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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: lluvia

Con whisky y lluvia

A veces recuerdo cuando nos conocimos
en medio de una tremenda lluvia.
Había whisky
y la lluvia parecía no terminar,
y no terminó,
hasta que la oscuridad se apropió de todo poco a poco,
desde la luz del medio día
hasta arrastrar un viento frío;
luego nos hicimos a la tarea de acabar con todo ello:
con la lluvia,
con la noche,
y con el Jack Daniel’s.
Apenas nos conocíamos,
quizá no recordábamos a momentos nuestros nombres,
pero lo hacíamos bien;
lo hicimos bien,
como para no olvidarnos.

Ella sabía a París a las 3 de la mañana,
y sabía a sonrisas
y manos mojadas.
A mi me parecía tremendamente hermosa,
blanca y tranquila,
aunque era como un pequeño torbellino,
con una falda que se pegaba a sus piernas,
y su voz andaba por ahí,
entre los músicos que no tenían otra cosa que hacer
mas que beber.
Uno se la pasaba bien con ella.

Luego nos largamos de ese lugar,
nos adoptamos esa noche;
así que ella me cuidó
y yo la hacía reír,
hasta que terminamos besándonos,
con sus labios de Montparnasse
y mis manos pequeñas
replegadas en su cintura.

Nos besamos
y caían gotas en nuestra cara,
escapadas de las ramas;
y el árbol sobre nosotros
se mantuvo quieto
mientras me encantaba con su rostro.

Aridiohead

Cada que escucho a Radiohead recuerdo a Ariadna.

Aquel viaje de relación tuvo un sin fin de rumbos y tomamos todas las direcciones que pudimos, incluso algunas ciegas y otras por amor, unas más por necios y disfrutar serlo.

Ella era una mujer que sabía perderse, por eso la amaba y por eso la veía a la distancia y me aferraba a su sombra, que era profunda y negra como sus ojos; por eso la sembré con el mismo amor con el que la tendré siempre.

Nunca veré a alguien más llorar como lo hacía ella, pues ella lloraba como si el destino se hiciera añicos y nadie lo supiera; quizá era cierto, quizá no lo vi; aquella eternidad de lagrimas me hizo pensar que algunas personas sienten el abismo sin poder hablar mas que con desesperación. Ella hablaba por el mundo.

También era alegría, Ariadna daba al mundo una razón de ser, porque sabía perderse y sabía encontrarse; sabía cuestionarse, que es la forma más sincera de amarse como persona.

Me gustaba perderme en su forma de ser; sólo que una vez que me perdí ya no pude salir de ella; dejé una parte de mi en sus entrañas, en su intento, en su piel y su esperanza, y ahí se quedará, después, claro, huí.

Ahora lo veo y me doy cuenta que su laberinto era hermoso, que se ha perdido en sí misma, pues ella es el camino en el que puedes andar hasta el amanecer.

Ariadna tenía una bella sonrisa,
Ariadna se atrevía,
Ariadna ha andado más lejos que todos,
Ariadna logró llegar,
Ariadna se desesperaba y no había velocidad suficiente para sus preguntas.

Ella nunca creyó en mi, por eso todo terminó a las 2 de la mañana y me adentré en una oscuridad que no era la suya y comencé a nadar en lo profundo, lejos de la montaña. Sin embargo recuerdo todo como si su sonrisa hubiera sido una extensión de mi, sus lágrimas y sus sueños; como si cada logro hubiera sido una hoja bien escrita y bien colocada, como si cada beso hubiera sido necesario; quizá así fue, quizá incluso el final fue hermoso.

Cada que escucho a Radiohead recuerdo a Ariadna, porque era así, perfecta en su complicación, y nadie podrá ser como ella: Única.

A ella la veré de una forma distinta cuando la lluvia llegue, cuando las lagrimas rueden, cuando cierre los ojos y no pueda creer. Cuando todo eso pase recordaré a Ariadna, tan ella, que el miedo se acerque.

Ella bebió conmigo bastante whisky,
y cerveza,
y fumábamos y nos íbamos al sótano a escuchar vinilos,
nos perdíamos, pero juntos;
esa era la diferencia.

Ella tenía valor,
ella se enfrentó al mundo,
y un día no pude más,
tuve que dejarla porque la amaba,
y porque nadie
escuchaba a Radiohead como ella.

Poema de la mañana

Es despertar
sabiendo que has logrado vivir bien,
que la mañana es nublada,
azul y nublada.

Es como saber que has soñado algo bueno
no acordarte de ello,
y despertar tranquilo.

Es recordar todas las mañanas que le han dado
la misma tenue luz al camino,
que lo recorriste con frío,
pero fue un buen camino.

Es no saber cuándo dejaste de ver a tu amigo;
al que viste año tras año,
a la misma hora,
mientras se preparaban para la misma clase.

Es la desesperación misma
de no tener y haber andado,
es saber que desde hace tiempo
te has mantenido buscando.

Es sentir cada tantas mañanas
que vas a encontrar algo,
aunque no suceda,
y guardar ese extraño arrebato.

Es abrir los ojos
con la misma fuerza con la que los cerraste;
es escuchar una canción
y creer que hoy quizá puedas aclarar algo.

Es levantarte con frío,
ver con detenimiento,
recorrer el mismo camino,
cubrirte la espalda,
esperar que la suerte estreche
y comience a llover.

