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Los escritos de Fernando Benavides

Etiqueta: recuerdos

Aquellas que me abandonaron

Me encontré de nuevo con la madrugada;
era fría y el viento parecía moverse lento.

Había dejado atrás las noches en los bosques,
cuando los amigos que tuve se perdieron entre los árboles,
y los gritos habían sido olvidados,
–Algunos de alegría, otros de placer y otros más de desesperación.

Las confesiones llegaban poco a poco,
mis arrepentimientos se iban quedado atrás
y llegaban mujeres ya muertas
y pocas cosas más;
hacía algunas horas no estaba roto de amor por dentro,
en realidad,
estaba lastimado de manera permanente
y así habría de aprender a vivir.

Las estaciones del año estaban desfasadas,
los árboles estaban crudos,
secos,
con largas ramas que quitaban delicadeza al recuerdo
o lo dejaban desnudo,
demostrando que aquello
no había sido tan bello
y los tiempos que venían
serían diferentes,
o al menos así lo quería ver.

Yo era una persona solitaria,
que comenzaba a olvidar
a todas las mujeres que no me amaron,
por las que di todo
y todo el futuro me negaron.

Ahora estaba frente a ese frío,
lento y constante,
que de nuevo era mío,
y llegaba
para rescatarme
de aquellas que me abandonaron
para perderse en el tiempo.

Resistiendo

Afuera los árboles se mecen
y es de noche,
y todos están esperando a que algo ocurra:
el día
y el fin de la madrugada,
o la cama con una mujer desnuda,
que se aleje el recuerdo
y los muertos se vayan
lejos
para ser recordados como se debe.

Las piernas y las caderas que no habrán de ser tocadas de nuevo,
los años lejanos,
y las risas que se escaparon.

Nos hemos olvidado,
todos,
unos a otros
de manera brusca,
ciertamente grosera,
ciertamente injusta.

La tranquilidad llega
con el whisky de las 3 de la mañana
y el frío es tenúe;
ya no estamos caminando en un poblado alejado
esperando algo de sol
para no desesperar
mientras la gente sale
y se abren los caminos
que llevan
al agua cristalina
que siempre habrá de estar para ti.

El dolor
y los años
se habrán de llevar a muchos,
mientras,
algunos otros
estaremos aquí,
resistiendo.

Un viejo que dejó todo

Solía estar
por una y otra causa en las delegaciones,
con presos,
ladrones,
estafadores,
violadores
y muertos.

Llegaban siempre,
todos,
incluso los muertos,
por diferentes causas:
por bala,
cuchillo,
accidentes
y algunos eran comidos por las ratas
antes que la policia
llegara por ellos.

Un día llevaron a un señor
de edad avanzada
que había sido atropellado,
y hasta ahí había llegado su vida,
y su vida de pobreza.

Por la noche llegó una anciana
a reconocer el cuerpo.
–Si, dijo –es mi esposo.

La anciana tenía la miseria en las manos trabajadas
y la tristeza en el rostro,
quizá algo de angustia,
pero con el semblante lleno de arrugas,
no se veían
todas las emociones.

Cuando le dieron las pertenencias de su marido
le entregaron unas llaves,
una revista,
algunas monedas y
400 pesos en billetes arrugados;
más dinero
del que ella había visto
en mucho tiempo.

El viejo murió
dejando todo.

Circo

Algún día existió el circo,
y la gente iba
a creer todo lo que pasaba ahí,
que era falso
pero era hermoso;
yo estaba ahí
creyendo también.

Salían todos aquellos personajes
cargando toda esa música;
y el payaso era triste,
estaba muerto,
y era alegre,
mientras yo tenía una cerveza en la mano
y esperaba que aquello
fuera verdad.

Era una noche lluviosa
y sonreía con una chica hermosa
y la pasábamos bien,
hasta que un día
me di cuenta
que no estaba en el circo;
yo era el circo,
y la función
con el buen payaso
y la música,
y la magia había terminado
una vez más.

Ellas pueden golpear duro

Muchas veces,
no recuerdo cuántas,
salía de un bar
y no podía ver con los dos ojos
algo fijo;
tenía que cerrar uno u otro
para tomar el mundo
como una realidad.

