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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: mujeres

No las hay

Quizá estemos todos
hundidos
en algún minuto del día
todos los dias,
sin poder encontrar
la única respuesta
que nos importa.

Tenemos gritos
en silencio
que no escucha
la única persona
que queremos que escuche
y que es
a la que no le importamos
ni le importaremos
aún cuando caiga el mundo,
o su mundo,
o el de todos
hasta el olvido.

Tenemos esta desesperación
llena de vida
que carcome entre la cruda piel
y entre lo que no sabemos hacer.

Y tenemos, claro, imágenes
y lugares
y sonidos
que nos anclan a días muertos
en los que alguna vez
fuimos felices.

Sin el amor frustrado
nos movemos con claridad
por el mundo,
y cegados
entre la espalda y el pecho.

Hay pocas historias
con buenos finales,
realmente pocas,
pero las hay,
sin embargo somos demasiados
y ya no hay a quien amar.

Dejar ir

Hay que dejar ir
hay que dejarla ir
hay que dejarte ir porque…
en realidad
cuando vi que esto fue una expedición de uno,
y de uno nada más
pude ver la realidad…
me di cuenta que somos diferentes
y nunca tuvimos tantos recuerdos juntos,
ya que nunca estuviste,
ya que nunca te quisite quedar
y entonces,
bueno…
ahora ya dejo ir
a tus senos que he besado
a tus piernas que he tocado
a tu corazón que he amado.

Es hora de dejarte ir porque en realidad pertenecemos a mundos diferentes
y no pude llorarte,
quise,
pero solo tengo recuerdos míos donde, a veces, tan solo me acompañabas;
no te culpo,
pero te dejo ir;
y yo,
yo puedo estar tranquilo
hice todo lo que estuvo en mis manos,
no me quedó alguna idea en la mesa,
algún esfuerzo,
di todo,
y ahora estoy libre de nuevo,
con el camino del fin del mundo adelante
y todas las mañanas en las que he de despertar
en la búsqueda que me ha de llevar al fin de la selva,
esa a donde no quisiste ir,
de la que te platiqué y no quisiste siquiera averiguar,
ir hasta el aullido de la última bestia del planeta,
y a las noches estrelladas en la cima de todas las pirámides del mundo;
ahora estoy libre de nuevo,
sin sentimiento de culpa,
sin nada en la espalda,
sin alguien en quien pensar
y con los pies ligeros
que me han de llevar
hasta el destino desconocido
al que llegaré
con la mujer que quiera andar a mi lado,
y todo,
entonces,
tendrá sentido.

Salvaje

Estando en la mañana
después de beber 4, 5 cervezas ayer;
y ahora las hojas de los árboles
están cálidas
después de noches frías
y algunas peleas
con una mujer.

Nunca vale la pena pelear
cuando puedes estar solo;
hay gente que no puede;
pero si te soportas,
si prefieres la buena soledad,
si no quieres compartir tu música,
y haces todo tuyo,
y las bendiciones son
el sonido de las ramas mecerse
y sólo tú las escuchas,
si encuentras mejores caminos equivocándote;
entonces manténte solo
como perro salvaje herido
recuperándose en los rayos del sol,
viviendo de nuevo
hermosamente solo.

La soledad nunca es mala,
es lo único que nos llevaremos,
al lugar donde vayamos
cuando hayamos vivido lo suficiente.

No necesitas

Usualmente
no necesitas
la belleza de una mujer,
sólo necesitas
una buena persona,
sólo eso
y
con un poco de suerte
también será
hermosa.

Usualmente
necesitas
alguien que no incendie
la casa a tu llegada,
no necesitas
reproches
sino silencios
y
sopa caliente,
o preparar una
para alguien que lo agradezca.

A veces
no necesitas
una belleza,
pero lo será
si entiende
lo que necesitas.

Agarra a un hombre

Agarra a un hombre
en su peor momento;
sin dinero
sin esperanza
sin Dios.

Agárralo mientras cae
y lleva la camisa sucia
y todas las mujeres
le han dicho que no.

Un hombre que llega al cuarto,
si es que lo tiene,
y guarda
unos cuantos libros poderosos,
escritos con líneas de acero
y perdición;
que los lee
y empieza a volverse loco.