La lluvia bajo el árbol

Se cuela,
encuentra pocas probabilidades,
pasa entre las hojas,
obstáculo en las naranjas,
las rodea redondas,
se consume en la cascara,
sepultada en la oscuridad de la noche,
se acuesta con las ramas,
se acaricia con las hojas,
las hojas la encierran,
otras se rebelan,
se liberan,
el tronco las llama,
les gritan las raíces,
caen en cientos,
cientos más después,
abajo llegan pocas,
y las que caen lo hacen tocadas,
violadas,
no puras,
no rectas,
no vírgenes.

La lluvia bajo el árbol,
bajo la noche,
con la maldad complicada de la hoja,
y la voluble brisa que las avienta hacia la madera.

Un cuarto de puro

En ocasiones las cosas comienzan sólo con continuar,
a veces uno se pierde al llegar a un lugar,
o puede ocurrir que no se va para ningún lado, y está bien perderse,
saberlo.

A veces vas caminando, con un cuarto de puro en la boca, es un día lluvioso,
y pasas frente a un gran edificio construido por judíos,
y sigues caminando,
sigue lloviendo.

Tus manos aun son fuertes aunque las quemes;
las quemas, porque después no podrás, y lo sabes.

Uno se mantiene andando,
con la certeza de que vas a casa,
aunque no sabes dónde está, ni cuándo llegarás.
Tomas todo lo que tienes, lo cargas sobre tu hombro,
y caminando llegas hasta donde están los ancianos y los muertos,
ellos lo hicieron bien y se fueron,
se apaga tu puro y sigues.

En algún momento llegaré.

Mi lluvia es sagrada

Mi lluvia es sagrada,
su sonido es sagrado,
su voz es sagrada,
su frío en mi cuerpo,
los recuerdos que da forma,
el clamar de su relámpago es sagrado,
su fuerza cambiante, su súplica,
mi incapacidad para comprender sus lamentos,
sus brazos, sus esfuerzos son sagrados,
mi mano alcanzándola,
mi tiempo con ella son sagrados,
los secretos que guarda,
los nuevos que le confieso,
el susurro de su aprobación,
la sed que calma,
mi atención a su llegada,
la oración que se mantiene,
la melancolía que trae del norte,
la fatiga de su paso,
su benevolencia y su idioma sagrado.

Mi lluvia es sagrada.

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A veces extraño ver llover.

No podía dejar de verla, de extrañarla, de sentirla tan mía cuando no está, de verla caer y caer de nuevo y a veces darle una sonrisa, esbozada, melancólica, sincera, a veces una mirada totalmente perdida, en ella, ella perdida en todas partes, encontrada en las miradas.

La extraño siempre porque nos llevamos bien, por eso ahora cuando viene, cuando llueve lo disfruto más, porque ya casi no llueve aquí, pero la extraño, a la lluvia, a ella que siempre me ha dicho que todo esta bien cuando suspiro y recuerdo personas que ya no están, que se fueron hace mucho aunque sigan aquí, que ya no lo son, que ya son las desconocidas que recuerdo por rostro.

Por eso me gusta cuando la lluvia toca la puerta pidiendo el permiso para entrar que sabe que negare. Por eso el Londres de los cuentos resultó ser verdad, por eso no dejo de recordarlo y por eso no dejo de pensarlo, por eso tengo lluvia adentro de mi, para verla un poco cuando el sol no deja de golpear.

Si por mi fuera nunca dejaría de llover, nunca dejaría de sonar una lluvia y mil gotas cada segundo en la ventana de mi patio.

Ya no recuerdo bien cuando empece a extrañarla, a veces solo me avisa que viene de visita y no llega y yo me quedo esperando con un café imaginado en la mano, con la ventana lista, con tantas cosas que contarle si la veo… pero no llega. No puedo contarle lo que me ha pasado, ni lo que pienso, y se me olvida, siempre se me olvida decirle cuanto la extraño a ella, cuanto dejo de extrañar a otras personas que me han dejado de extrañar también. Pero a ella, a ella que se cae para sacarme una sonrisa sí que la añoro, sí que la pienso, sí que la necesito.

Ella siempre tan bella, enojada o sumisa siempre tan bella, siempre tan melancólica, el único amor que ha ido y regresado y me sigue moviendo el corazón.

Cómo la extraño, la extraño en las paredes de ladrillos asustados con su presencia, con la humedad de su visita. Sí que extraño que llueva en mi, de nuevo y para siempre. Porque hay personas que nacimos con la lluvia en las manos, en los ojos, en los sonidos.

Extraño algo que no es mío, extraño que siempre traía buenas noticias porque me hacia recordar lo que sentía, la mensajera que me hacia dejar de pensar y solo ver, observar, oír la marcha de sus mojadas botas invadiendo la privacidad de las calles publicas.

A veces la dejo de extrañar y la empiezo a necesitar. A veces no le doy el crédito de mis palabras, a veces me olvido que ella me las trae, a veces por eso pienso que dejo de escribir, porque me hace falta su visita que me da letras por gotas y el frío me hace quedar en casa sin nada que hacer, más que escribir de todas ellas, las cosas, de todas ellas, la personas, de todas ellas, las mujeres que les escribo y que no vuelven, no como ella, como la lluvia que se aparece de vez en cuando y me dice que la recuerde en su ausencia.

A veces extraño ver llover.