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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: Poemas

La muerte de la paloma

Hoy murió la paloma que habíamos rescatado;
lo intentó con toda su fuerza,
lo intentamos con toda nuestra esperanza;
pero murió.

La habíamos encontrado
a mitad de la calle,
con las garras llenas de pegamento
y un golpe en la cabeza.

La llevé a casa
para que sus últimos minutos
no los pasara viendo la cercanía de los automóviles
ni el calor del pavimento la calcinara;
lo único que quería,
era darle un último buen recuerdo.

Pero estando en casa
parecía que lo iba a lograr,
fue mejorando
y dio señales de lucha;
luchaba como cuando retas al destino
y comienzas a ganarle la partida.

Un día después,
al regresar del trabajo,
en medio de una tormenta
encontramos a la paloma muerta,
con un poco de la calma buscada
y la vida agotada.

Tal vez no debí interrumpir a la muerte.

Nos quedamos viéndola,
sin entender en qué habíamos fallado
o por dónde se nos había colado la muerte
entre cuidados y alimento licuado.

Hoy murió la paloma que habíamos rescatado;
solo espero
que sus últimos minutos
hayan sido de tranquilidad
y trinos de reconciliación.

Paloma

Íbamos de regreso
Ana y yo
de comprar algunas cosas
para comer en la semana.

De pronto,
vi un diminuto bulto
a mitad de la calle;
era una paloma,
aún con vida…
casi.

Disminuí la velocidad
y pasé por en medio
para no acabar con ella
y me detuve,
pero ya venían demasiados carros
que pasaron,
uno trás otro.

Regresé para ver
qué quedaba de la paloma,
y aún seguía viva;
había librado
el destino.

La tomamos
y nos la llevamos,
estaba en la línea de la muerte
y la muerte la reclamaba.

En casa le limpiamos las moscas
y las garras que tenían cierto pegamento;
apenas respiraba.

No podía moverse,
y le dimos gotas de agua
en el pequeño pico
lo bebió,
pero no podía levantar la cabeza;
uno de sus ojos estaba cerrado
y el cráneo inflamado.

Estuvimos viendo su lucha,
lo único que queríamos
era que sus últimos minutos,
no fueran en medio de una calle,
bajos los carros
pasando a toda velocidad
con el calor del asfalto.

Ahora está
en nuestro patio,
rodeada de una frazada;
aún le late el pequeño corazón,
y mira todo alrededor.

Está luchando por su vida,
es una paloma
que sin esperanzas
está demostrando
que puede vivir unos minutos más;
es una sobreviviente
como todos en esta casa.

Tengo una vida sobre mi vida

Tengo una vida sobre mi vida
que me impide morir
y a la vez
me impide descansar.

Tengo una vida sobre mi vida
que me niega el silencio
y me acerca a la locura
cada noche que tiene oportunidad.

Tengo alguien,
sobre mi
que no soy yo
y no me quiere dejar.

Cada vez menos,
y cada vez más;
me invade cuando duermo
y no me deja continuar,
como si me susurrara algunas cosas
y me gritara otras.

Tengo a alguien
sobre lo que hago
que me aleja de todo
a lo que quiero llegar.

Tengo esa insistencia
al lado de mi,
entre la almohada
y el abismo,
y me empuja
cada momento
a la oscuridad.

Tengo una vida sobre mi vida
que no es la mía
y me hace levantar,
como si no le importara mi descanso
y tuviera prisa
por hacerme hablar.

Tengo una vida sobre la mía
que me impide morir
y a la vez
me impide descansar.

Ausente

En ocasiones
la fuerza abandona mis manos
y el fuego que había alimentado
es solo una brasa
poco roja
casi fría
casi blanca.

Los bosques tras de mi
siguen estando ahí
pero cada vez menos
me llama la oscuridad.

Como si ya hubiera visto
todos los caballos perdidos
y las serpientes
yacieran muertas
heladas bajo la tierra.

Los muertos están conmigo
sin hablar
sin quejarse
sin adorar.

Tengo los caminos tan lejanos
que he logrado perderme
sin moverme
sin asustarme.

Escucho
el ruido alejado
del mar tras las montañas
y el abandono toca mi hombro
comprendiendo
la quietud de todo
y la ausencia de la vida.

Acto suicida

No recuerdo un sólo día,
en el que el mundo
no me haya dado miedo
y me haya lanzado a él
en acto suicida.