Agarra a un hombre
con poca fe,
que ha estado a punto de morir
varias veces.

Agarra a un hombre
que tiene los días contados,
que haya olvidado
lo que es tenerlo todo
y no le importe perderlo,
si lo vuelve a tener.

Agarra a ese hombre
y hazle una caricia
y dale de comer un sólo día;
porque ese hombre
nunca lo olvidará,
y se levantará
como la llama escondida
al centro de la madera
que hace arder el bosque.
Romperá cristales
y romperá el agua en su interior
por ti;
y conocerán
los puentes del mundo;
y se hará fuerte,
como sólo puede serlo
alguien que casi ha muerto,
casi.

Agarra a un hombre
que haya sido derrotado
por la causa más estúpida,
o por la tarea más grande.
Agarra a ese hombre,
y dale un pedazo de carne
para volverlo a levantar.

Y, mujer, créeme:
ese hombre encontrará a su dios
en ti,
y apenas recordarás
lo derrotado
que había llegado a estar.

Dios bajo sus senos

Me siento frente a la máquina,
escucho música y vienen las ganas de escribir,
como las ganas de vomitar
después de una noche en la que tomaste dos o tres botellas de vino.

Una vez tomé 6 botellas de vino con una mujer,
ella tenía la nariz perfecta,
usaba lentes,
y tenía un pecho que salía de su brassiere
como si fuera un preso que pedía a gritos su libertad,
y por fin se la fueran a dar,
apenas,
después de la lenta espera,
a una condena injusta.

Llegó y me ofreció vino,
y me habló de música que no conocía,
yo la escuchaba como si fuera un acólito
y creyera en la existencia de un dios,
escondido bajo sus senos.

Un día fuimos a comprar discos,
cada uno dos o cuatro;
llegamos y los escuchamos en mi casa,
y sonaban bien,
con el vino.
Cuando nos dimos cuenta,
habíamos bebido 6 botellas,
y entonces ella no sólo era dios,
sino que era más hermosa,
como ningún dios lo había sido,
ni lo será.

La llevé a la cama,
la luz llegaba entre las persianas verdes,
y había un cuadro con un barco que iba a ninguna parte.
La tomé y la besé,
y ella dijo No, soy una mala persona,
también dijo Te voy a hacer daño;
y lo hizo, no mucho tiempo después;
pero quella noche,
en la que conocí a dios,
y al día siguiente, cuando desperté y seguía ahí,
y algunas veces más,
en la bañera
o en la carretera,
creí que las cosas podían ocurrir,
de vez en cuando,
aunque no fuera así.

La lluvia que habla

No recuerdo cuándo me enamoré de la lluvia. Tengo algunas memorias, como levantarme a las 5 de la mañana, caminar por una calle larga y abandonada, apenas iluminada, en donde la lluvia estaba desde antes que llegara, sin molestar, mientras escuchaba Black de Pearl Jam. O la tremenda lluvia que nos agarró en la selva a Elena y a mi cuando íbamos camino a descubrir que nunca volveríamos a vernos, ni que nos amaríamos, siquiera un poco.

Recuerdo una lluvia torrencial, profética, que duró 3 días seguidos cuando llegue a vivir a la Playa, los árboles se mecían y tuve que salir a quitar ramas para que la corriente tomara de nuevo su curso a ningún lado.

Recuerdo lluvias cómplices, cuando Lissette y yo salíamos a grabar los sonidos y nos quedábamos tumbados en el quicio de la puerta, aguardando a que el mundo explotara para no olvidarnos jamás.

Nunca he visto llover en un castillo, ni despidiendo a un ejercito, nunca me ha llevado la lluvia ni la he podido seguir eternamente como he soñado; pero algún día lo haré.

Sólo sé que cuando llueve escucho voces, distintas, susurros que me hacen callar, dejar a un lado lo que estaba haciendo, voces que dicen: No nos olvides. Por eso me da lo mismo el sol que el viento, el día que la noche, lo que busco es la lluvia y que me diga aquellas palabras que no terminan de contarme ese relato que parece no acabar, una y otra vez.