A veces tenía que caminar así,
a veces tenía que manejar así,
y a veces
había un camino con mi ropa
de la puerta a la cama
que no recordaba haber dejado;
pero la mayor parte de las veces
me encontraba
pensando
que el amor
estaba insistentemente lejos;
y las mujeres me llevaban
al medio de la noche
para dejar claro
que no iban a quedarse,
que no les interesaba,
y golpeaban,
golpeaban duro
una y otra vez,
casi siempre en el costado
y alguna que otra en el corazón.

El brazo de Elena

Elena había llegado de Alemania en un vuelo retrasado 3 horas; traía el corazón pisoteado en una de sus 4 partes. La recogí en el aeropuerto; esa noche fuimos por whisky y cerveza.

Al día siguiente subimos a mi automóvil y comenzamos a descender por el país; terminaríamos caminando por una vereda de arena blanca hacía el mar con la peor resaca de nuestras vidas, pero eso ocurriría varios días después.

Teníamos preparada una carga de música que escucharíamos durante aquel viaje que duró más de un mes. El primer lugar donde nos detuvimos tenía una gran plaza central, había conducido unas 5 horas y teníamos que comer algo. Hacía frío. Era un lugar tranquilo, pedimos un desayuno sencillo y yo comenzaba a extraviarme en aquellos ojos verdes en los que no habría forma de entrar, claro, eso también lo sabría al final, después de dormir con ella y escribir sobre su espalda palabras calladas, poner arena sobre sus hombros y encontrar locura en su resistencia; pero en aquél momento todo tenía sentido y esperanza, su rostro de asombro europeo y las ganas de olvidar el amor eran una combinación animal escondida tras su cabello rubio.

Comimos y fuimos a ver algunos alrededores. Yo recuerdo el viento entre mis brazos y la garganta seca de alcohol, recuerdo a Elena tomarme del brazo mientras caminábamos. Al regresar al automóvil se lo había llevado la grúa; el viaje había empezado bien, porque todo lo que se sale de control, lo que no esperas, es lo que vale la pena.

Así que estaba ante un viaje, con una hermosa mujer y ríos de alcohol y aventuras. Juntos terminamos en el culo del país y metimos el automóvil hasta la sala de mi casa destrozando las ventanas. Todo ello era tan bueno que asustaba, tanto, que ella terminó por irse pronto de aquí y jamás regresó. Supongo que se olvidó de su corazón roto y se fue con el pulso acelerado. Yo era un tipo sin miedo al abismo, y ella… ella sólo quería retar al sol.

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Carol

Siempre creí
que saldría con Carol
y que Carol saldría conmigo
a los 7 años de edad
y hasta morir,
y enterrarnos mutuamente
con la poca vida que nos quedara.

Por supuesto
a esa edad
no pensaba en la muerte
sino en algo parecido a la vida.

Y por supuesto no fue así.

Terminó el año escolar
y nos destrozamos
los planes.

Después nos encontramos
en la educación secundaria,
pero en diferentes pisos;
y éramos diferentes.

Ella pesaba kilos de más,
a mi me faltaban centímetros de altura
y mil kilómetros por recorrer.

Carol fue la primera en perder la virginidad.
Lo hizo con un amigo
y todos nos enteramos.

Ella había sido completamente hermosa
y a mi,
me rompió un poco
el corazón

Dios bajo sus senos

Me siento frente a la máquina,
escucho música y vienen las ganas de escribir,
como las ganas de vomitar
después de una noche en la que tomaste dos o tres botellas de vino.

Una vez tomé 6 botellas de vino con una mujer,
ella tenía la nariz perfecta,
usaba lentes,
y tenía un pecho que salía de su brassiere
como si fuera un preso que pedía a gritos su libertad,
y por fin se la fueran a dar,
apenas,
después de la lenta espera,
a una condena injusta.

Llegó y me ofreció vino,
y me habló de música que no conocía,
yo la escuchaba como si fuera un acólito
y creyera en la existencia de un dios,
escondido bajo sus senos.

Un día fuimos a comprar discos,
cada uno dos o cuatro;
llegamos y los escuchamos en mi casa,
y sonaban bien,
con el vino.
Cuando nos dimos cuenta,
habíamos bebido 6 botellas,
y entonces ella no sólo era dios,
sino que era más hermosa,
como ningún dios lo había sido,
ni lo será.

