir.

Últimamente
el dolor me ha atacado al corazón,
unos 4 golpes al día,
y apenas tengo 35,
dicen que es por los hábitos,
eso dice el doctor,
pero qué va a saber él
de las veces
que he aventado el músculo
a un campo minado
sin suerte.

El dolor se acerca
por razones ignoradas.

Quizá otros encuentren caminos diferentes
y corren 20 kilómetros por la mañana
y se sientan bien
comiendo lechuga.
Qué clase de hombre es
el que es mujer.

No se pueden abandonar los placeres del infierno,
si el cielo no ofrece algo mejor.

Quizá nos quede un último
otoño,
o 45 más,
pero a la chica rubia,
dormida en mi cama
mientras escribo esto
no le importa,
le importa que hoy esté con ella,
y llegue al final de éste apenas poema,
que es como una invitación
a morir con las equivocaciones
de alguien
que acepta que todo puede terminar
en cualquier momento,
todos los días.

Están salvando al mundo

Me parece que fue un sábado cuando conocí a una chica de labios rojos
y cabello negro, no muy largo;
no pensaba que sería tan guapa, pero lo era.
Tenía una cintura pequeña y piernas hermosas,
largas,
además, su escote era una cascada de pensamientos obscenos.
Estuvimos bajo el sol y las nubes habían desaparecido,
incluso la ciudad parecía un poco abandonada.
No recuerdo el momento, pero de pronto estábamos besándonos.
Sus besos eran justo como ella:
grandes y provocativos.
Bebimos cerveza, ella usaba una blusa blanca
y había algo que no podía dejar de ver,
un lunar clavado en su pecho,
tan encerrado que parecía rogar ser rescatado en cada botella de cerveza que vaciábamos.
Quizá yo no era tan agraciado,
pero al menos en ese momento a ella no le importó
y seguimos besándonos.

Comenzamos viendo algunos edificios desde la cima de una sala,
el sur estaba frente a nosotros
y terminé por desarroparla poco a poco
hasta liberar aquel lunar tan privado de su voluntad;
yo lo liberé.
Aquel fue un juicio justo,
necesario.

Necesitábamos comer algo así que fuimos a ello,
en el lugar pedí otra cerveza y ella un refresco,
aquello estaba comenzando a terminar;
hablamos durante la comida,
pero nos habíamos entendido mejor sin ropa,
ya era diferente lo que hacíamos,
ya no estábamos buscando coincidencias.
Pronto nos despedimos,
ella buscando un camino
y yo buscando quedarme en donde mismo.

Nos llamamos en algunas ocasiones,
pero no logramos concretar nada,
había mucha distancia entre nosotros.
El lunar se fue con ella,
aunque libre.

Uno o dos meses después
me pregunté qué se había hecho aquella mujer
de labios rojos y piernas largas
que había dejado ir sin dudar.

Supe que ya estaba saliendo con alguien,
alguna coincidencia extraordinaria le había ocurrido
y ahora estaba feliz con aquella oportunidad;
yo estaba sangrando,
solo, frente a los edificios, una vez más.
No pude mas que alegrarme,
ver a dos personas en mutuo entendimiento
siempre es una buena razón para estar tranquilo.

Uno tiene que saber
que aquello de ser novios
no es para todos,
no lo es para mi,
pero aquellos que lo logran
están salvando al mundo,
se ruegan no abandonarse,
se firman tratados en la piel,
y eso es bueno;
hacen el trabajo de nosotros, los egoístas.
Está bien que haya salvadores,
y se levanten más de una mañana juntos.

Hoy es la noche

En la vida hemos tantos confundidos, perdidos. Somos tantos como parvada de cuervos que en la noche y a ciegas volamos perdiendo el rumbo que hasta aquí nos trajo, olvidando al viento.

Los niños aquellos que fuimos, que tanto pensaban nuestros padres que iríamos por el bien, y ahora, mira, aquí estamos, confusos, confundidos, aletargados, con los compromisos gastados, y yo arrodillándome ante tu sombra, ese soy yo.

No hay esperanza aquí ni en San Juan de la fe, no hay mares, todo es desierto y en desierto se derrumba.

He perdido el olor que me hacía de tu pertenencia, que mi vida era contigo el camino mismo, he perdido el aroma de mi hogar, estoy quedándome en la revoltura de los días, que pasan todos y hacen más y más complicado seguirte. Estoy en la orilla de tu recuerdo, perdiendo el sentido.

Ahora soy la sombra, el oído que ruega, la noche que dura, la desesperación continua.

Habrá un día, cierto, pero hoy es la noche.

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