Cuando se escuchan de nuevo los automóviles, sus llantas, la civilización, o la gente decide salir es el momento en que me llega la melancolía, aquella que me hace aguardar en la ventana, buscando aquel lugar que se mantiene lloviendo.

Seguirás siendo hermosa

Serás linda por unos años,
en lo que conservas las piernas firmes de yegua
y recuerdas cómo sonreír sin pedir algo a cambio
y vistes ese suéter lila con los pechos en alto.

Seré menos despreciable
antes que caiga mi barriga,
y empiece a olvidar cosas,
y recuerde difuso lo que quiera inventar.

Serás linda mientras tengas tanto que decir,
y no empieces a reprochar todo;
mientras tus ojos no estén cansados,
y no me vean como la última opción que queda,
y te quedes conmigo.

Serás linda mientras el cabello baile con tus hombros,
mientras no uses brassiere y sorprendas
y no te puedan olvidar.
Serás linda mientras aún cause angustia que desaparezcas tras los autobuses
y comience a extrañarte.

Seré menos repulsivo
si puedo mantenerme escribiendo,
o eso quiero creer.

Podrás soportarme antes de conocerme bien.
y te hartes de mi,
hasta que creas que lo que escribo no es tan bueno,
o tan interesante.

Podrás estar cerca de mi
antes que sepas de mi abandono.

Serás más feliz imaginando
que destruyendo lo que creías sería nuestro primer encuentro,
nuestros planes,
la ida al bosque y los besos en las manos,
nuestros logros,
nuestra vida,
que no es más que cualquier otra
con relámpagos de papel.

Seguirás siendo hermosa,
mientras te vea a lo lejos
sin cruzar la primera palabra
evitando nuestra última discusión.

La lumbre y los geranios

Es inevitable recordar,
sobretodo en las noches de cansancio,
cuántas veces
hemos estado con alguien
y de pronto decidimos no seguir.

Nunca sacas algo bueno de la muerte de los geranios,
salvo algunas honrosas excepciones,
que realmente son pocas
y son bellas.

De las personas nos quedan memorias
de las noches y la lumbre,
las luces, los intentos
y recordar que estuviste acompañado
alguna vez,
para entender poco,
o mucho,
o quizá entendiste que con algunas personas
no se puede entender,
y por eso huiste,
con la poca braza que quedaba
de aquellas noches
y de aquellos tarareos calcinados.

Después te encuentras,
sin saberlo,
recordando todo aquello,
solo,
o sola,
y así,
sin más,
sabes que las cosas
no estuvieron tan mal
pero ahora están mejor.

Ellas, mujeres

Mujeres,
están ahí,
ellas,
poniendo en duda nuestros acentos,
con su fresca piel,
intensa,
incitante;
se mueven con gracia tremenda,
y un escote que despierta.

Todas al caminar
muestran el camino que seguimos,
nosotros ciegos,
perdidos,
buscando el último rastro,
el último aroma,
la última sonrisa
que creímos dedicada.

Todas hermosas,
de todas te enamoras,
a todas les entregas la vida corta
de una calle a otra,
con suerte serán veinte días,
o la vida aventada.

Qué hacer con su cintura,
con el inicio de sus senos,
con las piernas que nos llevan a su suelo,
con la sonrisa de horizonte,
y su mano
guardada para cortas ocasiones.

Llega una, hermosa,
se va y viene otra,
todas desprecian
de una y otra manera,
eso las hace vivas,
reales,
hacen real cuando acaricias su espalda,
es real hacerlas reír;
a ellas les gusta reír.

Son la perdición,
se ha dicho antes,
lo digo ahora,
ellas indudablemente
o son un automóvil que se ha estrellado
o uno que va a gran velocidad;
son el peligro
y es todo lo que hay que saber.

Pero qué podemos hacer
sino subirnos a sus hombros
gigantes y delicados,
mirar a donde nos van a llevar,
a donde empieza el acantilado
en el que caeremos,
ella conmigo;
y no tendrá otro remedio
que mostrar la tranquilidad de sus piernas
y el infierno de sus caderas
a cambio de un beso
que le conceda
con la sinceridad que me quede.