La llevé a la cama,
la luz llegaba entre las persianas verdes,
y había un cuadro con un barco que iba a ninguna parte.
La tomé y la besé,
y ella dijo No, soy una mala persona,
también dijo Te voy a hacer daño;
y lo hizo, no mucho tiempo después;
pero quella noche,
en la que conocí a dios,
y al día siguiente, cuando desperté y seguía ahí,
y algunas veces más,
en la bañera
o en la carretera,
creí que las cosas podían ocurrir,
de vez en cuando,
aunque no fuera así.

La lluvia que habla

No recuerdo cuándo me enamoré de la lluvia. Tengo algunas memorias, como levantarme a las 5 de la mañana, caminar por una calle larga y abandonada, apenas iluminada, en donde la lluvia estaba desde antes que llegara, sin molestar, mientras escuchaba Black de Pearl Jam. O la tremenda lluvia que nos agarró en la selva a Elena y a mi cuando íbamos camino a descubrir que nunca volveríamos a vernos, ni que nos amaríamos, siquiera un poco.

Recuerdo una lluvia torrencial, profética, que duró 3 días seguidos cuando llegue a vivir a la Playa, los árboles se mecían y tuve que salir a quitar ramas para que la corriente tomara de nuevo su curso a ningún lado.

Recuerdo lluvias cómplices, cuando Lissette y yo salíamos a grabar los sonidos y nos quedábamos tumbados en el quicio de la puerta, aguardando a que el mundo explotara para no olvidarnos jamás.

Nunca he visto llover en un castillo, ni despidiendo a un ejercito, nunca me ha llevado la lluvia ni la he podido seguir eternamente como he soñado; pero algún día lo haré.

Sólo sé que cuando llueve escucho voces, distintas, susurros que me hacen callar, dejar a un lado lo que estaba haciendo, voces que dicen: No nos olvides. Por eso me da lo mismo el sol que el viento, el día que la noche, lo que busco es la lluvia y que me diga aquellas palabras que no terminan de contarme ese relato que parece no acabar, una y otra vez.

Cuando se escuchan de nuevo los automóviles, sus llantas, la civilización, o la gente decide salir es el momento en que me llega la melancolía, aquella que me hace aguardar en la ventana, buscando aquel lugar que se mantiene lloviendo.

María a toda velocidad

Me tocó preparar el estudio de grabación para María, no recuerdo la causa ni recuerdo el año, mucho menos el mes, tampoco conocía a María, pero llegó al estudio e hicimos algunas pruebas de locución. Era fantástica. Se le escapaba la vida en risas; la clase de chica que tiene prisa por hacer todo, además, era muy bonita. El cabello castaño andaba aquí y allá, en su espalda o en su frente y tenía la plática desbocada; era una chica simpática.

Pensé que se iba a quedar con el trabajo, encajaba bien con todos los que estábamos en ese momento en la estación. A mi me había gustado, quizá por viva o por diferente.

La prueba duró alrededor de 20 minutos, me preguntó cómo le había ido, le dije que bien. La prueba había sido en la noche y preparábamos nuestras cosas para ir a casa. Traté de salir rápido para alcanzar a María en el estacionamiento pero no lo logré, así que subí a mi viejo carro gris y tomé la vía rápida; fue cuando la vi, ella manejaba un VW sedán negro. Me pareció aun más agradable metida en ese diminuto automóvil redondo en el que el clutch sigue siendo un enigma.

La alcancé y pité la bocina, saludándola, entonces ella me vio y comenzó a sacar la lengua y hacer toda clase de caras, le respondí de la misma forma; y allí íbamos, cada uno sobre su lámina vieja haciendo caras a toda velocidad. En algún momento ella tomó la lateral y la perdí de vista.

No recuerdo si después le hablé para invitarla a salir, quizá lo hice, pero nunca quedamos en algo.

Poco tiempo después María murió. Había ido con toda esa intensidad a la playa y no salió del mar. No le alcanzó el aire, sólo murió. Con razón tenía tanta prisa por hacer.

Luego conocí al que había sido su novio y lo imaginé destrozado al momento de la noticia, no sé si estuvo en el lugar, el pobre tipo cargaba en la cara la pérdida, le dije Lo siento. Pobre Elias.

Cuando pienso en las posibilidades de no lograr recuerdo a María en la vía rápida, mientras hacíamos caras de carro a carro, y así es como me gusta sacarla del mar, o pensar que no fue a la playa, que tomó otro camino y está en su automóvil redondo como bollo, esperando que le marquemos para decirle que se quedó con el puesto y que el lunes se tiene que presentar a trabajar.