La felicidad siempre me pareció
un acto extraño,
lejano,
yo tan indigno de ella.

Las grandes hazañas
y los grandes hombres
parecieron morir en cuanto yo llegaba
y los buenos tiempos
nunca fueron míos.

Encontré paz en la huida,
en los caminos
y en la noche que se come la carretera;
pero siempre busqué
el silencio.

Las mujeres que tuve
y los amores que logré
se fueron rapidamente,
y los logros aparecieron,
sólo cuando habían terminado.

El fuego que encontré
entre la entraña y la espalda
sirvió para alumbrar
el camino que me alejaba de la ciudad,
para llegar al final del camino
y regresar.

No recuerdo un sólo día,
en el que el mundo
no me haya dado miedo
y me haya lanzado a él
en acto suicida.

Elefantes

Escucho en las noches,
el ruido sordo
de los elefantes.

Escucho en las noches
la vida que me queda,
sin prisa y sin mañana.

Escucho en las noches
los ruidos que nadie quiere escuchar
y me inquietan.

Escucho también
la paz que ya no me encuentra
y cómo se aleja.

Es posible
que ya no pueda dormir
como tampoco puedo soñar.

Me he alejado tanto de todo
que es difícil regresar
o encontrar de nuevo la tranquilidad.

Ya no escucho sonrisas
bajo la lluvia
ni bajo el llanto.

Y no tengo placer
en buscar la perdición
como antes lo tenía.

Se ha ido todo,
poco a poco,
hasta dejarme solamente
con el ruido sordo
de los elefantes.

Mi lugar

La tierra se abrirá
en la orilla del tiempo,
cuando no tenga nada que recordar
o no pueda vivir de tanto hacerlo.

Vendrán entonces los viajes
y las vistas
de las montañas verdes
cubiertas de sonidos de lluvia
y mis intenciones de ser feliz.

Estaré atento
a recordar
cuando logré
dejar el tiempo atrás.

El sonido
de mis pasos
sobre el pasto
corriendo para esconderme
del grito de los animales
llegará trás de mi.

Y por fin podré detenerme
como no consigo hacerlo
desde que perdí
la habilidad de dormir.

Creo
que después de todo
no pertenezco aquí,
y no encuentro mi lugar.

Voces de la noche

La noche se revuelve en mi,
en cada una de sus oscuridades
sin dejarme dormir
sin dejarme descansar.

Como si me estuvieran hablando
las voces de su conciencia
y todas me dicen
Levántate padre mío
y no dejan de sonar.

Por temporadas
las voces calman,
ceden un poco
pero vuelven aquí
siempre.

Quisiera entonces
aferrarme a la cama
como lo hacen los demás
e ignorar;
pero no puedo
porque las voces ahí están.

Entonces escucho todo
y el mundo ataca de nuevo
una
y otra
y otra vez
hasta el final.

Todo ha cambiado,
porque ahora lo romántico
del caos
ha desaparecido
y solo queda
el ruido
violento
del suicidio.

Me queda

He dejado de ver amor en el cielo,
más allá del mar
y en el desierto.

Me han abandonado
los sabores de la tierra
y el pasto seco.

Ya no siento el miedo
ni encuentro el regreso
al lugar seguro del infierno.

He dejado de ser
poco a poco
quien solía ser.

Ahora vivo de recuerdo,
mas que del aire,
y después
me acompaña el silencio.

El calor quedó al otro lado de la carretera,
y la vista se me nubla
cada noche
antes de venir
y escribir un poco,
y un poco
me queda.

Madrugadas desperdiciadas

He perdido el rumbo
de la inmortalidad
entre mis manos;
renegando lo simple
y desperdiciando
madrugadas.

He dejado de lado
los susurros del río,
y abandonado
con libertad
mi desesperación.

Soy una cobardía
cada vez más madura;
la sombra
que huye del fuego
en medio de la noche.

Ya no me protejo de la muerte,
pero tampoco duermo con ella
ni le doy de beber;

hace tiempo
sufro de vida.

hace tiempo
no tomo en serio
la locura,
ni respeto
la humillación
que llegó
con tanta delicadeza.

Soy un hombre en medio de la nada,
sin tiempo,
sin jardines,
que aún no se pierde del todo
ni se quiere encontrar.